“No es exagerado; con esta fase de la IA estamos frente a algo mucho, mucho más grande que el covid”.

Matt trabaja como programador. Escribe código. Le va muy bien. Aprovechó el viento a favor que sopló muy fuerte en los últimos años. Está en la cresta de la ola. Fundó una empresa, lo que se dice una startup. Creó una aplicación muy exitosa a la que llamó HyperWrite, que es un asistente de escritura impulsado por inteligencia artificial. Matt tiene la vida que soñaba cuando estudiaba en la Universidad de Syracuse.

Hasta que un día, el mundo que sostenía esa vida soñada empezó a ponerse raro, inquietante, siniestro. Matt se dio cuenta de que la tecnología que él mismo ayudaba a desarrollar se estaba desmadrando, estaba cruzando límites que pocos habían imaginado y que cada día se parecía más a esos relatos de ciencia ficción en los que las máquinas toman el mando del planeta.

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Al principio dudó de su buen juicio. Afinó su mirada para dilucidar si le estaba fallando la cabeza o si era cierto que todo se estaba yendo de control. Por si acaso, cerró la boca. Se guardó las dudas y siguió repitiendo el relato optimista, ese que describe las maravillas que nos traen los agentes de la IA.

Pero algo pasó, una especie de impulso eléctrico con forma de revelación. Todas sus sospechas se confirmaron cuando comprobó que era cierto: habíamos atravesado un umbral, habíamos dado un paso más allá de lo razonable, habíamos cruzado la frontera hacia un territorio tan peligroso como desconocido. Entonces Matt decidió hablar, rompió el pacto de silencio, apretó el botón de emergencia y dejó que el mundo mirara a través de sus ojos.

Matt es Matt Shumer, fundador y CEO de OthersideIA. Hace algunas semanas sacudió a la comunidad tecnológica (y mucho más allá) con una carta abierta que leyeron 75 millones de personas. “Algo grande está sucediendo”, fue el título de un texto de casi cinco mil palabras posteado en su cuenta de X; en el que, sin eufemismos ni abuso de lenguaje técnico, corporizó buena parte de los fantasmas que sobrevuelan el desarrollo de la inteligencia artificial.

Después de comparar este momento de explosión de la IA con las semanas previas al comienzo de la pandemia por lo desprevenido que observa al mundo, Shumer confiesa sus razones para romper el silencio corporativo: “Llevo seis años creando una startup de IA e invirtiendo en este sector. Escribo esto para mi familia, mis amigos, mis seres queridos que me preguntan constantemente: ‘¿Y qué pasa con la IA?’, y reciben una respuesta que no refleja lo que realmente está sucediendo. Les sigo dando la versión educada. La versión de cóctel. Porque la versión honesta suena a que he perdido la cabeza. Y durante un tiempo, me dije a mí mismo que esa era razón suficiente para guardarme para mí lo que realmente está sucediendo. Pero la brecha entre lo que he estado diciendo y lo que realmente está sucediendo es demasiado grande. Mis seres queridos merecen escuchar lo que viene, aunque suene a locura”.

Shumer le pone fecha exacta a su quiebre. Cuenta que el 5 de febrero, los dos laboratorios más innovadores de Silicon Valley lanzaron simultáneamente nuevos modelos: OpenAI presentó GPT-5.3 Codex y Anthropic el Opus 4.6. Ese día “algo hizo clic. No como un interruptor de luz…, sino como el momento en que te das cuenta de que el agua ha estado subiendo a tu alrededor y ahora te llega al pecho”, relata.

Pero ¿de qué está hablando? Básicamente de la consolidación de una nueva era en que la IA puede escribir su propio código, reemplazando casi por completo a los programadores. Es decir, de alguna manera, los creadores son desplazados por su propio invento. El relato combina asombro con desesperación: “Durante años, la IA había mejorado constantemente. Grandes saltos aquí y allá, pero cada uno lo suficientemente espaciado como para absorberlos a medida que se producían. Luego, en 2025, nuevas técnicas para construir estos modelos permitieron un ritmo de progreso mucho más rápido. Y luego se aceleró aún más. Y luego volvió a acelerarse. Cada nuevo modelo no solo era mejor que el anterior…, era mejor por un margen más amplio, y el tiempo entre lanzamientos de nuevos modelos era más corto. Usaba la IA cada vez más, interactuaba con ella cada vez menos, observándola gestionar cosas que antes creía que requerían mi experiencia”.

Matt Shumer expresa la perplejidad de quienes, aun conociendo cómo funciona el artefacto, se vieron sorprendidos por la aceleración y la profundidad de los resultados. Los programadores no están en la tribuna, están jugando el partido, ven y sufren las consecuencias en tiempo real. Pero, en todo caso, ese es el problema de quienes ayudaron a crear el monstruo. Lo más inquietante del texto de Shumer llega cuando analiza lo que viene para todos los que sí estamos en la tribuna. “La experiencia que los trabajadores tecnológicos han tenido durante el último año, al ver cómo la IA pasó de ser una ‘herramienta útil’ a ‘hacer mi trabajo mejor que yo’, es la misma que todos los demás están a punto de vivir. Derecho, finanzas, medicina, contabilidad, consultoría, redacción, diseño, análisis, atención al cliente. No en diez años. Quienes desarrollan estos sistemas dicen que de uno a cinco años”.

El texto viral de Shumer ofrece una secuencia histórica que pone en perspectiva los saltos que dio la tecnología en menos de un lustro.

En 2022, la IA no podía realizar cálculos aritméticos básicos con fiabilidad. Para el año 2023, podía aprobar un examen de abogacía. Para 2024, podía escribir software funcional y explicar ciencias a nivel de posgrado. A finales de 2025, algunos de los mejores ingenieros del mundo afirmaron que habían entregado la mayor parte de su trabajo de codificación a la IA. En 2026 llegaron nuevos modelos que hicieron que todo lo anterior pareciera de la prehistoria.

Lo que ha desatado esta nueva fase es un vértigo en la automatización digital que tiene un impacto significativo en muchas actividades. Algunos ejemplos:

En el trabajo legal, la IA ya puede leer contratos, resumir jurisprudencia, redactar informes y realizar investigación jurídica como un abogado júnior.

En la actividad financiera, ya puede crear modelos, analizar datos y redactar planes de inversión.

En la creación de contenido, la calidad alcanza un punto en el que muchos profesionales no distinguen el resultado de la IA del trabajo humano.

En la ingeniería de software, hace un año, la IA apenas podía escribir unas pocas líneas de código sin errores. Ahora escribe cientos de miles de líneas que funcionan correctamente.

En la medicina, los sistemas interpretan exploraciones, analizan resultados de laboratorio y sugieren diagnósticos.

En atención al cliente se están implementando agentes de IA realmente competentes, capaces de gestionar problemas complejos.

En palabras de Matt Shumer, “algo grande está sucediendo”. Las corporaciones tecnológicas abrieron un dique que va a inundar al mundo que conocemos y lo va a cambiar para siempre. No se puede y quizás no se deba detener. Hay que conducirlo. La pregunta es dónde están los líderes democráticos. ¿Tienen conciencia de lo que está en juego? Las compuertas están abiertas y empieza a subir el agua. Los que sepan nadar tendrán la oportunidad de sobrevivir. Para el resto, no está claro si habrá salvavidas suficientes.