El fenómeno de las niñas de nueve o diez años que sustituyen los juegos con muñecas o balones por rutinas de skincare complejas y que, en vez de comprar cromos y pegatinas en el quisco, piden sérums antiedad como regalo de cumpleaños no es una anécdota sin más. Tampoco es «una cosa de niñas». Es un fenómeno real con nombre (Sephora kids) y el reflejo del impacto de la era digital en el desarrollo infantil. «A esa edad, su piel no necesita más que limpieza, hidratación y protección solar», nos contaba hace unos días la farmacéutica experta en dermocosmética y divulgadora Marta Masi. Ahora, además, hemos hablado con la psicóloga Cristina Polo Sevilla para analizar cómo les puede afectar a nivel emocional a esas niñas lo que ya se conoce como cosmetorexia infantil y adolescente.
La infancia siempre ha estado marcada por el juego simbólico y la imitación de los roles de nuestros adultos de confianza, de nuestros padres y abuelos a nuestros ídolos. Un comportamiento natural en la construcción de la identidad de los más pequeños que siempre ha ocurrido y, probablemente, siempre ocurrirá. «Las niñas siempre han jugado a maquillarse, a ponerse los zapatos de sus madres o experimentar con su imagen como parte natural del desarrollo. La diferencia es que hoy ya no imitan únicamente a los adultos de su entorno, sino también a influencers y creadoras de contenido que ya forman parte de su día a día, lo que acelera determinados intereses y adelanta preocupaciones que antes aparecían más tarde», explica Cristina Polo.
Además, ahora el entorno ha cambiado, porque se produce una sobreexposición constante a impactos digitales que transforma estas dinámicas lúdicas en hábitos cotidianos exigentes, prematuros y ajenos al proceso de maduración de las niñas. Y esto lo cambia todo, según la psicóloga, ya que «antes la comparación se producía principalmente dentro del aula o del grupo de amigas y ahora el referente puede ser una chica desconocida que está a miles de kilómetros de distancia y con la que la conexión es continua, nunca se apaga».
También se altera el proceso de maduración psicológica al introducir factores comerciales en etapas muy tempranas, alerta la experta. De hecho, Polo asegura que «lo que sí parece novedoso es la intensidad y la exposición constante a ciertos contenidos que convierten prácticas que siempre han estado relacionadas con la mujer adulta en hábitos cotidianos para las niñas y jóvenes». La realidad es que las menores se ven bombardeadas por discursos hiperespecializados sobre el cuidado de la piel que no corresponden a sus necesidades biológicas ni madurativas. Y al carecer de filtros críticos, absorben estas pautas como mandatos sociales indispensables y se distorsiona el gesto natural de las niñas de experimentar con la propia imagen.
Esta fijación temprana por la cosmética no se traduce de forma automática en problemas de autoestima, ya que a menudo responde a la curiosidad o al deseo de pertenencia grupal. No obstante, tal y como alerta la psicóloga, «el riesgo aparece cuando el mensaje que reciben es que su aspecto necesita ser mejorado constantemente para ser válido o aceptado. Cuando aparece una fijación excesiva sobre defectos físicos, ansiedad por no tener ciertos productos, malestar al compararse o la sensación de que necesita modificar su aspecto para sentirse bien consigo misma».
La cosmetorexia adolescente y las redes sociales
Tal y como define la expera, esto genera «lo que llamamos visión de túnel, en la que solo somos capaces de poner la atención en una parte y no en el todo». Además, recuerda Cristina Polo, «una autoestima saludable se construye sobre múltiples pilares, no solo sobre el sentido estético. Cuando el peso recae excesivamente en la apariencia física, la valoración personal puede volverse más vulnerable a la comparación y a la aprobación externa».
Por otro lado, la necesidad de pertenecer a un grupo es una motivación psicológica básica durante la niñez que se enfatiza durante la adolescencia y que, además, hoy se amplifica por el alcance y la exposición a las redes sociales. Si las de la generación X y las millennials buscábamos la validación de nuestras amigas a través de la última sudadera de moda o unas zapatillas de determinada marca, ahora esas chicas de 10 o 12 años lo hacen a través de cosméticos o maquillaje que funcionan como indicadores de pertenencia social.
«La diferencia es que estos productos están vinculados directamente al cuerpo y a la apariencia. El mensaje implícito deja de ser únicamente ‘quiero formar parte del grupo’ para acercarse a ‘necesito verme de determinada manera para formar parte del grupo‘, y eso tiene implicaciones psicológicas más profundas», recalca Polo. Además, recalca, a esa edad, »no se tiene la madurez cognitiva ni emocional para comprender conceptos como el envejecimiento de la piel, pero sí puede interiorizar mensajes relacionados con el miedo a no cumplir determinados estándares de belleza, o que tener arrugas es malo, que envejecer es malo».
Señales de alarma: ¿qué tienen que hacer los padres?
Por eso, el entorno familiar debe mantenerse muy atento a las manifestaciones y señales que puedan dar pistas de un malestar emocional que pueda terminar en un sometimiento a la tiranía de la belleza. «La curiosidad por la estética forma parte del desarrollo y, por sí sola, no debería generar alarma«, recuerda Polo, que señala que »la preocupación aparece cuando la cosmética deja de ser una actividad lúdica y empieza a afectar al bienestar emocional de la menor, cuando dejan de pasárselo bien y empieza a generarles síntomas de ansiedad».
Cristina Polo enumera «algunas señales de alerta como la preocupación excesiva por defectos físicos, el malestar intenso al verse en el espejo, las comparaciones constantes, la necesidad compulsiva de adquirir productos, el aislamiento social por inseguridad física o cambios significativos en el estado de ánimo relacionados con la imagen corporal». En palabras de la psicóloga, si estas señales aparecen, «el primer paso hablarlo sin juzgar ni ridiculizar sus preocupaciones. Es importante comprender qué función están cumpliendo esos productos para la niña: si responden a curiosidad, necesidad de pertenencia, inseguridad o necesidad de validación. Cuando el malestar es persistente o afecta a su funcionamiento diario, resulta recomendable consultar con un psicólogo o sanitario para valorar la situación y reforzar una autoestima más sólida«, concluye la experta.





