Patricia Martín

Todas hemos crecido con grandes romances juveniles que giraban en torno al mismo tipo de protagonista masculino: misterioso, inaccesible, impulsivo y, muchas veces, emocionalmente desastroso. Desde Hache en A tres metros sobre el cielo, pasando por Chuck en Gossip Girl, hasta buena parte de los héroes románticos que dominaron los 2000 y principios de los 2010, la fantasía consistía en enamorarse del chico complicado. El problema era que, a menudo, complicado era simplemente una forma elegante de decir tóxico.

Por eso resulta tan interesante el fenómeno de la nueva serie viral, Off Campus. La adaptación de la exitosa saga de novelas de Elle Kennedy se ha convertido en una de las series más comentadas del momento y, aunque a primera vista parece tener todos los ingredientes habituales del romance universitario —deportistas atractivos, fiestas, tensión sexual y relaciones intensas—, en realidad hace algo bastante distinto. Mantiene la fantasía, pero actualiza las reglas del juego.

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Porque el éxito de Off Campus no está en reinventar el género, sino en entender qué buscamos ahora en una historia romántica.

Los chicos perfectos siguen existiendo, pero ya no son tóxicos

Garrett Graham llega a la historia con todos los ingredientes del protagonista romántico perfecto: estrella del equipo de hockey, popular, divertido y, por supuesto, muy atractivo. Sin embargo, la serie tarda muy poco en desmontar lo que esperamos de alguien como él.

Garrett no es el típico chico complicado y dificil al que una mujer tiene que salvar. Tiene conflictos familiares, inseguridades y momentos de vulnerabilidad, pero también sabe escuchar, pedir perdón y hablar de lo que siente. Y precisamente ahí está gran parte de su atractivo.


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Lo mismo ocurre con Logan, Dean o Tucker. En otra ficción podrían haberse convertido en simples estereotipos de deportistas universitarios. Aquí, en cambio, son personajes complejos, con amistades profundas, problemas propios y una inteligencia emocional poco habitual en este tipo de historias.

Una fantasía romántica escrita para mujeres

Hay algo que se nota desde los primeros episodios: estos personajes están escritos desde una mirada femenina. Off Campus no elimina la fantasía. Garrett sigue siendo una estrella del hockey imposible, Hannah sigue protagonizando una historia de amor de las que te hacen no dspegarte de la pantalla, y la química entre ambos es constante. Pero la serie entiende que la fantasía romántica femenina ha cambiado.

Ya no buscamos al chico que necesita ser salvado. Buscamos personajes deseables que también sepan comunicarse, respetar límites y construir relaciones sanas. La serie demuestra que se puede mantener la tensión romántica sin recurrir a dinámicas que hace años hemos dejado de considerar atractivas.

Una representación del abuso sexual que pone el foco en la recuperación

no de los mayores aciertos de la serie está en la historia de la protagonista, Hannah Wells. Su experiencia de abuso sexual forma parte de la trama, pero nunca se convierte en el único rasgo que la define. Hannah tiene sueños, amistades, sentido del humor, inseguridades y una personalidad propia más allá de lo que le ocurrió.


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La serie tampoco presenta a Garrett como el hombre que viene a rescatarla. Al contrario. Cuando comienza la historia, Hannah ya ha empezado su propio proceso de recuperación. Lo interesante es ver cómo construye nuevas relaciones y aprende a confiar de nuevo sin que eso implique borrar el pasado.

En un panorama audiovisual donde muchas veces el sufrimiento femenino se convierte en el centro absoluto de la narración, resulta refrescante encontrar una ficción que pone el foco en la recuperación y no únicamente en la herida.

La serie no minimiza lo ocurrido ni lo convierte en un simple recurso narrativo. En lugar de presentar a una protagonista permanentemente atrapada por el dolor, la ficción muestra a alguien que ha trabajado para reconstruirse, que ha aprendido a establecer límites y que intenta seguir adelante sin permitir que ese episodio determine por completo quién es.

El consentimiento y el placer femenino importan

Otro de los grandes aciertos de la serie es cómo aborda las relaciones íntimas. En muchos romances, especialmente los dirigidos a un público joven, el sexo aparece construido casi exclusivamente desde el deseo masculino. En Off Campus, sin embargo, las conversaciones sobre consentimiento, comunicación y placer femenino forman parte de la historia de una manera natural.

Los personajes hablan, preguntan, escuchan y se preocupan por las necesidades de la otra persona. Y aunque pueda parecer un detalle menor, supone una diferencia enorme respecto a la forma en la que tradicionalmente se han representado las relaciones románticas en pantalla.

La amistad también es una historia de amor

Más allá del romance, Off Campus entiende algo importante: crecer no consiste solo en enamorarse. La amistad entre Hannah y Allie tiene peso propio dentro de la historia. Se apoyan, se aconsejan y están presentes en los momentos importantes, sin que sus conversaciones giren siempre alrededor de los chicos.


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Lo mismo ocurre con la amistad entre Garrett, Logan, Dean y Tucker, uno de los grandes aciertos de la saga desde los libros. Porque, al final, Off Campus habla tanto de encontrar el amor como de encontrar a las personas que te acompañan mientras intentas averiguar quién eres.

El verdadero éxito de Off Campus

La ficción no intenta acabar con los códigos del romance universitario ni convertirlos en algo completamente distinto. Al contrario: abraza todo aquello que ha hecho triunfar este tipo de historias durante años. Hay tensión sexual, declaraciones románticas, fiestas, partidos de hockey, personajes carismáticos y suficientes momentos para querer ver un capítulo más antes de irse a dormir.

Porque seamos sinceras: parte de la obsesión también tiene que ver con que Garrett, Logan, Dean y Tucker son guapísimos. Y con que Hannah y Allie tienen ese tipo de belleza natural y aparentemente despreocupada que las convierte en personajes tan magnéticos como ellos. Los looks nos encantan, la banda sonora acompaña perfectamente cada momento y la universidad parece el lugar donde todas habríamos querido estudiar. La serie entiende muy bien la importancia de la estética y construye un universo en el que apetece quedarse a vivir durante unos cuantos capítulos.


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Pero lo interesante es que, debajo de toda esa fantasía, hay algo más. Los personajes pueden ser deseables sin ser tóxicos. Las relaciones pueden ser apasionadas sin ser destructivas. Los protagonistas masculinos pueden resultar atractivos sin comportarse como si la inteligencia emocional no existiera. Hannah puede tener una historia marcada por el trauma sin quedar reducida a él. Y las amistades tienen tanta importancia como las historias de amor.

En otras palabras, Off Campus nos da todo lo que nos gustaba de los romances universitarios cuando éramos adolescentes, pero sin pedirnos que ignoremos las señales de alarma que ahora vemos con mucha más claridad.

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