Amelia Larrañaga


Durante décadas, conocer nuevas latitudes sin más compañía que una misma fue para muchas mujeres una fantasía aparcada en el mismo cajón que aprender japonés, leer veinte libros al año o cruzar el Atlántico en velero: una idea atractiva, pero llena de obstáculos prácticos.

La industria turística había dado por sentado que las mujeres viajaban, o bien acompañadas, acompañando a alguien: a su pareja, a su familia…, o en un grupo organizado, y rara vez se planteó preguntas tan simples como reveladoras: ¿Qué ocurre cuando una mujer quiere viajar a un destino determinado y nadie de su entorno comparte ese deseo? ¿Tiene que renunciar a Japón o a Tailandia porque nadie quiere pasar ocho días visitando templos? ¿Qué pasa si quiere ir a Vietnam o Colombia sin esperar a que las circunstancias sean propicias? ¿Se pierde México en el Día de Muertos porque ninguna amiga puede tomar sus vacaciones en esas fechas?

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El idioma, la seguridad, la logística o, simplemente, la falta de la compañía adecuada, acababan por establecer sus propias fronteras. La buena noticia es que se está imponiendo un fenómeno discreto pero en crecimiento constante que está transformando el mapa turístico: las agencias de viajes exclusivas para mujeres, un fenómeno que vive uno de sus mejores momentos. No es una moda pasajera ni un nicho vinculado a una orientación sexual concreta, como muchos pensaron al principio. Se trata de una nueva y revolucionaria forma de entender el concepto de viaje, la compañía y, sobre todo, la libertad. Se acabó la disyuntiva «ir acompañada o quedarse en casa».

Solas, pero no en soledad

Alice Fauveau, fundadora de Focus on Women en 2008, gran viajera desde joven, había recorrido medio mundo antes de lanzar su proyecto. Lo que le llamaba la atención era quién narraba las experiencias. «La inmensa mayoría de las historias, los reportajes y las guías estaban escritos desde una perspectiva masculina», explica. Su propuesta consistía en algo tan novedoso como mirar el mundo desde otro ángulo: el de las mujeres que viven en cada país. Porque si algo diferencia a estas agencias del turismo convencional es que el viaje no se limita a visitar monumentos o encadenar fotografías para Instagram.


Plaza de la ciudad de Bujará, en Uzbekistán.


Getty


La experiencia se construye a partir de encuentros y contextos que rara vez aparecen en una guía turística. Cuando Carolina Estellé fundó Mujer y Viajera un año después, el concepto seguía siendo prácticamente desconocido. Aquellos primeros tiempos estuvieron llenos de malentendidos. «Muchas personas me preguntaban si era una agencia para mujeres lesbianas. Y algunos hombres me decían que los estábamos discriminando».

Estellé pensó en ofrecer un entorno donde la seguridad, el idioma o las diferencias culturales estuvieran resueltas de antemano. No es casualidad que algunos de los destinos que mejor funcionan sean ciudades como Uzbekistán, China, Jordania, Japón, Islandia, Vietnam, Colombia, Marruecos o México, que exigen cierta logística, despiertan una enorme curiosidad cultural e invitan a salir de la zona de confort.

Sin renunciar a nada

Lo curioso de este fenómeno, al contrario de lo que se pueda pensar, es que muchísimas de las mujeres que consumen este tipo de turismo están casadas, tienen hijos, vida social, y disponen de recursos para hacer viajes que habían pospuesto durante años. Otras son divorciadas, viudas o simplemente mujeres que han decidido dejar de esperar a que alguien las acompañe. Como Lourdes Luque, barcelonesa de 54 años y clienta de Mujer y Viajera, quien comparte su vida desde hace veinte años con su pareja. «Él tiene fobia a los aviones y le gusta mucho la naturaleza y caminar. A mí me interesan las ciudades y la gastronomía, y había destinos a los que renunciaba porque me daba respeto ir sola».

Su primera experiencia fue una travesía entre Ibiza y Formentera, y lo que encontró fue «una conexión brutal», recuerda. Desde entonces, Lourdes ha viajado con esta agencia por Armenia, Turquía o Marruecos, y asegura que la principal diferencia con respecto al turismo convencional es que «no es un desplazamiento al uso. Es viajar de verdad con la libertad que te da sentirte acompañada».

La palabra conexión aparece una y otra vez en las charlas con las organizadoras, y es que las participantes suelen compartir una curiosidad parecida por el mundo, sensibilidad cultural y, en muchos casos, una etapa vital similar. La mayoría de las clientas de Carolina Estellé, por ejemplo, tiene entre 45 y 70 años, y por supuesto no hay límites por encima o por debajo de esa franja.


Un puesto del zoco de Marrakech, en Marruecos.


Getty

Calidad y no cantidad

Estas agencias no se conforman con visitar Japón para admirar Kioto o Tokio, sino que buscan comprender cómo viven las japonesas; viajan a Georgia para conocer a sus escritoras o recorren Marruecos hablando con mujeres que han impulsado proyectos comunitarios. Es una forma de turismo que conecta con una tendencia cada vez más evidente: priorizar experiencias culturales profundas antes que el consumo acelerado de destinos. Por eso han desarrollado una filosofía que cuenta con una red internacional de expertas como escritoras, periodistas, científicas, artistas, chefs y activistas que reciben a los grupos para explicar cómo se vive en sus países desde una perspectiva femenina. La idea es sencilla pero muy poderosa.

Amigas para siempre

Más allá de la seguridad y la mirada cultural, estos viajes ponen el foco en las relaciones humanas que surgen durante la experiencia. Ana Blasco, fundadora de Wom Viajes, se tiró a la piscina empresarial tras un viaje a Jordania junto a una amiga y varias mujeres más. Todas tenían edades, circunstancias familiares y trayectorias muy distintas y «sin embargo se formaron sinergias inesperadas», recuerda. Desde entonces ha observado un patrón que se repite. «Se comparten divorcios, viudedades, menopausias, cambios personales… y eso une mucho. Entre mujeres te sientes acogida y menos juzgada», argumenta.

Muchas descubren algo que no esperaban encontrar: una comunidad. O autoconocimiento, seña de identidad de Nimbala, una de las últimas agencias en llegar, fundada por Andrea Bergareche tras casi una década viajando sola por el mundo. En esos años descubrió que el viaje se podía convertir en una herramienta de introspección. Sus grupos son reducidos y algunas de sus propuestas incorporan dinámicas de escritura, creatividad o meditación. «La ruta es sorpresa. Buscamos soltar el control y aprender a confiar», explica Andrea.

La fórmula atrae a mujeres muy distintas: algunas atraviesan rupturas sentimentales, otras llegan agotadas tras un periodo de estrés, y otras buscan hacer algo para sí mismas por primera vez. Y aquí encuentran un espacio temporal donde no tienen que cuidar de nadie, organizar las vacaciones de la familia, negociar itinerarios con su pareja o adaptar constantemente sus deseos a los de los demás. Lo que más le emociona a Ana Blasco es contemplar cómo mujeres que parten con miedo regresan «desmelenadas y con alas», conscientes de que el mundo es menos intimidante de lo que imaginaban.

«Lo especial es ver como personas que no se conocían comparten experiencias, crean vínculos e incluso terminan siendo amigas», dicen Elma Sesma y Patricia Estévez, fundadoras de Tacones Viajeros. «Algunas llegan a la agencia con vértigo ante la idea de compartir diez días con desconocidas. Pero la mayoría regresa con una confianza renovada», cuentan. Lo que demuestra esta opción es que la libertad también es compartir el camino y descubrir que a veces la mejor compañera de viaje es una desconocida que ha hecho la maleta por las mismas razones que tú.

Más inspiración para tu próxima aventura

Dones i Viatgeres. El hecho de que al frente de este proyecto se encuentren Laura y Alba Ventura (madre e hija) ilustra cómo el mercado ha evolucionado desde el «viaje para solteras» hacia propuestas que reivindican la autonomía femenina sin convertirla en algo extraordinario. Laura representa una generación para la que viajar sola podía ser un acto de valentía, y Alba pertenece a otra que normaliza mucho más la independencia y las redes de apoyo entre mujeres.


Sesión de meditación de Masqi.


D.R.


Masqi The Energy House. Sin ser una agencia propiamente dicha, MasQi es un paraíso difícil de igualar ubicado en la alicantina sierra de Mariola. Allí, Sonia Ferre, fundadora y CEO, junto a diferentes colaboradores, proponen transformadores retiros femeninos para reconectar con la fuerza interior y adquirir herramientas de crecimiento personal con técnicas inspiradas en la tradición hindú. A través de yoga, meditación, respiración y danza, las participantes experimentan el autoconocimiento combinando calma, energía y conciencia.

Muna Viajes. Otra propuesta singular es la de Justine Faucon, fundadora de Muna Viajes. Francesa afincada en Andalucía y guía de naturaleza de profesión, ha construido una agencia especializada en viajes para mujeres donde el protagonismo recae en los paisajes, el senderismo accesible y el slow travel.

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