Ángeles Castillo

Se llama l’Ametlla de Mar, pero también La Cala, a secas, lo cual es revelador porque es lo que más tiene: calas. Este pueblo de Tarragona, comarca del Bajo Ebro, con capital en Tortosa, presume de veinte kilómetros de costa virgen, donde se pueden encontrar calas y playas salvajes y paradisíacas para todos los gustos. Es el golfo de Sant Jordi. Si quieres una pequeña cala de roca rodeada de pinos que llegan hasta la orilla, te espera Cala del Illot o Cala Llenya. Los pinares, rivalizando con el mar en protagonismo y adueñándose de parte del paisaje, los vas a encontrar por todas partes.

En el caso de que sueñes con una playa igual de verde y tranquila que sea naturista para que te parezca aún más el paraíso virginal, entonces Cala Torrent del Pi, cerca de la urbanización Les Tres Cales, satisfará tus deseos. Pero si te gusta la arena, has de optar por Cala Calafató, en la urbanización Calafat. Difícil elegir. Al norte, están las playas de arena fina, con todo tipo de servicios. Al sur, las más recónditas y rocosas, de gran valor ecológico.

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La playa urbana por excelencia es l’Alguer, en el centro del pueblo, protegida por dos espigones y recorrida por un paseo marítimo encantador, sembrado de palmeras. En la de Sant Jordi, en la urbanización de Sant Jordi d’Alfama, que también es emblemática, se levanta una fortaleza del siglo XIII, destruida en la guerra de los Segadores (1640-1652) y reconstruida en el XVIII. A pocos metros queda la Cala Vidre, en un entorno de extremada belleza. Cala Xelín, Cala Mosques, Cala Port Olivet, Cala Llobeta… La lista es interminable, y todas son joyas naturales.

Qué ver en l’Ametlla

Lo suyo es recorrer el Camino de Ronda, el GR-92, que se corresponde con el que utilizaban los pescadores antiguamente. Este sendero mediterráneo pasa por todas las playas y calas de l’Ametlla, brindando unas estampas marineras memorables. Por algo es una de las zonas costeras mejor conservadas del litoral catalán, que atesora también zonas protegidas como las lagunas de Santes Creus o l’Estany Tort.


Cala Llenya es uno de lo rincones paradisíacos de esta villa marinera.


TURISME L’AMETLLA


Dejando el litoral aparte, aunque cueste, l’Ametlla es el típico pueblo pesquero, con puerto desde 1920, donde hoy se puede observar el tranquilo tránsito de las barcas de colores en contraste con la blancura de las casas. Además de asistir a la subasta de pescado, que tiene lugar todos los días, excepto sábados, domingos y festivos, a las cinco de la tarde en la Cofradía de Pescadores. Los frutos que da la mar, por cierto, tienen fama. Según se dice, su sabor único se debe a la proximidad de la desembocadura del Ebro, donde el agua dulce se mezcla con la salada. La Cala se encuentra a solo 25 kilómetros de Deltebre, situado en el centro del delta y meca arrocera donde las haya.

Qué comer en l’Ametlla

Precisamente, en este pueblo tarraconense hay que probar l’arrossejat, la auténtica receta de pescadores, con pescado recién salido del mar y un poco de arroz. Los restaurantes del municipio lo ofrecen cuando se celebran en octubre las Jornadas del Pescado de Lonja y del Arrossejat. Son antológicas sus jornadas gastronómicas. También hay una dedicada al atún rojo en el puerto de pescadores por primavera, con degustaciones, sesiones de tuna-cooking, música en directo y el Tuna Tour, para que los visitantes se acerquen a este mundo. A destacar igualmente las Jornadas de la Galera, entre febrero y marzo, compartidas con los municipios marineros de Alcanar, l’Ampolla y Sant Carles de la Ràpita, y con dicho crustáceo como protagonista.


El puerto de este pueblo de pescadores es tranquilo y muy pintoresco.


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Más allá de estas fiestas culinarias por todo lo alto, se puede vivir una propia. Por ejemplo, en el restaurante La Llotja, dejándose llevar por el menú degustación de su chef, Marc Miró, que incluye seis platos y dos postres. O elegir de la carta delicias como los filetes de sardina marinados con agua de mar y vinagre, encurtidos con aceite ahumado, presentados con vinagreta de frambuesa y tostadas con tomate; el arroz caldoso de pescado de roca con gamba roja, o el carpaccio de lomo de atún Balfegó con alcachofa confitada, yema de huevo curado y piñones tostados.

Torres de defensa contra piratas

Antes de ser villa marinera, este rincón del Baix Ebre había sido un lugar estratégico donde establecer torres de defensa contra los piratas. Ya el rey Pedro II de Aragón se lo entregó en 1201 a la orden militar de Sant Jordi d’Alfama, que él mismo había fundado, para la que dispuso el ya citado castillo del mismo nombre. Pasados los siglos, en el XVI, se levantaron torres de defensa en la franja costera, las que salpican todo el litoral mediterráneo. De hecho, el pueblo surgió de una de ellas, la torre de l’Ametlla, donde se asentaron los pescadores valencianos llegados a estas tierras en el siglo XIX.


El castillo de Sant Jordi de Alfama está en la playa del mismo nombre.


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Merece la pena explorar el casco antiguo, internarse por sus callejuelas estrechas, hasta dar con la iglesia de la Purificación de María, que casa bien con el aire marinero del conjunto. Fuera de l’Ametlla son tentadores los parajes naturales del Delta del Ebro y el Macizo dels Ports de Tortosa-Beseit, que enlazan el Sistema Ibérico con la Cordillera Prelitoral Catalana; otras villas marineras como l’Ampolla, la Ràpita, Cambrils o Les Cases d’Alcanar; la Tortosa bimilenaria o el Montblanc medieval. Y no olvidar que Tarragona capital queda a solo 53 kilómetros.

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