Eduardo VIII, en 1936, cambió el curso de la monarquía británica renunciando al trono de forma voluntaria para casarse con Wallis Simpson, una mujer estadounidense divorciada. Una crisis constitucional que obligó al padre de Isabel II (el rey Jorge VI) a asumir la corona y que el que fuera rey de Inglaterra cogiera el título de duque de Windsor. «He encontrado imposible llevar la pesada carga de la responsabilidad y desempeñar mis funciones de rey como me gustaría hacer sin la ayuda de la mujer que amo», dijo al abdicar.
Pero, ¿quién era ella? Nació como Bessie Wallis Warfield el 19 de junio de 1896 en una casa de campo de un pueblo de Pensilvania y ya desde pequeña, fue conocida por ir siempre perfectamente vestida. Sus anteriores relaciones antes de Eduardo y el idilio que vivía junto a él hizo que no fuera querida en la monarquía británica y tras casarse, su vida consistía en leer, hacer algo de deporte, dar fiestas, peinarse y disfrutar de las joyas. Sí, estas últimas eran su otro gran amor.
A Wallis le interesaba muchísimo la moda y y pasaba gran parte de su tiempo dando forma su vestidor. Mainbocher era su diseñador de cabecera y después Balenciaga; a poca distancia, Dior y Déssès. De hecho, Balenciaga creó para ella un azul que no era el famoso ‘azul Wallis, sino un tono más oscuro, tirando a violeta, que resaltaba su pelo negro y sus ojos azules.
Wallis Simpson con el collar de perlas (1950).
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Pero, sin duda, lo que le hizo destacar por encima de otras mujeres de la época eran sus joyas, que no eran únicamente adornos. Eran símbolos, recuerdos, gestos de amor y una extensión de su propio lenguaje estético. Sofisticada, enigmática y profundamente elegante, lucía piezas con un gusto exquisito que incluso han pasado a la historia.
El collar de perlas que heredó de la reina Mary
Es el caso del collar de perlas, que perteneció a la reina Mary. Se trata de una pieza de 28 perlas naturales de agua salada, del golfo Pérsico o de Australia Occidental, ambas conocidas por perlas de alta calidad antes de que el comercio de perlas naturales se derrumbara a mediados del siglo 20. La reina Mary, una coleccionista de joyas finas para toda la vida, pasó el collar a su hijo, el rey Eduardo VIl. Este, tras su matrimonio en 1937, se lo regaló a Wallis, quien se convirtió en un sello distintivo de su sofisticado estilo.
Las perlas eran las joyas favoritas de Wallis.
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Durante casi cuatro décadas, lo usó a menudo, consolidando su asociación con su imagen. En 1950, el duque de Edimburgo encargó a Cartier crear unos pendientes a juego que contaban con una gran perla natural con forma de gota, ligeramente barroca de 18,4 mm y un peso de 190,60 granos. Cubierta con una gorra de campana conjunto de diamantes y un ajuste desmontable en forma de estribo, fue también diseñado para adornar elegantemente el collar.
Otra de las piezas destacadas de su joyero es el brazalete Toi et Moi, un brazalete de rubíes y diamantes de Cartier de 1937 que le regalo del duque de Windsor con motivo de su matrimonio. O el broche en forma de corazón con el monograma «W» en esmeraldas, haciendo referencia a la primera letra de su nombre. También de Cartier y con data de 1957, fue una joya profundamente simbólica vinculada a la identidad de la duquesa.
El broche de Cartier con la inicial de Wallis.
La pantera, protagonista en su joyero
La duquesa tenía en su poder dos piezas con la forma de este felino. Existen muchas teorías que girado en torno a la elección de este animal; la más aprobada es aquella que dice que, desde 1478, la cabeza del leopardo ha coronado la marca real de la London Town y ha sido por lo tanto, un símbolo del rey de Inglaterra. Por lo que podría haber sido un guiño de Wallis a su marido.
El primero de ellos es La Pantera de Cartier (1952), una pulsera pantera articulada de diamantes, ónix y esmeraldas que se convirtió en una de las joyas más icónicas del siglo XX. Y la pantera sobre cabujón azul, uno de los broches más usados por la protagonista en el que gran felino de este alfiler aparece agachado en una pose realista, listo para saltar sobre la luna representada sobre un gran zafiro estrella cabujón perfectamente redondo que pesa 157,35 quilates.
La pulsera La Pantera de Cartier que fue subastada.
No se queda atrás el collar de amatistas y turquesas, un modelo bib con diamantes. Cuenta con 29 amatistas de talla escalonada, cabujones de turquesa y diamantes de talla brillante, de los cuales se deja caer una gran amatista en forma de corazón en el frente. Engastadas en oro, las piedras preciosas están suspendidas por una cadena de oro en forma de cuerda. Era uno de los favoritos de la duquesa y lo estrenó en junio de 1953 en el baile de Gala a l’Orangerie en Versalles, con un vestido palabra de honor y los pendientes a juego.
Y las esmeraldas del grand soir, un collar de esmeraldas y diamantes con gota centra que fue pensado para usar en las grandes noches de gala. Este último, iba en perfecta sintonía con el impresionante anillo de pedida. Una pieza con una gran esmeralda central tallada en forma rectangular que tenía un peso de 19,77 quilates e iba flanqueada por diamantes talla bagette. El diseño fue realizado secretamente por Jaques Cartier, director de la sucursal de Londres, y fue entregado a la futura duquesa de Windsor el 27 de octubre de 1936.
Wallis con el anilllo de pedida con una gran esmeralda.
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En esta lista no podía faltar el broche en forma de flamenco que la pareja encargó a Cartier a finales de los años 30 y que demostraba lo exótico de este matrimonio. Jeanne Touissant, la joyera encargó una pieza que fue engastada con una gran cantidad de rubíes y zafiros en su plumaje y con un trabajo perfecto y milimétrico el cuerpo fue recubierto con diamantes pavé.
Después de la muerte de Wallis en 1986, las joyas fueron vendidas en una subasta que tuvo lugar en Ginebra en abril de 1987 y que alcanzó un precio de 31 millones de dólares. La venta final de la colección fue única: no solo eran las joyas que habían sido elegidas por un rey para dárselas a la mujer que amaba y por la que abandonó un trono, sino que también incluían, por derecho propio, algunos de los ejemplos más importantes del arte y la creatividad de los más prestigiosos joyeros del siglo XX.






