Hace tiempo que los festivales dejaron de ser un lugar al que acudir únicamente para ver a tus artistas favoritos. Hoy son también espacios donde descubrir marcas, probar propuestas gastronómicas, personalizar una prenda, escuchar una sesión de DJ o, simplemente, sentarse a descansar entre concierto y concierto. La música sigue siendo el gran reclamo, pero la experiencia ya no se limita a lo que ocurre sobre el escenario.
El Festival Internacional de Benicàssim ha vuelto a ser un buen ejemplo de esa transformación. Durante tres jornadas, miles de personas recorrieron un recinto en el que convivían algunos de los nombres más destacados del cartel —como Franz Ferdinand, The Kooks, Kaiser Chiefs, The Prodigy, Lori Meyers, Dorian o La La Love You— con una programación paralela pensada para prolongar la experiencia más allá de los directos.
Uno de los espacios que concentró buena parte del público fue la Heineken House, una zona concebida como punto de encuentro entre actuaciones. Allí se organizaron talleres de customización dirigidos por la artista Mery Olivares, donde los asistentes pudieron personalizar camisetas y gorras con parches, pines y otros elementos inspirados en la cultura musical. La programación se completó con sesiones de DJ a cargo de Dolca, LOWLINE, Javi Dichas y Bego Martín, que mantuvieron el ambiente activo durante toda la jornada.
No es una excepción. En los últimos años, prácticamente todos los grandes festivales españoles han ampliado su oferta con experiencias que buscan que el público permanezca más tiempo dentro del recinto. Las zonas de descanso han evolucionado hasta convertirse en auténticos espacios de ocio donde conviven la moda, la gastronomía, el arte y la música electrónica. El objetivo ya no es únicamente ofrecer un lugar donde hacer una pausa, sino construir una experiencia que acompañe toda la jornada.
Heineken House
D.R
En Benicàssim esa idea se hizo especialmente visible. Entre concierto y concierto, muchos asistentes aprovechaban para recorrer estos espacios, participar en actividades o simplemente compartir un rato con amigos antes de volver frente a los escenarios. La experiencia festivalera empieza mucho antes de que suene la primera canción y, en ocasiones, algunos de los recuerdos más inesperados ocurren precisamente lejos del escenario principal.
Con más de tres décadas de historia, el FIB continúa siendo una de las grandes citas musicales del verano europeo. Pero esta edición también ha servido para confirmar cómo han cambiado los hábitos del público. Si antes el festival giraba exclusivamente alrededor del cartel, ahora la experiencia se construye a partir de muchos otros elementos: desde la oferta gastronómica hasta las actividades paralelas o los espacios donde conocer a otros asistentes.
La música sigue siendo el motivo por el que miles de personas viajan cada verano hasta Benicàssim. Sin embargo, la evolución de los festivales demuestra que el directo ya no es el único protagonista. Hoy la experiencia se vive durante todo el día y en cada rincón del recinto, reflejando una forma distinta de entender el ocio en la que la comunidad, la creatividad y las vivencias compartidas tienen tanto peso como el propio cartel.







