Los tatuajes parecen estar cada vez más de moda, sobre todo entre los más jóvenes. Según diversos estudios, más del 40% de los encuestados en nuestro país, declararon tener algún tatuaje. Lo cual nos convierte en el sexto país del mundo donde son más populares, después de Italia, Suecia y EE.UU. Pero el 75% no se conforma con solo uno, sino que lleva dos o más. La edad media más frecuente en la que se suelen realizar es entre los 29 y los 49 años. Parece que el dinero de los padres no es muy proclive a dedicarse a estos menesteres y muchos tienen que esperar a disponer de ingresos para ver realizado su sueño en forma de tatuaje. Aunque los porcentajes son muy similares, son más frecuentes en las mujeres.

Parece que los tatuajes son algo casi tan antiguo como la humanidad. Se han encontrado cazadores neolíticos, con una antigüedad de más de 5.000 años, congelados en glaciares, con tatuajes en espalda y rodillas. Parece ser que en el antiguo Egipto, estos se reservaban para las sacerdotisas. En la cultura de Polinesia han pasado de generación en generación como signo de madurez, posición social o para asustar al enemigo, con artísticos y elaborados dibujos geométricos. Pasando por legionarios o marineros, llegamos hasta nuestros días en los que futbolistas, actores y actrices o cantantes presumen en sus redes sociales de estos iconos cutáneos. Cristina Pedroche lleva tatuada la mismísima cara de su marido Dabiz Muñoz e Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, decora su muñeca con un tatuaje recuerdo de su grupo musical favorito, en la adolescencia, Depeche Mode.

Efectos adversos

Pueden desencadenar alergias, psoriasis, urticarias, endurecimiento de la piel o infecciones

Pero por desgracia las cosas no son tan idílicas como podríamos pensar al ver las redes sociales de nuestros personajes famosos. Aproximadamente un 60% de las personas que llevan un tatuaje han tenido alguna reacción adversa, el 10% de las tintas utilizadas tienen contaminación por bacterias, el 90% contiene elementos potencialmente cancerígenos como el cromo, el mercurio o el cobalto. Por no hablar de que el 25% de las personas quieren eliminarlo, en algún momento, generalmente para borrar un recuerdo. Mucho ojo con esos ‘prontos’ de los que nos podemos llegar a arrepentir. Lo que es menos conocido es, por ejemplo, que el tener un tatuaje grande, de más del 5% del cuerpo, puede acarrear problemas a la hora de hacer una resonancia magnética, la piel puede llegar incluso a quemarse. También puede desencadenar reacciones alérgicas, psoriasis o vitíligo, urticaria, endurecimiento de la piel o infecciones, si la tinta no está bien esterilizada. Además se ha visto que las personas con estos problemas evitan, en general, acudir a su médico.

Capítulo aparte son las tintas empleadas, que no son ni cosméticos ni medicamentos, por lo tanto tienen una legislación reguladora algo difusa. Muchas veces no está clara su composición ya que se mezclan diversas sustancias y ha habido casos en los que se ha encontrado pintura industrial o de impresoras. Parece ser que en los últimos diez años las cosas han mejorado con medidas como el uso de agujas de acero quirúrgico o envases de un solo uso o la obligatoriedad del consentimiento informado.

Cerca de un 26-30% de las personas tatuadas, entre 30 y 40 años, desean eliminar su tatuaje. Suele pasar cuando se hacen demasiado jóvenes y llegan a cargos directivos o de responsabilidad. Es frecuente que se trate del nombre de una expareja o el símbolo de alguna historia que se suponía iba a durar para siempre. Los tatuajes envejecen, por ejemplo por acción del sol, se deforman con los cambios de nuestro cuerpo, por ejemplo al engordar, o simplemente pasan de moda.

Costosos de eliminar

Eliminar un tatuaje no es ni fácil ni barato. Las sesiones cuestan unos 200-300 euros y mínimo harán falta de cuatro a ocho. Entre cada una de ellas deberá pasar al menos un mes. Cuanto más grande sea (puede requerir 20 sesiones o más), más profundamente esté realizado y según los pigmentos utilizados, más difícil será eliminarlo.

Para ello se utiliza un láser que fragmenta los pigmentos en nanopartículas para que el cuerpo los pueda expulsar. El procedimiento es más eficaz con los colores oscuros. El rojo, amarillo y blanco son especialmente difíciles de eliminar. Es un procedimiento largo, costoso y doloroso. Con riesgo de irritación o quemaduras, se formarán costras, la piel deberá tratarse con cremas hidratantes y existe riesgo de infección. Prepare su cartera, deshacerse del recuerdo le va a costar miles de euros.

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