En Consuegra, lo suyo es ponerse quijotesco y exclamar aquello de «En un lugar de la Mancha». Por eso, en honor a Cervantes, ahora que Amenábar lo ha puesto de moda con El cautivo, nos dirigimos a este pueblo famoso por sus molinos, que después de todo también son gigantes. Esta vez, el castillo pasa a un segundo plano porque aquí, irremediablemente, los ojos y los pies se van a estos ingenios, que aunque nos remiten a la obra cumbre del Siglo de Oro (1605), existían ya de antes. De hecho, se tiene constancia de que Chinchilla de Montearagón, el secreto mejor guardado de Albacete, tuvo licencia en 1330 para construir uno.
Sin embargo, en este pueblo de Toledo, a menos de dos horas de Madrid, no hay uno ni dos ni tres, sino doce, que son los que se recuperaron gracias al empeño de sus habitantes, de los trece que había originalmente. Además, con nombre propio. Sancho, el que conserva la maquinaria del siglo XVI, o Rucio, como su burro. Está el Caballero del Verde Gabán, otro bautizado como Clavileño, apelando nuevamente al Quijote, y Mambrino, Vista Alegre, Cardeño, Chispas, Espartero, Mochilas, Alcancía y Bolero, donde se aloja la oficina de turismo. Sin duda, es nuestro Kinderdijk particular, el pueblo de los molinos de los Países Bajos.
A estos los encontramos desperdigados por el cerro Calderico, allí arribita, donde más se aprovechan las corrientes de aire, como si estuvieran preparándose para el siguiente capítulo del ingenioso hidalgo. Al compás de una bella y antigua coreografía, alineados quizás como planetas. Hoy los vemos a la lengua dibujando una imagen única en plena llanura manchega, por sus aspas, su forma y su blancura, imponentes sobre todo con el cielo azul. Con algo también de la griega Mykonos aunque sin mar, más que el de trigo. Pero en tiempos fueron cruciales para el desarrollo de la comarca al permitir transformar el abundante cereal en harina. No había agua para mover molinos fluviales y hubo que recurrir al viento.
Un cerro con molinos y un castillo
Cuando llegaron los molinos, construidos en época moderna para su aprovechamiento industrial, con máquinas que no son tan rudimentarias como parece, sino que tienen su complejidad, ya estaba en este cerro el castillo de la Muela, cuyos orígenes hay que buscarlos en una fortaleza musulmana del periodo califal (siglo X), y antes había estado un asentamiento celtíbero. Dejando a un lado lo histórico, hay que tener en cuenta, como en todo buen diálogo, los dos puntos de vista: el del castillo mirando los molinos y viceversa. Puro gozo estético.
El castillo de la Muela con los molinos de viento al fondo.
WIKIPEDIA/KENT WANG
En lo que respecta al primero, fue cedido por Alfonso VIII, el que derrotó a los almohades en las Navas de Tolosa (1212), a la Orden de San Juan de Jerusalén, para poner freno precisamente al avance de los musulmanes. Protegido por una doble línea de murallas y cuatro torres. Dentro, llama la atención el sistema de abastecimiento de agua, la capilla, la sala de archivos y la sala capitular. Como curiosidad, entre sus murallas encontró la muerte Diego Rodríguez, hijo del Cid Campeador, años atrás (1097), luchando contra los almorávides -otro de los pueblos bereberes- en la batalla de Consuegra. Tenía 22 años.
Qué más ver en Consuegra
Aunque la satisfacción nos invada en el mismo Calderico, hay que adentrarse en el pueblo para ver la iglesia de San Juan Bautista, la más antigua (1567), alzada según el ideario de la también conocida como Orden de Malta, de donde su porte de fortaleza. Esta sobriedad impera en todo Consuegra y aledaños, debido precisamente al control que ejercieron estos caballeros. No es la única iglesia. Está también la de la Santísimo Cristo de la Vera Cruz (XVIII), con fachada de mármol blanco de estilo barroco, gran atrio de entrada y una cúpula con linterna que se ve desde todas partes. Junto a ella, ojo al dato, están las escaleras que suben a los molinos.
Los molinos de viento de Consuegra en plena llanura manchega.
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Todavía nos falta por ver la plaza de España, que es el centro de la vida consaburense, gentilicio que le viene de haber sido la Consabura de los romanos, que tenían aquí justamente el foro. Una plaza que cumple las expectativas al reunir edificios singulares históricos, bien conformes a la arquitectura típica manchega (y quijotesca), bien a la castellano-mudéjar. Entre ellos destaca el ayuntamiento, con reloj de sol en la fachada y un arco adosado que remata la torre del reloj (XX), y el edificio de los Corredores, sede del Museo Arqueológico Municipal, que fue el pósito, o sea, donde se almacenaba el trigo, y aún conserva su balconada de madera.
Un restaurante en un viejo alfar
Otros hitos turísticos de este destino toledano también hablan, y mucho, de su pasado. La casa de la Tercia es el antiguo palacio de los Grandes Priores de la Orden de San Juan, del que solamente permanece en pie el torreón que servía de archivo y entrada. Sin olvidarnos de la presa romana, construida entre los siglos I-IV d.C. a orillas del río Amaguillo con el fin de suministrar agua tanto para uso doméstico como agrícola y ganadero. Destaca por su longitud, la mayor de las conservadas, nada menos que 587,76 metros.
El edificio de los Corredores con la típica balconada manchega en la plaza Mayor.
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Y qué decir del alfar, utilizado como taller de alfarería hasta mediados de los setenta, donde hay dos hornos, uno romano y otro árabe, pues esta fue tierra de ceramistas, y dos estatuas romanas en buen estado. Presenta los muros encalados con el típico zócalo manchego en azul añil, gran patio arbolado, suelos de barro y colección de cacharros. Lo mejor es que es un excelente restaurante de comida casera, El Alfar, que se presenta como «un rincón soñado por Quijotes para satisfacer a Sanchos». Allí se va a comer migas, chuletillas de lechal y crema de azafrán, por ejemplo.






