Grecia ha acogido este lunes la despedida de Irene de Grecia, una ceremonia de profundo carácter personal para la reina Sofía. El funeral, celebrado en Atenas, ha culminado en el cementerio de Tatoi, donde se ha desarrollado siguiendo el rito ortodoxo y cumpliendo los deseos expresados por la propia princesa.
Sus hijos y nietos no se han separado de ella durante la ceremonia y ha creado una imagen de apoyo constante que se reflejó también en pequeños gestos simbólicos, como la elección de broches discretos por parte de varias de las mujeres de la familia, como la reina Sofía, la infanta Cristina o su hija Irene Urdangarin.
Las escenas vividas han recordado inevitablemente a las del funeral del rey Constantino de Grecia, celebrado hace tres años también en Atenas. En esta ocasión, la presencia de las hijas de los Reyes -la princesa Leonor y la infanta Sofía- ha marcado una diferencia significativa, subrayando el carácter íntimo y familiar de la despedida.
La reina Sofía ha regresado una vez más a su país natal por un motivo estrictamente personal y, como en otras ocasiones, ha sido recibida con muestras de cariño por parte del público congregado a las puertas de la catedral. Aplausos, saludos y besos al aire han acompañado su llegada, gestos que ella ha correspondido con serenidad, pese a la emoción del momento.
A su entrada al templo, la reina fue recibida por su sobrino, Pablo de Grecia, que ha ejercido de anfitrión durante toda la jornada. Junto a él, representantes de distintas casas reales europeas han querido mostrar su respeto a la familia en esta despedida.
La reina Sofía y su broche más simbólico
La imagen de la reina Sofía ha estado marcada por una sobriedad absoluta. Vestida de negro riguroso y con líneas clásicas, ha evitado cualquier elemento superfluo. Entre los pocos detalles personales visibles, ha destacado de nuevo su broche de libélula, una joya que la acompaña desde hace años en momentos especialmente significativos.
La reina Sofía con un broche de libélula y riguroso negro en el funeral de su hermana Irene.
gtres
No es la primera vez que la reina emérita recurre a este broche en contextos de luto. Su uso reiterado en funerales y ceremonias solemnes ha reforzado la lectura de que se trata de una pieza cargada de valor emocional, más cercana a un símbolo íntimo que a un accesorio ornamental.
La libélula, asociada tradicionalmente a la transformación, la fortaleza interior y la resiliencia, encaja con el lenguaje silencioso que la reina Sofía ha construido a lo largo de los años para expresar duelo y memoria sin necesidad de palabras.
Broches discretos, un mismo lenguaje de duelo
Junto al broche de libélula de la reina Sofía, otros pequeños gestos reforzaron esa imagen de unidad silenciosa. Tanto la Cristina como su hija, Irene Urdangarin, recurrieron también a broches discretos en sus estilismos de luto, integrados con naturalidad en conjuntos de negro riguroso y líneas clásicas.
Sin protagonismo ni lectura ornamental, estos detalles funcionan como un código compartido dentro de la familia: joyas pequeñas, elegidas no para destacar, sino para acompañar. En el caso de la infanta Cristina lució un broche con detalle de perlas mientras que su hija una pieza en plateado con forma geométrica. Su diseño, orgánico se compone de trazos curvos que recuerdan a un motivo natural estilizado, casi como un gesto dibujado a mano.







