Vivimos en una sociedad obsesionada con los resultados. Preguntamos cuánto ganó alguien, qué nota obtuvo, cuántos clientes consiguió o qué posición alcanzó. Sin darnos cuenta, terminamos creyendo que el éxito depende únicamente del resultado final.

Sin embargo, existe un problema con esa forma de pensar: los resultados nunca dependen completamente de nosotros. Lo que sí está bajo nuestro control es cuánto esfuerzo estamos dispuestos a invertir, cuánto aprendemos en el camino y cuánto de nosotros mismos ponemos en aquello que hacemos. Dos historias ayudan a entender esta idea.

La primera tiene como protagonista a Henry Kissinger cuando era secretario de Estado de Estados Unidos. En una oportunidad le pidió a uno de sus colaboradores que elaborara un informe sobre un tema de máxima importancia. Días después recibió el documento, lo miró y preguntó: «¿Es esto lo mejor que pueden hacer?»

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El equipo volvió a trabajar. Revisó datos, buscó nueva información y perfeccionó el informe. Cuando regresaron, Kissinger hizo exactamente la misma pregunta. El proceso se repitió una tercera vez.

Recién cuando el colaborador respondió: «Le aseguro que este es el mejor trabajo que somos capaces de hacer. Ya no tenemos nada más para agregar», Kissinger tomó el informe y dijo: «Perfecto. Entonces, ahora sí lo voy a leer.» La enseñanza era simple: mientras todavía existiera algo por mejorar, el trabajo no estaba terminado.

La segunda historia habla de un padre que quería enseñarle a su hijo el valor del esfuerzo. Cada día le pedía que saliera a trabajar y regresara con cinco dólares. Sin que el padre lo supiera, la madre le entregaba ese dinero al niño antes de salir.

Todas las noches ocurría lo mismo. El padre preguntaba si había trabajado, el hijo respondía que sí y entregaba los cinco dólares. Entonces el padre los arrojaba al fuego. El niño observaba cómo se quemaban sin decir una palabra.

Después de varios días, la madre dejó de darle dinero. El niño salió a buscar un trabajo de verdad. Volvió cansado, con las manos doloridas, pero con cinco dólares que había ganado con esfuerzo.

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Cuando esa noche el padre volvió a intentar quemarlos, el niño reaccionó desesperado: «¡Papá, no! ¡No los quemes! ¡Me maté trabajando para ganarlos!» El padre sonrió porque, recién en ese momento, comprendió que su hijo había entendido el verdadero valor del esfuerzo.

Las dos historias transmiten el mismo mensaje. El valor de una persona no puede medirse únicamente por el resultado, porque ese resultado nunca depende por completo de ella. En cambio, sí depende de cada uno cuánto estudia, cuánto entrena, cuánto persevera y cuánto está dispuesto a dar para alcanzar un objetivo.

Esta reflexión también alcanza la forma en que educamos a nuestros hijos. Muchas veces los felicitamos porque sacaron un diez, hicieron un gol o ganaron una competencia. Sin embargo, esas circunstancias no siempre están bajo su control. Lo que realmente depende de ellos es si estudiaron con dedicación, si entrenaron con disciplina, si fueron responsables y si dieron lo mejor de sí.

Cuando elogiamos solamente el resultado, les enseñamos que su valor depende de factores externos. Cuando reconocemos el esfuerzo, les mostramos que el verdadero éxito está en aquello que sí pueden controlar. Porque el éxito no consiste en conseguir siempre lo que uno quiere. El verdadero éxito llega cuando, al terminar el día, una persona puede decir con honestidad: «Hoy hice todo lo que estaba en mis manos.»

(*) Rafael Jashes – Rabino