En poco más de cuatro décadas, el médico pediatra Enrique Orschanski vio pasar por su consultorio a cuatro generaciones distintas. Su trabajo le permitió, y aún le permite, ser un observador privilegiado de cómo las transformaciones de la sociedad impactaron en las familias. Aún más en la crianza y el desarrollo de los niños y niñas.

Agosto, el mes de las infancias, siempre es una oportunidad para reflexionar sobre los más chicos, sus necesidades y los desafíos a la hora de criar. Una de las preguntas que más se repite es si los niños de hoy son iguales a “los de antes”. El reconocido neonatólogo y pediatra egresado de la Universidad Nacional de Córdoba advierte que entre sus primeros pacientes y los niños que hoy llegan a su consultorio, el panorama no es el mismo. Pero no son los niños los que cambiaron.

“Se modificaron muchísimas cosas. Yo empecé a trabajar en pediatría en 1980 y, en cuatro décadas y media, el cambio en los vínculos familiares es muy grande”, cuenta y señala dos cambios: la baja de la natalidad y lo que llama el “síndrome de las casas vacías”. 

En el mundo nacen menos chicos y Argentina no escapa a esa realidad. “El promedio de hijos por mujer en los años 80 era de entre 3 y 4 hijos y hoy es de uno por mujer. Lo que esto significa es una forma de crianza distinta, ya no en una tribu”, explica el también escritor y docente universitario. En «Fronteras. Dígale usted, doctor», su décimo libro publicado en noviembre del 2025, habla de este fenómeno que se caracteriza por “niños emperadores”.

– En los grupos familiares amplios cada niño o niña pelea por su sitio. Por ser mirado antes que los hermanos. Y ahora hay uno solo que, a mi modo de ver, es criado con mucho amor, pero de una manera muy complaciente. Eso está generando una gran cantidad de niños emperadores, que eligen qué comer, a qué hora dormir, qué uso hacer de pantallas y tienen muchos caprichos.

– ¿Allí es donde deberían estar las fronteras que plantea el libro?

– Sí, hay una serie de factores por los que elegí ese término. El título Fronteras alude a límites, pero decirlo así suena muy punitivo. En cambio, fronteras es una línea anticipatoria, que se instala antes de que ocurran los desencuentros.

– ¿En la crianza, los padres pueden ser amigos de sus hijos?

– Hacerse amigos de los hijos es dejarlos huérfanos. Los chicos deberían tener sus amigos y los padres los suyos. En esta exclusividad de los hijos únicos, los chicos pierden el sentido de autoridad y ahí es cuando aparecen síntomas que los llevan hacia el consultorio del pediatra.

– ¿Qué se ve con más frecuencia en las consultas?

– Es curioso porque empecé trabajando con cosas sencillas de clínica pediátrica, mocos o chicos muy flacos. Y ahora los síntomas de enfermedad son chicos ansiosos, malnutridos pero obesos y muy sensibles.

«Fronteras. Dígale usted doctor», ediciones Recovecos.

Pantallas y ausencias

El «síndrome de las casas vacías» arranca temprano, cuando suena el despertador y cada integrante de la familia corre hacia sus obligaciones. “En este momento casi el 100% de las madres sale de su casa a trabajar. Es algo que antes ocurría en menor medida entonces había solamente ausencia masculina, ahora es ausencia de ambos. No hay quien los mire y la casa se vacía”, dice sobre el segundo cambio que observa en la dinámica de las familias actuales.

Orschanski asegura que la escena se repite en buena parte de los hogares en los que, por la rutina y el trabajo, la familia sanguínea solo comparte las últimas horas del día: “No es falta de preocupación, sino de tiempo, porque los padres se desloman todos los meses para llegar con las cuentas pagas. Hay mucha tercerización: los chicos son depositados en los colegios, si se puede en jornada extendida, y después van a otras actividades. Y los chicos terminan reclamando de noche lo que no reciben de día.

En Fronteras, un libro en el que no busca brindar certezas, sino abrir el juego a la reflexión, el pediatra advierte sobre la falta de una autoridad en los más chicos como consecuencia de la “tercerización” de la crianza. Una figura de autoridad no es simplemente quien marca los límites. Enrique señala que para los chicos son el modelo a seguir. “Las autoridades están cambiando y los chicos están confundidos al respecto”, explica.

Muchos padres están ocupados por sus hijos, pero no encuentran tiempo para pasar con ellos. “Ante padres que llegan cansados a casa, sin energía para jugar, y niños que no saben cómo lidiar con el aburrimiento, la pantalla es la que llega a rellenar los espacios vacíos, asegura. 

– Ahora desde muy chicos manejan celulares, ¿nacen con la ‘tecnología en la mano’?

– Manejan la tecnología, pero no nacen digitales. Tenemos la misma genética de hace millones de años. Los chicos copian modelos y lo que hacen es espejar a sus padres. Para los adultos es sencillo culpar a los chicos de ser adictos a las pantallas, pero ¿cómo aprenden los chicos desde tan temprano? De los adultos que no sueltan el teléfono.

– ¿Las pantallas generan un tipo de adicción en los niños y niñas?

– A los chicos no se los deja aburrirse. Los chicos tienen que estar entretenidos todo el tiempo y, por bondad, falta de alternativas o desconocimiento de cómo jugar con ellos, los padres prestan su celular. A la hora y media se lo intentan sacar y el niño hace abstinencia. Es decir, un berrinche porque le quitaron ese objeto de placer que son las pantallas.

– ¿Cuál es el riesgo de no limitar el uso de las pantallas?

– El problema es que los chicos están dejando de mirar paisajes para mirar cristal líquido cada vez más tiempo.

– Y los juegos, ¿qué lugar ocupan?

– Hay niños que optan por dibujar, apilar cubos o inventar juegos. Esto ocurre normalmente hasta los cinco o seis años. A partir de esa edad, los chicos dejan de jugar. Y ese es uno de los cambios catastróficos de este siglo: la pérdida del juego, de la imaginación y de la creatividad para inventarlos. 

No existe una sola infancia

Una de las preguntas más frecuentes durante agosto gira en torno a cuál es el mejor regalo que se les puede hacer a las infancias argentinas. Enrique hace una salvedad necesaria: no todos los niños son iguales. “En este país hay una infancia, que es el 50% de los chicos, que no come todos los días y que no se abriga del frío”, dice. Y agrega que, para esas infancias, el mejor regalo sería un buen alimento y protección. 

Otra infancia, diferente a la ya mencionada, es la que sí tiene asegurado el alimento, elige qué comer y tiene un lugar de confort. “Para esos chicos el mejor regalo, a mi modo de ver, es que ellos descubran el valor que tienen las cosas. Crecer sabiendo que no es todo ilimitado”, menciona.

La otra infancia que destaca es la de los niños y niñas que crecen en pequeñas localidades. Lejos de las grandes ciudades, donde prima una crianza “entre cuatro paredes” por los contextos de inseguridad, en los pueblos crecen libremente y disfrutan una infancia auténtica. Para ellos, el regalo debería ser preservar esa crianza.

Más allá de sus diferencias, las tres infancias que describe Orschanski tienen una necesidad en común: ser miradas. No se trata, entonces, de mantener a los chicos entretenidos todo el día ni de llenar cada espacio vacío con una actividad. Se trata de recuperar aquello que en la vida cotidiana a menudo pasa a segundo plano: el tiempo compartido, el juego, el aburrimiento y la posibilidad de no tener nada programado. 

Más que la felicidad, el objetivo para las infancias es la satisfacción. Es decir, que tengan garantizada la comida, la educación y, fundamentalmente, que cuenten con un adulto que les brinde su tiempo. 

Después de cuatro décadas y media de trabajo en el consultorio, y de haber visto crecer a distintas generaciones, Enrique vuelve sobre el desafío que la sociedad tiene con las infancias. “Creo que el objetivo es demostrarle ganas a los chicos. Que no crean que son un paquete que uno tiene que ver dónde ubicarlo. La satisfacción es que cada niño y niña piense que es importante que exista y, que si no existe, la vida no sería igual”, reflexionó Enrique Orschanski.

En una época en la que cada minuto parece necesitar una actividad, una pantalla o una obligación, recuperar el tiempo sin nada que hacer es una de las formas más concretas de volver a hacer lugar a la infancia. Ese es el desafío como sociedad.

Fotos: Sebastián Salguero – La Voz