Ángeles Castillo

Se llega a Cuenca con las casas colgadas irremediablemente en la cabeza, esas que obsesionan a los japoneses, pero también con el Museo de Arte Abstracto Español poniéndole el contrapunto a la ciudad vieja, casi mágica de irreal. Esto pasa en la capital, labrada de maravilla por las hoces del Huécar y el Júcar, que forman dos impresionantes hoces que la elevan, con sus más de 200 metros de desnivel, a la categoría de ensoñación digna del visionario poeta y pintor inglés William Blake.

Así que cuando se merodea por la provincia y uno se topa con Alarcón, ya está preparado para que los extremos vuelvan a tocarse y se obre el milagro. Para eso, desplegando el mapa, hay que dejarse caer entre la Mancha conquense y la Manchuela, lo que suena quijotesco como este bonito pueblo de Toledo con molinos, a solo dos horas de Madrid.

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A la villa medieval, que es un conjunto histórico-artístico de libro, con su ubicación inmejorable, su castillo, las puertas de su muralla, sus calles y el Júcar haciendo igualmente de las suyas, un meandro cerrado, incluso embalsándose, se suma un centro de arte inesperado que resulta de la feliz y aventurada combinación de tradición y modernidad. Nos referimos a las pinturas murales de Jesús Mateo (1971), que se expanden como un universo sin límite en la bellísima iglesia de San Juan Bautista, del siglo XVI y ubicada en plena plaza Mayor. Son realmente asombrosas.

Las pinturas murales de Alarcón

Desacralizadas, parecen invocar al Bosco y a Picasso, llenándose de símbolos, siluetas y abstracciones, fundiéndose con lo arquitectónico y nutriendo las paredes que expusieron su desnudo integral a la imaginación desbordante del creador. Tuvieron que pasar ocho años (de 1994 a 2002) para que esta joya herreriana quedara pintada por completo.

Un periodo en el que el aplaudido proyecto, nada menos que un sueño, terminó siendo impulsado por una asociación cultural, que recuperaba la idea del mecenazgo, con el beneplácito incluso del Obispado de Cuenca; además de bendecido por la Unesco debido a «su alto interés artístico mundial», y admirado por gentes de las artes y las letras como el escritor José Saramago, el filósofo y pedagogo José Antonio Marina o el pintor y escultor Antonio López.


La obra de Jesús Mateo en la iglesia de San Juan Bautista.


MURAL ALARCÓN


El propio Federico Mayor Zaragoza (1934-2024), que fue director general de dicha Organización de las Naciones Unidas, se quedó sorprendido, según confesión propia, por cómo «un pintor, en la más completa de las soledades, se embarcaba en una aventura que recordaba las empresas artísticas del Renacimiento». Así que cuando se sale de allí casi extasiado, tras haber contemplado algo insólito, aunque sin Pantocrátor ni Virgen con Niño, es imposible no acordarse de Rublev, el monje errante y pintor de iconos religiosos de la Rusia medieval, gran innovador del oficio, que Tarkovski llevó a su manera al cine.

Qué puedes ver en Alarcón

Máxime cuando se toma conciencia de dónde está enclavada la villa que acoge esta Capilla Sixtina de nuestro días. Sobre un peñasco a 800 metros de altura, desafiando al tiempo y al espacio, conservándose tal cual y traspasando su vieja gloria a todo el paisaje. Poniéndonos ya medievales, desde luego había que ser muy valiente, o muy temerario, para atreverse con este bastión, dado su foso natural y su atalaya, el Pico de los Hidalgos.

Por el castillo, que fue fortaleza prerromana, ciudadela árabe y baluarte cristiano tras la Reconquista, y por el recinto amurallado, que aún está en pie y se puede atravesar por las puertas heredadas, del Calabozo, del Campo y del Bodegón. Al castillo, finalmente gótico y con torre del homenaje renacentista, lo tenemos como Parador de Turismo. Eso significa que es posible pernoctar en él (desde 165 euros) y disfrutar de su piedras centenarias.


El castillo de Alarcón se alza sobre una peña triplemente amurallada.


PARADORES


 La experiencia es de película a más no poder, al estar protegido por las tres líneas de muralla originales, que lo unen al resto de fortificaciones de Alarcón; contar con un pequeño patio interior con aljibe; preservar el camino de ronda, con una panorámica que lleva los ojos hasta la frontera con Valencia, y estar embellecido con jardines en lo que fue el patio de armas. Para mayor lustre, tuvo como señor a Don Juan Manuel (1282-1348), el miembro de la casa real que nos legó El conde Lucanor y a quien se homenajea constantemente en la villa.

Una villa con encanto en Cuenca

Pero el castillo no hace sino dar paso a todo lo demás, que conforma un núcleo castellanomanchego de indudable belleza arquitectónica con la plaza como centro neurálgico, presidida también por el ayuntamiento. Un todo armónico y exultante que comprende la iglesia de Santa María, erigida a principios del XVI en estilo plateresco, con elementos góticos y un alabado retablo renacentista.


La iglesia de San Juan Bautista alberga la obra del artista contemporáneo Jesús Mateo.


MURAL DE ALARCÓN


Se suma la iglesia de Santo Domingo de Silos, perteneciente al románico tardío (XIII), aún con el ábside semicircular original, pero reformada y ampliada siguiendo el gusto gótico, renacentista y hasta barroco, para darnos otra lección de eclecticismo. Al igual que la de San Juan Bautista, esta tampoco está dedicada al culto, sino que ha sido totalmente restaurada y acondicionada para usarse como sala de exposiciones y auditorio.

Un apasionante viaje en el tiempo

Aún hay un cuarto templo, el de la Santísima Trinidad, que data del XIII, pero asimismo transformado con el correr de los siglos siguiendo el espíritu de cada época. Como curiosidad sirva que la torre se alza sobre el arco de la Villa y que el ábside rectangular de la actualidad sustituyó al románico circular. Los pueblos como Alarcón, que gozaron de fueros y privilegios reales, suelen estar muy bien dotados y nos son deliciosamente encantadores.

Solo hay que abrir los ojos y mirar. Aquí uno se siente en un decorado de los tiempos en que fue conquistada la villa por Alfonso VIII, allá por 1184. Aunque Jesús Mateo nos lo haya situado en el terreno de lo poético, lo filosófico y lo espiritual, trascendiendo el tiempo con su trazo. Como describió Mayor Zaragoza a propósito de esta descomunal obra, «en la cosmovisión reflejada en la iglesia de San Juan Bautista se unen lo vegetal, lo animal y lo astronómico. Células, espacios celestes, meteoritos constituyen magmas originarios, cábalas sobre las raíces de la realidad presente. Al cartesiano pienso, luego existo, debemos añadir el siento, luego existo».

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