
El 20 de mayo la Iglesia celebra la memoria de San Bernardino de Siena, una de las figuras más brillantes y carismáticas del santoral católico. Este fraile franciscano reformador, nacido en Massa Marittima, transformó la sociedad de la Italia renacentista mediante sus poderosos sermones y su profunda renovación espiritual, convirtiéndose en el gran «Apóstol de Italia».
La incansable misión de San Bernardino de Siena
Perteneciente a la noble familia Albizeschi, quedó huérfano a temprana edad y fue educado por sus piadosas tías. En el año 1400, demostró un heroísmo extraordinario al liderar a un grupo de jóvenes para cuidar a los enfermos en el hospital de Santa Maria della Scala, desafiando la peste negra que asolaba Siena.
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Poco después, ingresó en la Orden de los Frailes Menores, convirtiéndose en un pilar de la Observancia Franciscana. Bernardino recorrió a pie toda la península itálica predicando ante multitudes inmensas que desbordaban las plazas, logrando reconciliar a facciones enemigas y denunciando con valentía los vicios de la usura, el juego y la vanidad.
Su principal innovación teológica y pastoral fue la propagación del monograma del IHS, las tres primeras letras del nombre de Jesús en griego. Bernardino mostraba una tableta de madera con estas siglas rodeadas por doce rayos solares al finalizar sus sermones, invitando a los fieles a sustituir los emblemas heráldicos por este símbolo de paz.
Diversos testimonios de la época documentan prodigiosos milagros y curaciones que acompañaron sus misiones apostólicas. Se relata que poseía el don de lenguas, que logró apagar incendios devastadores con su bendición y que devolvió la salud a numerosos enfermos terminales que tocaban su rústico hábito o la famosa tableta del Santo Nombre.
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Tras su fallecimiento en Aquila en 1444, las crónicas registraron que su tumba sangró continuamente hasta que las facciones locales firmaron una paz duradera. Su inmensa popularidad y los milagros constatados motivaron al Papa Nicolás V a canonizarlo de forma extraordinariamente rápida, apenas seis años después de su muerte, en 1450.
La devoción actual lo consagra como el santo patrono de los anunciadores y expertos en comunicación. Su legado nos invita a invocar el Nombre de Jesús como escudo protector ante las adversidades del mundo, promoviendo la reconciliación comunitaria a través de la caridad fraterna y el desapego total de las riquezas terrenales.
En este mismo día, el martirologio conmemora a San Atanasio de Iconio y a Santa Teodora. Asimismo, durante el transcurso de la presente semana, la comunidad de creyentes elevará sus oraciones para recordar las solemnidades de figuras tan insignes como San Cristóbal de Magallanes, Santa Rita de Casia, San Juan Bautista de Rossi y el papa San Gregorio VII.
En la Ciudad de Buenos Aires, los files que deseen rendir homenaje y buscar la intercesión de este insigne predicador franciscano pueden visitar la Basílica de San Francisco, situada en el histórico barrio de Monserrat. En este emblemático templo, los frailes custodian con fervor la memoria y las virtudes de los grandes reformadores de la orden.



