No es ningún secreto: las fans del romanticismo decimonónico estamos en estado de alerta ante dos nuevas adaptaciones de Jane Austen anunciadas para este otoño. Hablamos de Orgullo y prejuicio, la serie con Emma Corrin, y de Sentido y sensibilidad, con Daisy Edgar-Jones en el papel que interpretó Emma Thompson de manera insuperable, que se estrenará el 23 de octubre. Para aplacar la espera llega Mi brillante carrera, recién aterrizada desde la división australiana de Netflix.
Mi brillante carrera narra las desventuras de Sybilla, excéntrica hija mayor en una familia con problemas económicos que se ve abocada a buscar marido para sostenerse. Problema: la joven está poseída por la fiebre de la escritura, al más puro estilo Jo March en Mujercitas. El conflicto entre la obligación y la pasión está servido. Y se complica aún más cuando otras pasiones en forma de jóvenes casaderos y sobradamente ricos le salen al paso, prometiendo resolver todos sus problemas.
Efectivamente: la trama no puede ser más clásica y universalmente conocida. De hecho, las amantes del género observarán rápidamente que cuenta con todos los maravillosos clichés que convierten a este tipo de series en lugar de paz y tranquilidad mental: está la mansión rica con la abuela aristocrática, la vecina extravagante y sufragista, el galán atormentado, la perspectiva de una baile de gala, la heredera rica que amenaza el final feliz del romance…
Una novela que empezó como un juego
Muchos de esos elementos proceden directamente de la novela en la que se basa Mi brillante carrera, un clásico de la literatura protofeminista australiana: la novela homónima de Miles Franklin, publicada en 1901. Importante: Franklin la escribió cuando era adolescente únicamente para entretener a sus amigas, pero terminó publicándose y alcanzando gran éxito en todo el continente. Su autora tenía solo 22 años cuando se convirtió en superventas.
La protagonista, Sybilla, junto a uno de sus pretendientes en Mi brillante carrera..
Netflix
Hubo críticas feroces a este éxito que nos son familiares: se acusó a la joven escritora de haber realizado un mero ejercicio de autobiografía (autoficción, se diría hoy), sin atender a su certero retrato sobre los problemas de racismo, clasismo y machismo que afligían y aún afligen a la sociedad australiana. Esa es una de las razones por las que Mi brillante carrera jamás ha dejado de reeditarse o siga mereciendo adaptaciones. En 1979, Gilliam Armstrong la llevó al cine con reconocimiento internacional y Judy Davis como Sybilla.
La biografía de Miles Franklin se parece mucho a la de una Jo March que sí logró sostenerse gracias a la escritura, como periodista (con seudónimo masculino cuando publicaba en periódicos de tirada nacional), novelista y activista feminista. La primera agenda del feminismo, la liberación de las mujeres de la sujeción a la casa y el matrimonio, motiva de hecho toda la trama de la novela y sus adaptaciones. No diremos nada del destino sentimental de Franklin, pues tiene mucho que ver con el de su heroína, Sybilla.
Una serie de época a la australiana
Pese a lo reconocible de temas y personajes en la serie que ahora llega a Netflix, una especie de mash-up de Pigmalion, Mujercitas y Los Bridgerton, con unas gotitas de Dickinson, Mi brillante carrera logra introducir elementos distintivos suficientemente atractivos como la bebérsela de una sentada (solo tiene seis capítulos). Por ejemplo, la introducción del elemento racial a través de la presencia de personajes femeninos aborígenes, con un margen de libertad notablemente distinto. Incluso se presenta una historia de amor homosexual.
La protagonista de Mi brillante carrera, Sybilla, con chaqué.
netflix
El emplazamiento de la acción en la Australia rural evita un despliegue en el diseño de producción a la altura de La edad dorada, por ejemplo, pero lo rústico guarda sus propios atractivos. No encontraremos en Mi brillante carrera el embrujo de las sedas, los las lámparas de araña y los grandes salones, sino el de los graneros, los caballos y los ríos. La proximidad con la naturaleza y las bibliotecas de la protagonista permite elevar la temperatura sexual uno o dos grados por encima de los clásicos del género: apenas nada.
Algunos intérpretes de la serie nos resultarán familiares. La actriz británica Anna Chancellor, la abuela estricta, posee una filmografía interminable, pero siempre será la «cara de pato» de Cuatro bodas y un funeral (1994). Christopher Chung, el nerd cabeza hueca de Slow Horses, es uno de los galanes. Y Sybilla es interpretada por Philippa Northeast, a la que vimos en la segunda y tercera temporada de otra excelente serie australiana: The Newsreader.






