La jubilación es una etapa complicada para muchas personas. Porque aunque hay gente que está deseando jubilarse para poder viajar, disfrutar de sus hobbies o pasar tiempo de calidad con la familia, lo cierto es que también hay personas que al abandonar su etapa profesional, sienten que pierden parte de su identidad. Y parte de ese problema surge de una falta de planificación de la transición hacia la jubilación. 

Silvia Munné, coach para jubilados, tiene que claro que “Nos han preparado para trabajar 40 años, pero no para vivir los 25 siguientes”. Y de hecho, hay una pregunta que la experta hace a las personas que llegan a su consulta poco antes de jubilarse: ¿sabes quién quieres ser cuando dejes de trabajar? Y la mayoría no tiene respuesta. 

Yo mismo, sufrí hace años una pregunta similar que explica parte de ese vacío. Una coach me preguntó durante una sesión que quién era, que me describiera… Y eso hice yo. O eso pensaba. Porque al acabar, me dijo, ¿te has dado cuenta de que solo me has hablado de quién eres a nivel profesional, pero no has dicho nada del auténtico Nacho? Y para muchas personas cuyas vidas giran en torno al trabajo, la jubilación se presenta como una etapa inquietante. 

La jubilación no es el final, es el inicio de una etapa que puede durar 25 años

La coach Silvia Munné está especializada en acompañar a personas que están viviendo la transición entre la etapa laboral y la jubilación. Y en una entrevista en La Vanguardia,esta experta barcelonesa explica que la sociedad todavía no ha asumido del todo que la jubilación ya no es un final, sino el inicio de una etapa de al menos un par de décadas. De hecho, una persona de 65 años que se jubila hoy tiene por delante, en términos de esperanza de vida, más tiempo que el que tardó en terminar la carrera y construir su vida profesional.

Jubilación

Según Munné, «Lo primero que hay que desmontar es esa imagen», afirma. «Hoy una persona de 60 o 65 años no es un anciano. Puede tener perfectamente 20 o 25 años por delante con capacidad física, mental y emocional para desarrollar proyectos». El problema, dice, es que seguimos tratando la jubilación como si fuera otra cosa, como si fuera el último capítulo en lugar del primero de una etapa nueva.

«Ese es el gran error. Porque si tú le dices a una persona que lo que viene es una especie de epílogo, se apaga. Pero si entiendes que es una etapa larga, con identidad propia, cambia completamente la mirada». Y el cambio de mirada importa más de lo que parece. Porque lo que Munné observa en consulta no son personas perezosas ni desmotivadas. 

Son personas a las que el sistema —el mercado laboral, la familia, la cultura del trabajo— ha entrenado durante décadas para producir, rendir y cumplir horarios. Y de un día para otro, todo eso desaparece. «La jubilación rompe rutinas, rompe dinámicas, rompe identidad. Durante 40 años has tenido una estructura clara con horarios, responsabilidades, reconocimiento, salario. Y de un día para otro eso desaparece. Te liberan del trabajo, sí, pero te dejan en un terreno que no conoces».

El vacío detrás de los viajes

Cuando uno se jubila, hay en muchos casos una situación euforia inicial. Los viajes, los planes acumulados, los proyectos aplazados que por fin se pueden hacer. Pero la coach advierte de algo que conviene tener en cuenta. «La pregunta es: ¿eso es un proyecto de vida o es una reacción? Muchas veces funciona como una tapa». Y una tapa, por definición, no dura.

«Viajar puede formar parte de tu proyecto, claro que sí. Pero no sustituye una estructura. Cuando baja la intensidad, cuando vuelves a casa, el día a día puede convertirse en muy rutinario. Y si no hay hoja de ruta, aparece el vacío».

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El tiempo, sin estructura, deja de comportarse como lo hacía antes. «Si tú no diferencias un lunes de un domingo, una mañana de una tarde, el tiempo se diluye», explica. Y esa disolución del tiempo, cuando además se vive en soledad, puede tener consecuencias que van más allá del aburrimiento. «Yo lo describo a veces como una burbuja. Pero dentro de esa burbuja hay una espiral. No es romántico. Es una sensación de vacío que te va arrastrando».

El dinero y el miedo que no siempre tiene que ver con la realidad

Hay otro factor que Munné aborda con frecuencia en su trabajo y que a menudo se pasa por alto en los debates sobre jubilación: el impacto psicológico del cambio económico. Pasar de un salario a una pensión no es solo una cuestión de números. «Tiene un impacto enorme, y no solo en la cuenta corriente, sino en la cabeza», afirma.

Lo que describe es un mecanismo que muchos reconocerán. Personas con patrimonio, con ahorros, un plan de pensiones y con una situación objetivamente solvente que empiezan a vivir «desde la lógica de la pensión como límite». Se autoimponen una contención constante y desde ahí «cualquier gasto se interpreta como una amenaza, incluso invertir en su propio bienestar». Detrás de ese comportamiento hay preguntas que Munné escucha con frecuencia: «¿Y si vivo 15 o 20 años más?», «¿Y si necesito una residencia que cuesta 3.000 euros al mes?», «¿Voy a poder sostenerme?». El miedo, dice, «no siempre tiene que ver con la realidad objetiva, sino con la percepción de seguridad».

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Y conectado a ese miedo económico aparece otro más profundo: el miedo a depender. «Muchas personas no tienen tanta aprensión a vivir con menos, sino a no poderse sostener solas. A necesitar ayuda constante. A convertirse en una carga para sus hijos». La residencia, en ese imaginario, no es solo un coste. Es un símbolo. «Lo que representa es perder esa autonomía. Perder su casa, espacio y ritmo. Que la agenda dependa de otros». Y ese temor, cuando no se trabaja, «condiciona el presente». Personas que podrían disfrutar más se frenan pensando en un escenario futuro que quizás nunca llegue.

«Si priorizarse fuera egoísmo, entonces hablo de un egoísmo sano»

Munné también aborda una dinámica que se da con frecuencia, especialmente entre mujeres: la asunción casi automática de que la jubilación llega para cuidar a los nietos y estar disponibles para la familia. Después de décadas entregadas al trabajo y a la crianza, muchas personas pasan de una responsabilidad a otra sin preguntarse qué quieren para sí mismas.

«Si eso nace del deseo, es maravilloso», señala Munné. El problema se presenta cuando esas tareas se imponen o surgen por la expectativa social. La jubilación, defiende, debería ser un momento de elección. «Y elegir no es abandonar a la familia, es equilibrar. Es entender que ayudar no significa anularte».

Lo que observa en consulta es que muchas personas no se permiten ese espacio propio por culpa. «Como si priorizarse fuera egoísmo negativo. Y yo hablo de un egoísmo sano, que es necesario. Amor propio, límites claros, responsabilidad individual. Si tú no te eliges en esta etapa, vuelves a postergarte. Y la pregunta es: ¿hasta cuándo?».

La gente no está preparada para vivir 25 años después de jubilarse 

La frase que articula toda la reflexión de Munné es también la más incómoda de escuchar porque implica una responsabilidad colectiva que va más allá del individuo. «Hemos preparado a la gente para trabajar 40 años, pero no para vivir los 25 siguientes». No existen, dice, suficientes espacios públicos que acompañen este proceso. Y el coste de esa ausencia no se paga de una vez, sino en forma de «más medicación, más soledad y más deterioro emocional».

Para afrontar esta etapa, la coach recomienda en la entrevista «no esperar al último día para preguntarse quién quiere ser cuando deje de trabajar».  En este sentido, señala que es importante empezar pronto a construir intereses propios, redes sociales y proyectos. 

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