Cuando llega el calor y los días se alargan, sacar la esterilla al exterior es una de esas decisiones que el cuerpo agradece de inmediato. José Ballesta, director de la Escuela Yogah, tiene clara la propuesta para quien dispone de solo 10 minutos: tres saludos al sol A y tres saludos al sol B, de la serie de Pattabhi Jois del Ashtanga. Una secuencia que trabaja el cuerpo de forma completa y que, bien ejecutada, es mucho más que un calentamiento.
A esa base se añaden cinco transiciones gato-vaca, cocodrilo, saltamontes, Janu Sirsasana y Paschimottanasana, con cinco respiraciones por asana. Es una secuencia accesible, estructurada y con sentido interno: moviliza la columna, abre la cadena posterior y termina con posturas de mayor quietud que invitan a llevar la atención hacia dentro. En 10 minutos, el cuerpo recorre un camino completo.
Dentro o fuera: ¿cambia algo?
Practicar al aire libre añade algo que el interior no siempre puede ofrecer. Si el entorno es natural, como el mar o la montaña, el aire puede tener más calidad, lo que hace que la práctica sea más profunda y consciente. Ballesta señala que ese contexto favorece una mejor oxigenación del cuerpo, mayor relajación y una conexión más intensa con la respiración y el entorno. No es lo mismo respirar dentro que fuera.
Eso no significa que el interior sea peor opción. Ballesta es claro: las dos son muy válidas. Hay personas que se concentran mejor en interior y yoguis a los que les gusta sentir la naturaleza cuando practican. La elección depende de cada persona y de lo que busca en cada momento. Lo importante es que la práctica ocurra, no dónde ocurre.
Sobre el material necesario, la respuesta de Ballesta no puede ser más directa: solo la esterilla. Sin más equipamiento, sin accesorios, sin aplicaciones imprescindibles. La terraza, el jardín o cualquier rincón al aire libre con espacio suficiente para extenderla es todo lo que hace falta para empezar.
En cuanto al mejor momento del día para practicar al aire libre, Ballesta responde con igual contundencia: a cualquiera. No hay una hora ideal universal. La práctica de yoga al aire libre no depende del momento del día sino de la disponibilidad y las circunstancias de cada persona. Encontrar el hueco y usarlo es lo que cuenta.
Diez minutos cuentan
Una duda frecuente es si 10 minutos son realmente suficientes para que la práctica tenga algún efecto. Ballesta lo tiene claro: nunca hay que despreciar una cantidad de tiempo para practicar, por pequeña que sea. Lo recomendable es que la práctica tenga una duración aproximada de una hora, pero una sesión corta hecha con regularidad tiene más valor que una sesión larga que nunca llega a ocurrir.
La llegada del buen tiempo es también una oportunidad para revisar la rutina y darle un impulso. Sacar la práctica al exterior, aunque sea unos minutos, cambia la experiencia y puede ser el empujón que se necesitaba para volver a practicar con regularidad. El jardín o la terraza dejan de ser un espacio de ocio y se convierten en un lugar de práctica.
Diez minutos, una esterilla y el aire de fuera. Es poco y es suficiente para empezar. La secuencia que propone Ballesta no exige experiencia previa ni condición física especial, solo la disposición de parar un momento y mover el cuerpo con atención. En primavera y verano, ese momento tiene además el valor añadido de hacerse bajo el cielo abierto.





