Estos pueblos blancos destacándose entre un inmenso mar verde son una maravilla. Inundan el paisaje con una blancura que resulta profética y que anticipa cierto modo de felicidad. Los hay a montones, sin exagerar, en la Málaga de interior, la que mira al Mediterráneo con esa nostalgia tan de tierra adentro. Cerca pero lejos. No tienen el encanto marinero de Agua Amarga, el rincón del Cabo de Gata que nos quita las ganas de verano, pero a cambio están rodeados de una exuberancia edénica.
Lo vimos en Parauta, un pueblo de trazado árabe con un bosque encantado, en el Parque Nacional de la Sierra de las Nieves. Y ahora lo vemos en Montejaque, de estampa similar, igualmente bereber, al abrigo de la sierra del Hacho y los cerros Mures y Tavizna, en el corazón de la Serranía de Ronda, dentro del Parque Natural Sierra de Grazalema. Esta ruta puede incluir también a Júzcar, el pueblo azul que tiene una ‘fantástica’ relación con los Pitufos.
La verdad es que una vez aquí, se tome la dirección que se tome, salen al paso pueblos muy auténticos, que conservan su estructura original, su vínculo con la naturaleza, ajenos a los delirios de una modernidad tantas veces inclemente. No hay que olvidar que por estos alrededores están los bosques de pinsapos, reliquia botánica de las coníferas del Terciario, y salta a la vista una compleja geología. Aquí cualquier ruta de senderismo es de primera.
Qué ver en Montejaque
Este pueblo malagueño, además, tiene uno de los sistemas de cuevas más importantes de España, así que no es de extrañar que haya un Centro de Espeleología, que actúa como museo multimedia para mostrar cómo se forman las cavidades y las simas. Según explican, en España solo existen dos ríos de corriente subterránea: el Guadares o Campobuche, que es el suyo, y el Guadiana. La cueva del Hundidero está situada justo al fondo de una garganta de más de 50 metros de altura por la que circula el río, formando el sistema Hundidero-Gato. El Guadares atraviesa las sierras de Mures y el Algarrobo, y reaparece por la cueva del Gato, a más de cuatro kilómetros, ya en Benaoján.
La cueva del Gato de Benaoján está comunicada con la del Hundidero en Montejaque.
TURISMO MÁLAGA
En Montejaque pueblo sobresale, como mandan los cánones, la iglesia de Santiago el Mayor, levantada en el siglo XVI, de estilo gótico tardío, y reformada en el XVIII. Tiene tres naves irregulares y una capilla con una interesante decoración pictórica. Debido a sus excelentes propiedades acústicas, el templo es escenario de conciertos de música clásica, coral y hasta celta a lo largo del año. Si se la mira bien, se ve que ella marca la línea divisoria entre la antigua ciudad árabe, que corresponde a la parte alta, de calles estrellas y casas apiñadas, y la ciudad ‘moderna’, donde el modelo de construcción ya no es laberíntico, sino rectilíneo.
Un viejo lavadero y la sombra de un castillo
No podía faltar la ermita, dedicada a la Virgen de la Escarihuela, por la que los montejaqueños sienten verdadera devoción, y a su alrededor tampoco falta ni la tradición ni la leyenda. El lavadero de la Fuente Vieja ya no oficia como tal, como única fuente pública autorizada para que las mujeres pudieran lavar la ropa. Ahora es un centro de interpretación que aspira a mantener vivas la historia y las costumbres de este municipio tan andaluz que llegó a contar con una alcazaba en tiempos de ocupación árabe, cuando gozó de importancia estratégica sobre la serranía. No queda de ella ni la sombra; solo la pista de una finca denominada el Castillo. De los romanos nos han llegado los restos de un puente sobre el Campobuche, precisamente en el paraje del Puente.
La iglesia de Santiago es escenario de conciertos durante todo el año.
TURISMO MÁLAGA
Tras la Reconquista por parte de los Reyes Católicos, Montejaque fue entregado al conde de Benavente, que pasó a ser señor de Montejaque y Benaoján, por lo que dejó de pertenecer a los arrabales de Ronda, la ciudad ideal para un viaje de ensueño. Después, en el siglo XVI, hubo levantamiento del pueblo morisco en la zona, y con la guerra de la Independencia plantaron cara sus habitantes, un total de 250, a los soldados franceses, que eran casi 700, y salieron, contra todo pronóstico, victoriosos. Cuesta imaginar que en un lugar de tanta paz y sosiego, un paraíso natural, hubo alguna vez una batalla. Pero las hubo y en ellas jugaron un papel principal las mujeres montejaqueñas, a las que se rinde honores en un monumento.
Un rincón idílico de Andalucía
Para algunos, Montejaque quiere decir ‘montaña perdida’, en árabe; otros conducen la etimología hacia la ‘montaña sagrada’, tal vez mágica. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que es el perfecto ‘locus amoenus’, un lugar bucólico donde, en principio, no veremos a un pastor tocar la flauta, pero sí a las cabras pastando, a unos cuantos buitres sobrevolando o a los ciervos berreando en temporada, entre valles, cuevas, torcales y riscos.
Aquí se escucha sin esfuerzo la llamada del senderismo, el montañismo, la escalada, el ciclismo o la espeleología, sin olvidar el avistamiento de aves. Y, en otro orden de cosas, la cocina tradicional, que gira alrededor de los productos del cerdo, las chacinas; sin desmerecer a la olla, el guiso de tagarninas, la torta de chicharrones o las mermeladas caseras.
Así es el malagueño Montejaque, blanco y de trazado árabe.
PIXABAY
Sobre este pueblo de la Málaga alejada del litoral, aunque no sea mucho, hay una curiosa historia que contar. Y es que a mediados del siglo XVII fue residencia de verano del noble Miguel Mañara (1627-1679) y su esposa, Jerónima Carrillo de Mendoza y Castrillo, señora del Mayorazgo de Montejaque y Benaoján. Y este Mañara, según algunas hipótesis, pudo inspirar el mítico Don Juan Tenorio (1844), de Zorrilla.
Desde luego, ambos eran sevillanos y de vida licenciosa; el primero, según confesión propia, previamente a su conversión. Aunque antes de Zorrilla, ya se había publicado El burlador de Sevilla y convidado de piedra (1616), atribuida a Tirso de Molina. Ambas apuntalaron el mito de Don Juan, al que se refirió Antonio Machado, a su manera, en el poema Retrato, de Campos de Castilla, donde escribió: «Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido», al que luego sigue el archiconocido verso: «Ya conocéis mi torpe aliño indumentario».







