Patricia Martín

Llevo yendo a festivales de música desde hace años. Se han convertido en uno de mis planes imprescindibles de mi verano, casi tanto como pasar unos días en la playa. Como amante de la música, me parecen la mejor excusa para descubrir nuevos artistas, viajar a lugares que quizá no habría visitado de otra forma o, simplemente, disfrutar en directo de esas bandas que llevo meses —o incluso años— escuchando en bucle. He estado en festivales de todo tipo, desde macroeventos con miles de personas hasta otros mucho más pequeños, pero había uno que todavía tenía pendiente: Starlite.

Y eso que Marbella forma parte de mis veranos desde que tengo uso de razón. Cada año veía cómo el festival llenaba la ciudad de carteles, cómo empezaban a llegar artistas internacionales y cómo las redes sociales se llenaban de imágenes del recinto y de las numerosas caras conocidas que pasan por allí cada verano. Sin embargo, por una razón u otra, nunca había terminado entrando en la Cantera de Nagüeles. Este año, por fin, tuve la oportunidad de hacerlo y entendí que el fenómeno Starlite va bastante más allá del glamour que siempre lo acompaña. Lo que realmente explica su éxito es que ofrece una forma muy diferente de vivir un concierto.

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Un festival diferente

Esa singularidad no es casual. Starlite nació en 2012 impulsado por Sandra García-Sanjuán e Ignacio Maluquer con la intención de recuperar este enclave natural como espacio para la música en directo. La inspiración surgió años antes, cuando Plácido Domingo ofreció allí un recital que demostró el extraordinario potencial acústico de la cantera.

A partir de esa idea comenzó un proyecto que hoy celebra su decimoquinta edición y que se ha consolidado como uno de los festivales boutique más importantes de Europa. Mientras la mayoría de festivales concentran toda su programación en dos o tres días, Starlite se celebra durante casi dos meses, permitiendo que cada noche sea especial y que el público pueda elegir el concierto que más le interese sin necesidad de vivir una maratón de escenarios.

Lo primero que llama la atención al entrar es, precisamente, el espacio. Es difícil hacerse una idea de cómo es la cantera hasta que estás allí. Las paredes de roca envuelven el escenario y crean una atmósfera completamente distinta a la de cualquier estadio o recinto al aire libre. Pero lo mejor no es solo la imagen, sino cómo influye en el concierto. La propia cantera actúa como un anfiteatro natural y ofrece una acústica espectacular. El sonido se escucha limpio, potente y muy definido desde prácticamente cualquier punto del auditorio.


Festival Starlite


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A eso se suma otro aspecto que, como espectadora habitual de conciertos, agradecí especialmente: el tamaño del recinto. Acostumbrada a actuaciones en las que muchas veces acabas siguiendo el espectáculo a través de las pantallas gigantes, aquí ocurre justo lo contrario. El auditorio es lo suficientemente reducido como para disfrutar de una buena visibilidad desde prácticamente cualquier localidad. Esa cercanía hace que el concierto se viva de otra manera y convierte Starlite en uno de esos lugares ideales para ver a un artista al que llevas mucho tiempo queriendo escuchar en directo.

El concierto es solo una parte de la experiencia

Otra de las cosas que más me sorprendió fue comprobar que la experiencia empieza bastante antes de que se apaguen las luces. En Starlite la gente no llega con el tiempo justo para sentarse en su asiento. Muchos aprovechan para cenar en alguno de los restaurantes del recinto, tomar algo en las terrazas o simplemente pasear antes del concierto. El ambiente es mucho más relajado que el de otros festivales y todo invita a pasar allí la noche sin prisas.

Cuando termina la actuación principal, el recinto tampoco se vacía. Las conocidas Sessions alargan la programación hasta la madrugada con DJs y actuaciones en un formato diferente, de manera que el festival continúa mucho después del último bis. Esa combinación de música, gastronomía y ocio es una de las claves de Starlite y explica por qué muchas personas vuelven verano tras verano independientemente del artista que actúe.

Un cartel que reúne a grandes nombres de la música

Otro de los motivos que han convertido a Starlite en una cita imprescindible del verano es su programación. A diferencia de otros festivales especializados en un único género, aquí conviven artistas nacionales e internacionales de estilos muy diferentes, lo que hace que el público también sea mucho más variado.


Enrique Iglesias en Starlite


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En esta edición, el cartel vuelve a reunir a algunos de los nombres más importantes de la música, como Lenny Kravitz, Maroon 5, John Legend, Deep Purple, Juan Luis Guerra, Seal, Diana Krall, Malú, Vanesa Martín o Love of Lesbian, entre muchos otros. Una mezcla de generaciones y estilos que permite que cada noche tenga una personalidad propia y que cualquier amante de la música encuentre su concierto perfecto.

Lo que realmente hace diferente al festival es haber encontrado una fórmula que pone el concierto en el centro, pero sin renunciar a todo lo que ocurre antes y después. El entorno, la calidad del sonido, la cercanía con el escenario y el ambiente hacen que la experiencia sea muy distinta a la de otros festivales.

Ahora entiendo por qué, quince años después de su nacimiento, Starlite sigue ocupando un lugar propio dentro del calendario musical del verano. No intenta competir con los grandes macrofestivales, sino ofrecer una experiencia distinta, donde el entorno, la acústica y la cercanía con el escenario pesan tanto como el propio cartel.

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