Descubrí el junk journaling hace un año por pura casualidad, haciendo scrolling infinito por las redes, y acabó llenando mi necesidad de hacer algo creativo con las manos que no implicara experimentar el mundo a través de otra pantalla más. Teletrabajo delante del ordenador, me comunico prácticamente más con el móvil que en persona y, cuando quiero desconectar, encima acabo mirando otra pantalla distinta. 

Básicamente, se trata una técnica de documentación artística que combina el scrapbooking (o álbum de recortes), el collage y la escritura. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en otras modalidades, aquí se valora la imperfección y lo efímero. De hecho, su nombre hace referencia a que, en lugar de usar únicamente papelería nueva, un junk journal se nutre de elementos usados.

Entradas de museos, envoltorios, etiquetas, mapas, sobres, folletos, servilletas… Me enamoró esa idea de convertir aquello que normalmente acaba en la basura en algo bonito. Resulta que el mundo está lleno de cosas «gratis» que pueden tener una segunda vida si sabes cómo mirar. Lo que no sabía es que este hobby también venía con unas cuantas trampas y desafíos. Algunas me las tendí yo sola, como obsesionarme con que todo quedara precioso o dejarme llevar por el consumismo. Otras las fui descubriendo con el tiempo.

Después de un año llenando cuadernos (incluso aprendiendo a hacerlos yo misma), guardando papeles que hace unos meses habría tirado sin pensarlo y aprendiendo a disfrutar mucho más del proceso que del resultado, estas son las cosas que me habría gustado saber desde el principio.

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No compres un cuaderno carísimo: cuanto más bonito sea, más miedo te dará usarlo

Esto es algo que le pasa a muchas personas y yo no fui la excepción. Mi primer impulso fue buscar «el cuaderno». Uno superbonito, con un papel increíble y unas tapas que parecieran hechas para durar toda la vida. Error.

Cuando tienes delante una libreta preciosa, da miedo estropearla. Cada página parece demasiado importante para pegar un simple ticket del supermercado o una etiqueta de una infusión. Empiezas pensando demasiado cada composición y, casi sin darte cuenta, te domina la famosa ansiedad de la página en blanco.

Lo paradójico es que el junk journaling tiene precisamente el objetivo contrario. No busca la perfección. No hay normas. No existen composiciones incorrectas ni una forma oficial de hacerlo. Cuanto antes aceptas que una página puede quedar rara, torcida o completamente caótica, antes empiezas a disfrutar de verdad. Hoy prefiero los cuadernos sencillos y sin decoración, tienen que ser como un lienzo en blanco al que yo daré personalidad. No al revés.

Vas a cometer errores y, sorprendentemente, muchas veces mejorarán la página

Una de las cosas más liberadoras del junk journaling es descubrir que un papel torcido rara vez arruina nada. De hecho, algunas de mis páginas favoritas nacieron de intentar arreglar errores. Una mancha se tapa con otra capa, por ejemplo, de washi tape. Un elemento que no encaja se puede cubrir parcialmente con una pegatina. Una composición aburrida se vuelve más interesante porque algo salió mal. Es un hobby extraordinariamente tolerante con los fallos. Mucho más que nosotros mismos.

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Lo mejor no son los materiales: es aprender a mirar de otra manera

Hay algunas compras que sí considero necesarias y que volvería a hacer sin pensarlo. Un buen surtido de washi tape, una plegadera (no imaginaba hasta qué punto cambia la vida doblar papel con una), muchísima cinta de doble cara, unas cuantas pegatinas y encontrar tus bolígrafos-rotuladores favoritos son materiales básicos. Pero casi todo lo demás llega solo. La mejor tienda de scrapbooking no es una tienda, es tu día a día.

Lo vas a encontrar en el papel bonito que envuelve una pastilla de jabón, la etiqueta de una prenda que tiene un dibujo especial, un billete de metro de un viaje en el que fuiste feliz, el mapa de una ciudad que visitas, una servilleta con un diseño curioso o el envoltorio de un regalo… Cosas que parece que solo exiten para ser utilitarias pero que, a veces, esconden elementos valiosos. 

Poco a poco, vas entrenando el ojo para encontrar belleza en pequeños detalles. Y, sinceramente, acaba siendo mucho más gratificante que comprar una caja llena de papeles decorativos en Aliexpress. Además de ser más barato.

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No hace falta terminar una página en una sola sesión

Una página puede estar «a medias» durante días, semanas o meses. A veces tienes la composición principal pero le falta algo y acabas encontrando el papel perfecto mucho tiempo después. O simplemente te has atascado y prefieres dejarlo reposar. Al principio sentía la necesidad de terminar cada página de una vez, como si fuera una tarea pendiente a tachar de una lista. Ahora sé que algunas de las que más me gustan estuvieron incompletas durante semanas, a veces incluso habiendo perdido la fe de que la fuera a conseguir terminar.

No todo recuerdo merece guardarse

Cuando empiezas a desarrollar el «ojo junk journal» existe un riesgo inesperado: querer conservar absolutamente todo. Puede ser abrumador, pero llega un momento en que empiezas a darte cuenta de que no todo puede convertirse en un tesoro. Parte de la gracia está precisamente en saber seleccionar. Elegir aquello que realmente te recuerda un momento, una persona o te provoca una sensación. Si guardas absolutamente todo, al final nada destaca.

Habrá una fase (o varias) en la que todo te parecerá feo

Esto me habría ahorrado bastantes frustraciones. Internet está lleno de vídeos de personas que llevan años haciendo junk journaling y crean páginas increíbles sin esfuerzo (o eso parece). Cuando empiezas, es fácil comparar tus primeros intentos amateur con los resultados profesionales de alguien que acumula cientos de horas de práctica.

La buena noticia es que ni siquiera ellos nacieron sabiendo combinar papeles, equilibrar colores o crear composiciones interesantes. Es una habilidad que se desarrolla haciendo muchas páginas mediocres primero (yo todavía estoy en ese proceso, de hecho). Por suerte o por desgracia, nadie puede saltarse esa fase.

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Lo mejor que me ha dado el junk journaling no cabe en un cuaderno

Lo más curioso es que empecé haciendo junk journaling porque necesitaba pasar menos tiempo delante de una pantalla y acabé aprendiendo un montón de cosas que no tienen valor desde la dictadura de la productividad pero que es conocimiento que considero que no debería perderse. Por ejemplo, saber encuadernar con materiales que tienes por casa, a teñir papel con café, a hacer tus propios sobres reutilizando folletos, secar y prensar flores…

Pero, sobre todo, aprendí a hacer algo simplemente porque me apetecía. Sin pensar si estaba haciendo algo a lo que pudiera sacarle rendimiento económico, si iba a servir para algo al sistema o si merecía la pena invertir tiempo en ello. Y eso, en una época en la que  hasta los hobbies tienen que convertirse en contenido para redes o en un segundo trabajo que monetizar es mi pequeña revolución.

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