Desde hace una década, un grupo de mujeres se reúne los sábados para bordar. Se encuentran, conversan, discuten, comparten lo que les pasa y trabajan sobre distintas ideas que, con el tiempo, se transforman en imágenes y obras.

Bordadoras en el Museo nació en 2016 en el Museo Evita-Palacio Ferreyra y desde 2024 desarrolla sus encuentros en el Museo Emilio Caraffa. Durante estos años, el grupo fue cambiando, incorporando nuevas integrantes y atravesando distintas experiencias, pero mantuvo algo que parece sencillo y que no lo es tanto: seguir encontrándose.

Hoy son entre 15 y 20 mujeres de distintas edades y recorridos. Hay docentes, artistas, estudiantes, trabajadoras, amas de casa, abuelas, madres e hijas. Algunas ya sabían bordar cuando llegaron; otras aprendieron con el grupo. No todas piensan igual ni tienen las mismas historias. Esa diversidad, lejos de ser un obstáculo, es parte de lo que sostiene la experiencia.

Como señala una de sus integrantes, una de las primeras integrantes del colectivo, resume esa convivencia de miradas en una frase: “En la diferencia encontramos la unidad, y la sostenemos, la elegimos”.  Para otra de sus integrantes , formar parte del grupo tiene otra dimensión, más cotidiana: “Es un cable a tierra, un escape de la rutina, de la casa, del trabajo, de todo”.

Bordar en un museo tiene algo de inesperado. Pero también de potente. El bordado funciona como una puerta de entrada a otras conversaciones: lo que sucede alrededor, lo que atraviesa a cada una, las preocupaciones personales y los temas que aparecen en el mundo común. En ese espacio no hay una agenda cerrada de asuntos que puedan o no ser tratados. Todo puede convertirse en materia de conversación y, eventualmente, en materia de una obra.

De los barrios al museo

El origen del colectivo está relacionado con una experiencia universitaria. Mariana del Val, entonces docente de pintura de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba y actualmente directora del Museo Emilio Caraffa, impulsaba por esos años Vaivén: museo en los barrios, un proyecto que proponía llevar actividades artísticas fuera de las aulas y trabajar en distintos territorios. El proyecto pasó por Villa El Nylon y el barrio de Los Ladrilleros, entre otros lugares, con talleres destinados principalmente a niños y adolescentes. Con el tiempo comenzaron a acercarse las madres, que encontraron allí un espacio propio para expresarse. Ese acercamiento fue dando lugar a otra experiencia: la posibilidad de que esas mujeres llegaran al Palacio Ferreyra a bordar. El museo, hasta entonces un lugar posiblemente distante para muchas de ellas, comenzó a formar parte de su vida cotidiana. Una de las primeras personas que enseñó a bordar dentro de esta experiencia era una joven del barrio que confeccionaba trajes de murga y conocía el trabajo con pedrería. Desde allí, el conocimiento empezó a circular entre las participantes.

No hubo una estructura demasiado rígida. El grupo se fue armando a partir de lo que cada una sabía y de lo que podía aportar. Esa forma de transmisión horizontal continúa siendo parte de la identidad de Bordadoras.

Un tema para empezar a trabajar

Cada año aparece una nueva consigna. El tema no necesariamente llega definido de antemano: se conversa, se proponen alternativas, se argumentan las elecciones y finalmente se decide colectivamente. La sexualidad, por ejemplo, fue elegida de esa manera. La mayoría votó trabajar sobre ese tema y el proceso incluyó encuentros con psicólogas que abordaron el deseo, el placer, las emociones y distintas formas de pensar la sexualidad. A partir de esas conversaciones comenzó otro momento del trabajo: transformar las ideas en imágenes. Aparecieron frases, recuerdos, escenas y asociaciones, pero también los mandatos que fueron construyendo determinadas ideas sobre ser mujer: lo que se puede decir y lo que no, aquello de lo que no se habla, los modelos de familia, los roles asignados y las expectativas sobre los cuerpos y las relaciones. El proceso continúa mientras las obras avanzan. Cada una cuenta en qué está trabajando, muestra sus dudas y escucha las devoluciones de las demás. Una mirada ajena puede modificar una imagen, abrir una nueva pregunta o llevar una obra en otra dirección. Por eso el aprendizaje del bordado es solo una parte de la experiencia. Muchas llegan esperando aprender una técnica y terminan encontrándose con una dinámica de trabajo que tiene que ver, sobre todo, con el intercambio. “Casi ninguna sabía bordar al empezar”, cuentan las integrantes. “Pero como el objetivo no es el bordado en sí, sino lo que queremos decir, nos vamos enseñando entre todas. Está permitido equivocarse”.

Diez años de trabajos y encuentros

Durante esta década, las obras fueron dando cuenta de diferentes momentos del colectivo. Hay trabajos relacionados con Eva Perón, con la democracia, con canciones, con la memoria y con distintas cuestiones que fueron apareciendo en las conversaciones del grupo. También hubo experiencias de intercambio con otros colectivos y comunidades. Uno de esos recorridos estuvo vinculado con el intercambio de saberes con el grupo Enredo. Otro, con las experiencias realizadas en Barrio Cabildo a partir de una beca del Fondo Nacional de las Artes. También hubo intercambios con mujeres privadas de su libertad y jornadas abiertas en las que personas que no pertenecen al grupo se acercaron a bordar con ellas. De esas jornadas quedaron cientos de pequeños bordados. Muchos no tienen nombre porque quienes los realizaron no dejaron sus datos. Otros quedaron registrados en fotografías, catálogos o simplemente en la memoria de quienes participaron. No todo ese material puede entrar en una sala. Sin embargo, ese archivo disperso (hecho de pequeñas piezas, fotografías, publicaciones y recuerdos) también forma parte de la historia del colectivo.

Las exposiciones como parte del proceso

Las muestras fueron marcando distintos momentos de estos diez años. No son solamente instancias en las que se presentan obras terminadas: muchas veces permiten volver sobre trabajos anteriores, recuperar experiencias y ponerlas en relación con nuevas preguntas.

En 2024, el colectivo presentó en Buenos Aires Una trama llamada Evita, en el Museo Evita. La exposición reunió trabajos realizados a partir de la figura de Eva Perón y permitió regresar, de alguna manera, al lugar donde había comenzado el proyecto. Ese mismo año comenzó una nueva etapa en el Museo Emilio Caraffa, donde las Bordadoras encontraron un espacio para continuar reuniéndose y produciendo. La muestra de los diez años reúne algunos de los momentos de este recorrido. Hay trabajos individuales y colectivos, objetos, catálogos y producciones que recuperan experiencias desarrolladas a lo largo de la historia del grupo. Entre ellas aparecen obras vinculadas con Eva Perón y con los cuarenta años de democracia, trabajos realizados colectivamente y piezas que recuerdan diferentes proyectos.

Una de las obras dedicadas a la democracia surgió también de una observación sobre el propio funcionamiento del grupo. La autora decidió representarlas juntas porque encontraba en su manera de trabajar algunas prácticas asociadas a la democracia: conversar, discutir, votar, acordar y tomar decisiones colectivas. La obra habla entonces de la democracia, pero también de las propias Bordadoras.

Lo que queda cuando termina una muestra

Las obras no permanecen necesariamente iguales ni tienen una única lectura. Algunas reaparecen después de varios años, otras se transforman y otras quedan guardadas hasta que una nueva conversación vuelve a ponerlas en circulación. Los trabajos realizados durante estos diez años forman una especie de archivo en movimiento. Las piezas pasan de una muestra a otra, dialogan con nuevos proyectos y adquieren sentidos diferentes según el momento en que vuelven a aparecer. Esa circulación también es parte de la práctica.  No se trata solamente de producir una obra, exhibirla y darla por terminada. Muchas de las producciones continúan funcionando como preguntas abiertas.

Volver a sentarse

La pandemia también dejó una marca en ese recorrido. En 2021, cuando comenzaron a retomarse los encuentros presenciales, apareció con fuerza la necesidad de volver a verse. Regresaron los sábados, esta vez con barbijos y cuidados, y retomaron algunos trabajos que habían quedado pendientes. Entre ellos estaba una manta realizada a partir de pequeños cuadrados bordados. Volver a sentarse alrededor de una mesa después del aislamiento tuvo un significado especial. También lo tuvieron los viajes, las visitas a otros museos, los encuentros con artistas y artesanas y las jornadas compartidas. Son experiencias que quizás no siempre quedan representadas en una obra, pero que forman parte de la historia del colectivo tanto como las piezas que llegan a las salas.

Una década después

Contar estos diez años es también contar una forma de estar juntas. Un sábado cualquiera, una borda. Otra cuenta algo. Alguien pregunta. Otra recuerda una historia. Se habla de una obra, de una exposición, de algo que pasó durante la semana. A veces hay acuerdo y otras veces no. El bordado sigue ahí, acompañando la conversación. Para muchas de las integrantes, ese encuentro semanal se convirtió en un espacio para salir de la rutina y de los lugares tradicionalmente asociados al trabajo doméstico y al bordado. El museo dejó de ser solamente el lugar donde se muestran obras para convertirse también en un espacio de producción, aprendizaje y encuentro.

Después de diez años, Bordadoras en el Museo continúa trabajando desde esa dinámica: encontrándose, aprendiendo unas de otras y produciendo obras que nacen de las conversaciones.  Quizás por eso, frente a una década de producción, la imagen más precisa no sea la de una obra terminada, sino la de un trabajo que continúa. Una aguja que vuelve a entrar en la tela, un hilo que avanza y una mesa que, el próximo sábado, volverá a reunirlas.