Almagro es el bello pueblo del que más alegremente puede decirse que es puro teatro. No ya por el corral de comedias del XVII, que por sí solo valdría dicha afirmación, sino por el Festival Internacional de Teatro Clásico, que se extiende a muchos otros escenarios, igualmente monumentales, y por acoger al Museo Nacional de Artes Escénicas, en los Palacios Maestrales (XIII), con una exposición permanente que, como subrayan, enciende la imaginación. Todo para remontarnos al Barroco y al Siglo de Oro, y dejarnos en las manos de Molière o de nuestro Lope, por citar dos autores de los más ilustres.
Un festival que, por cierto, tiene muchas tablas porque arrancó en 1978. Y desde entonces viene alumbrándonos con lo mejor del género cada verano en este corral hecho de madera de color almagre (rojo óxido), muy a tono, con un aforo de 300 personas y que conserva su zaguán, su cazuela -palco para las mujeres-, sus galerías, su patio, su alojería -para proveer de refresco a los espectadores- y su tablao. En medio de esa plaza Mayor en blanco y verde que es puro disfrute, también teatral, sin que se parezca a ninguna otra. Ni a la de Chinchón, en Madrid, ni a la de Peñafiel, de arena y con casas de cuento, en Valladolid.
La plaza de Almagro luce planta rectangular irregular y bellísimas galerías acristaladas al estilo del norte de Europa. No es casualidad, ya que fue cosa de los Függer (o Fúcares), banqueros y empresarios de origen alemán que obtuvieron del emperador Carlos V la concesión para explotar las minas de Almadén. A ella se asoma el ayuntamiento, con su fachada de piedra sillar. Y en ella se han oído los versos del Quijote, se ha gozado de la palabra inmortal de los autores clásicos y se ha escuchado música en vivo y en directo. Lo decíamos, el gran teatro del mundo.
Qué puedes ver en Almagro
Almagro se halla en el Campo de Calatrava, que ya de por sí tiene mucho de literario, en el centro de la provincia de Ciudad Real, a menos de dos horas y media de Madrid. Y presume también de ser conjunto histórico-artístico por sus palacios, iglesias, conventos, bellas casonas y calles empedradas. Una delicia para la vista y todo un recreo estético. No hay rincón que no resuma su singular belleza. Ya empezó a cobrar importancia, precisamente, cuando pasó a ser lugar de residencia de los maestres de la Orden de Calatrava en plena Edad Media, que es cuando le fue concedido el título de villa (1213), y hasta Alfonso X el Sabio convocó aquí Cortes. Ahora bien, tendría que esperar a 1796 para obtener el nombramiento de ciudad, de manos de Carlos IV.
La plaza Mayor de Almagro es el corazón de la villa y todo un escenario teatral.
TURISMO CASTILLA-LA MANCHA
Para cuando dio comienzo el siglo XIV, esta significada localidad manchega ya tenía muralla, castillo -desaparecidos ambos-, iglesia principal, casas renombradas y Palacios Maestrales. En el XVI y XVII, se expandió extramuros por los arrabales mientras veía cómo se levantaba la universidad menor de Nuestra Señora del Rosario (1538), donde se enseñó Teología, Arte y Filosofía; el hospital de la Misericordia o el monasterio de la Asunción de Calatrava (1519).
Iglesias, conventos y palacios
Solo era el principio, porque siguieron el convento de la Encarnación (1597), con sobria fachada; la iglesia de la Madre de Dios, del gótico tardío con elementos renacentistas, y conventos varios, puesto que se instalaron en estas tierras los jesuitas, los agustinos, los hermanos de San Juan de Dios y los franciscanos, que habitaron el convento de Santa Catalina desde 1612. Hoy es el Parador de Turismo, presumiendo de 14 patios interiores, galerías, vigas azules y azulejos con decoración geométrica.
El convento de Santa Catalina es el actual Parador de Turismo.
PARADORES
Tal era (y es) la excelencia de Almagro. Fue incluso a más en el XVIII, cuando llegó a ser nombrada capital de La Mancha (1750-1761), pero no se libró de los estragos causados por el terremoto de Lisboa (1755) ni de la desamortización de Mendizábal, obviamente. Tampoco de la invasión francesa, ni de las guerras carlistas. Encontró un filón en la industria artesanal del encaje de bolillos, que importaron en el XVI los flamencos desde los Países Bajos y en el que sigue siendo maestra, y también en las berenjenas, otro de sus platos fuertes.
Un paseo por el Siglo de Oro
En resumidas cuentas, pasear por Almagro es evocar a El enfermo imaginario de Molière o a cualquiera de las obras del Fénix de los Ingenios, ya sea El caballero de Olmedo o La dama boba, y al tiempo admirar la sucesión de casas palaciegas que hay en una y otra calle, la de los Wessel, la de los Rosales o la del Prior de San Bartolomé. O directamente los palacios, incontables, desde el de Torremejía, con salones pintados que son una maravilla, al de Medrano, pasando por el de Fúcares o el de Villarreal.
Una de las calles de Almagro, con el palacio de Torremejía a la izquierda.
PARADORES
La teatralidad es evidente. Hablábamos antes de diversos escenarios por donde se expande el corral de comedias como un universo dramático sin fin. Y estos son la Antigua Universidad Renacentista (AUREA), que tiene a la iglesia del que fue también monasterio de Nuestra Señora del Rosario como espacio escénico; o los terrenos del Hospital de San Juan de Dios, sede veraniega al aire libre de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que quedó inaugurada como tal con el montaje de Fuenteovejuna de Adolfo Marsillach en 1993.
Un pueblo que es puro teatro
A esta lista se suma el Teatro Municipal, un coqueto edificio neoclásico del XIX restaurado por Miguel Fisac en 1988; el patio de la casa palacio de Juan Jedler, que da testimonio del esplendor económico de la villa en tiempos de Carlos V; o el palacio de Valdeparaíso (1699), que perteneció posteriormente al primer conde de Valdeparaíso, ministro de Hacienda de Fernando VI, y es sede de la Fundación Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, luciendo fachada barroca flanqueada por dos torres cuadradas.
El corral de comedias, una de las joyas de esta villa manchega.
TURISMO ALMAGRO
Además de la iglesia de San Agustín, obra cumbre del barroco con frescos que la cubren casi al completo, que es utilizada como sala expositiva. Y del patio del ya mencionado Museo Nacional de Artes Escénicas, que atesora ediciones y manuscritos entre los siglos XVIII y XX y numerosas partituras musicales. Por cierto, no es el único museo.
Está también el Museo del Encaje, con una representación de encajes, blondas y picaos confeccionados en la comarca; el Museo Etnográfico Campo de Calatrava, donde se guarda la memoria de hasta cuarenta oficios, como arreos, siega, carretería o tonelería; y el Espacio de Arte Contemporáneo, en el citado Hospital de San Juan. Para seguir en la onda barroca y teatral, nada como alojarse en la Casa del Rector (desde 95 euros) o en el Parador (desde 99 euros).







