No fue porque Matt Damon estuviese leyendo La Odisea en el rodaje de El talento de Mr. Ripley, como insisten en señalar algunos en redes en los últimos días. Tampoco porque Robert Pattinson tuviese especial interés en volver a trabajar con Nolan, es más, fue el único que forma parte del elenco que pidió leer el guión antes de decir que sí. Que la adaptación de la obra de Homero haya llegado al cine, y haya arrasado en su primer fin de semana, recaudando más de 260 millones de dólares, es culpa de Christopher Nolan. O, más bien, de sus perros.
Charlie, un labrador color chocolate, y un pastor alemán negro, cuya identidad no ha trascendido, son los responsables de que el director de Interstellar o Oppenheimer haya llevado a la pantalla grande la obra fundacional de la literatura occidental. Una historia que ha dejado una profunda huella en lectores de todo el mundo y ha inspirado a infinidad de creadores. Entre ellos al propio Nolan, aunque por la razón más inesperada. Y es que proponerle a su protagonista un nuevo regreso a casa, por mucho que fuese la madre de todos los regresos, no fue la causa principal por la que Nolan se embarcó en su última aventura cinematográfica.
Quizá habría que remontarse a la infancia del director angloestadounidense, mientras crecía en Westminster, para encontrar la razón primigenia por la que decidió llevar al cine La Odisea. Porque luego ya vino todo lo demás.
La película de los primeros perros
En una entrevista realizada en el programa de Stephen Colbert, Christopher Nolan reveló que hasta hace poco tiempo, nunca había tenido perro. «Soy un nuevo dueño, jamás tuve uno de pequeño», comentó antes de añadir que «tampoco tuve perro cuando mis hijos eran pequeños, nos negábamos a tener uno». Sin embargo, cuando los niños se convirtieron en adolescentes y «se fueron a la universidad, adoptamos uno».
Fotograma de La Odisea con Matt Damon sosteniendo el cachorro que hace las veces de Argos.
Universal Pictures
Cualquiera que tenga mascota sabe lo que pasa con esa primera incursión el mundo de los peludos, seres que no juzgan, que esperan pacientemente que vuelvas a casa, que quieren jugar contigo, dormir contigo, que les alimentes… Y Nolan, por muy británico y frío que parezca, también se habrá rendido a los encantos de Charlie, del pastor alemán de nombre desconocido y de Argos.
Porque Argos es una de las primeras representaciones caninas de la literatura y un símbolo, imperecedero, de la lealtad animal. Sin entrar en detalles ni en spoilers, al igual que han sido muchos los creadores que se han inspirado con el viaje de Ulises, otros tantos han sabido ver en la historia de Argos la representación más pura de la nobleza y la honradez animal. Y Nolan lo traslada a la pantalla con la emotividad que merece.
La lealtad hecha arte
«Decidí hacer la Odisea porque es la historia sobre perros definitiva», comentó Nolan en su entrevista con Colbert. Y con tan poderosa razón, le concedió el recorrido narrativo que se merecía, y que, como dueño de perros que es, sabía que nos iba a romper el corazón, de principio a fin. Porque ya sea entre las manos de Damon, al comienzo del metraje, o en el último fotograma en el que le vemos, resulta esencial a la hora de proteger los intereses del protagonista. Pero también, a la hora de evidenciar que por las verdaderas amistades no pasa el tiempo.
El cuadro Ulises y Argos del pintor inglés Briton Riviére.
CC
Aunque Homero no especificó en su afamada obra a qué raza pertenecía la mascota de Ulises, los historiadores han señalado que probablemente, cuando se puso a escribir, el autor tenía en mente un perro laconio (de Esparta) o un moloso, dos de las razas de caza más populares de la antigua Grecia. A la hora de llevarlo a la pantalla, tal y como ha explicado John Leguizamo, el actor con el que Argos comparte más escenas, el perro escogido para interpretarlo para las escenas en las que no es un cachorro es «un podenco portugués. Solo quedan unos 75 en todo el mundo, y descienden de una antigua raza italiana».
La especial relación de Ulises y Argos, como el resto de la obra, quedó inmortalizada en diversas representaciones artísticas. Pero quizá la más conocida es la que realizó el pintor londinense Briton Riviére, experto en retratar animales y su bondad a lo largo de toda su carrera. Presente en la Manchester Art Gallery, en este cuadro es el rostro de Argos el que se ve al completo y también el que deja entrever el precio de la espera a su dueño, de quien, al contrario que sucede en la película de Nolan, no vemos el efecto que tiene en él este inesperado encuentro.






