Pocas estrellas vivieron contrastes tan severos entre las desgracias de su vida, que incluían penurias en lo personal y profesional, y el esplendoroso y divertido carisma de su trabajo como le sucedieron a Marilyn Monroe. Ella estuvo presente en lo que se siguen considerando comedias imprescindibles, así como algunos musicales llenos de color.
Para bien y para mal, Monroe estableció eslabón entre un proceder todavía tiránico de los estudios de cine del Hollywood clásico y las nuevas corrientes que estaban surgiendo por la época. Además de trabajar con cineastas encomiables, fue parte del reclamo de una película con intención de hacer historia como ‘Cómo casarse con un millonario’ (’How to Marry a Millionarie’).
Matrimoniadas a toda costa
Suena exagerado hablar así de una comedia romántica de enredos con alguna pretensión musical como esta, pero la película de Monroe con Lauren Bacall y Betty Grable consiguió el logro de ser la primera película terminada con la tecnología de Cinemascope. Con ella consiguieron un espectáculo grande y colorido que hoy se va a poder ver en televisión a través de La 2 a partir de las 22:20 horas.
Tres mujeres que hacen de modelos profesionales, Schatze, Pola y Loco, se sitúan en un exclusivo apartamento de Nueva York con un objetivo: emplear sus talentos para dejar atrás romances baratos y vidas más baratas, intentando pescar a millonarios que les solucionen la papeleta de por vida. Sus planes son ambiciosos, tanto que se vuelven difíciles de cumplir.
Si la premisa suena a algo especialmente casposo para los estándares que manejamos ya en 2026, verla en ejecución resulta impactante porque hasta resulta antigua para el contexto de su época. No hay ni el más mínimo intento de subversión que de agencia a sus personajes, o que de pie a una revisión contemporánea que se acerque al empoderamiento.
‘Cómo casarse con un millonaria’: extrañamente rígida
Claro, pedir cosas así con la ventaja que proporciona el tiempo tiene mucho de ventajista. Pero tampoco es que la adaptación de Jean Negulesco de este material de para mucho que haga reivindicarla como logro artesano o divertimento poco pretencioso, aunque pueda aterrizarle alguna gracia. Su puesta en escena es teatral hasta el extremo, y rígida como un polo que te olvidaste en el fondo del congelador del verano pasado.
Se puede apreciar al menos el intento de hacer lucir vistosos y grandes los colores del vestuario, una muestra de que había una dedicación en estos aspectos que al menos se hace apetecible de ver en contraste con el presente. Eso y que Monroe y también Bacall tienen carisma para llenar la pantalla y conducir medianamente una función. Suena a poco, pero realmente es suficiente.
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