«¿Cómo estás, qué tal te va? Allí, ¿es de día o es de noche?». Me encuentro tarareando esta obra maestra (y de ahí no me bajo) de 1995 en la que Alejandro Sanz pedía a su enamorada que le llamara porque «mi soledad y yo sin ti no nos llevamos bien». Después, se pasaba el día imaginando su encuentro imaginario

Al reescucharla he pensado mucho en esa soledad, en esa llamada que no llega, en ese encuentro que nunca se produce. Y al hacerlo, por más vueltas que le doy, no puedo entender cómo es posible que los GenZ, la generación más hiperconectada de la historia, sea también the loneliest generation.

No lo digo yo, lo dice un informe publicado el pasado 1 de septiembre por el Institute for Public Policy Research (IPPR) de Reino Unido, que ha analizado la situación de los jóvenes de 11 a 24 años en el país que, desde 2018, dispone de un Ministerio de la Soledad. Y los datos que arroja son tremendamente desoladores. Aterradores. Devastadores.

¿Cómo es posible que el aislamiento social se haya multiplicado por cinco en la última década? Eso significa que, tal como muestra el informe, «el 5% (1 de cada 20) de los jóvenes de entre 16 y 21 años afirma no tener ningún amigo cercano». Pero hay más. Y peor.

«La amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad»

1 de cada 3 jóvenes de entre 16 y 29 años afirma sentirse solo «a menudo, siempre o parte del tiempo», lo que duplica la tasa registrada en personas mayores de 70 años. Cerca del 10% reconoce sufrir soledad crónica o severa de forma persistente, una cifra que aumentó tras la pandemia y no ha vuelto a los niveles previos.

Esto, por supuesto, tiene una correlación directa con el incremento de síntomas de depresión, ansiedad y trastornos del sueño en adultos jóvenes. Tanto es así que, el mismo estudio señala que el 72% de los jóvenes de 16 a 25 años afirma que la soledad impacta directamente de forma negativa en su salud mental y autoestima.

Y todo esto está ocurriendo a los 16, a los 18, a los 20 años. Esos años mágicos de planes infinitos y ganas de comerse el mundo en el que nuestros amigos lo son todo. Echo la vista atrás veinte años y no me puedo imaginar esa época sin ellos. Sin los que estaban, sin los que ya no están y sin los que siguen estando. Y ahí es cuando pienso que quizá sí, quizá algunos tiempos pasados sí fueron mejores.