Ángeles Castillo

Si se va desde Madrid, hay que pasar Buitrago de Lozoya, con un paisaje de cuento, y Somosierra, y enfilar hacia las hoces del río Riaza, ya en Segovia, que es justamente donde se encuentra Maderuelo. Nada menos que la puerta de entrada a este paraje fabuloso, que es un nido de buitres, literal, y que encierra un cañón de hasta 150 metros de profundidad. Un refugio de vida salvaje en medio de la estepa castellana. Este pueblo es una de esas joyas escondidas, al margen de las rutas habituales, que acostumbran a llevarnos antes a Ayllón, con puente romano, o al propio Riaza, dentro de los márgenes de Castilla y León.

Primero, porque está en lo alto de un cerro rocoso, un largo espolón, con el meandro del citado río a sus pies y el embalse de Linares del Arroyo a su alrededor, en cuyas aguas quedó sumergido el pueblo del mismo nombre, así como el puente viejo, quedando cegados sus cinco ojos. En él se pagaba, en aquellos tiempos piramidales, el pontazgo al marqués de Villena, dicho sea de paso. Como si se resistiera a su desaparición, aún exhibe su belleza antigua cuando baja el nivel de las aguas, activando de esta manera el rudimentario mecanismo de la nostalgia.

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Y segundo, porque se trata de una villa medieval amurallada, que, por supuesto, está catalogada como bien de interés cultural y destacada como uno de los pueblos más bonitos de España. Y no es un farol. Aquí se rodó la serie de televisión Tierra de lobos, aunque lo sea más de rapaces, lo mismo que en Pedraza, con su plaza mayor única, y es fácil comprender por qué. Son de película.

Solo hay que pensar que fue repoblada por el legendario conde Fernán González en el siglo X, tras la Reconquista, y que llegó a contar con diez parroquias y hasta arrabales en los dos siglos siguientes, además de proverbial castillo, para entrar en decadencia en el XIV y, en sentido inverso, despoblarse. Así pues, fue en esos años cuando quedó constituida como la villa que es, a la que aún puede entrarse por la puerta principal de su muralla, llamada precisamente Arco de la Villa, y disfrutar de un viaje en el tiempo.


Maderuelo aún luce algunas de las puertas de su muralla, como el Arco de la Villa.


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Como siempre ocurre con este tipo de destinos, pensamos en Frías, el pueblo de Burgos con casas colgadas, o en Guisando, en Ávila y con Gredos de fondo, lo mejor es adentrarse en sus callejuelas y dejarse seducir por el encanto de su arquitectura tradicional, más popular o más noble, y por cada uno de sus rincones. O dicho de otro modo, perderse por el trazado irregular de este burgo medieval con carácter defensivo. Antes inexpugnable, lo que lo salvó de la inundación; ahora pintoresco. Todo está empañado de esa atmósfera, aunque luego haya aquí y allá distintos elementos góticos o incluso rococós.

Por qué tienes que ir a Maderuelo

Hablábamos del Arco de la Villa, pero también está la Puerta del Barrio, abierta donde la judería y junto a una casa que fue un torreón y se usó con posterioridad como hospital o albergue de peregrinos. Son varias las plazas que animan este conjunto histórico-artístico. En la de San Miguel se alza la iglesia del mismo nombre, sin apenas decoración, con ábside y ventana saetera, lo que la delata como románica. En la del Baile, escenario del mercado y las fiestas, se puede admirar una casa con soportal y columnas.


La iglesia de Santa María añade monumentalidad a Maderuelo.


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Y en la de Santa María, su majestuosa iglesia homónima, que presume de ser el único templo segoviano con restos de estilo califal, de contener materiales procedentes de los trece recintos religiosos que llegó a tener Maderuelo y de su espadaña con cinco campanas. Además, bajo su atrio porticado hay un mirador espectacular sobre los meandros inundados por el embalse, que tuvo función defensiva, en especial en época de dominio musulmán.

Pinturas en el Museo del Prado

De su pasado medieval habla su castillo, del que aún está en pie el torreón de planta cuadrada con aljibe y, sobre todo, ese tesoro extramuros que es la ermita de la Vera Cruz, desde se obtienen las mejores vistas de la villa y donde, al parecer, los templarios custodiaron uno de los fragmentos de la Santa Cruz (lignum crucis). Estaba cubierta de pinturas murales en su cabecera. Lo decimos en pasado porque para verlas hay que ir al Museo del Prado, a donde fueron trasladadas en lienzo en 1947 y reconstruidas según su disposición original.


Las calles empedradas y la arquitectura tradicional hacen de Maderuelo una joya.


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Dichas pinturas muestran un Cristo en majestad en la mandorla, sostenida por cuatro ángeles, además del Cordero Místico, la creación de Adán y el pecado original, la Magdalena ungiendo los pies del Señor o la Adoración de un Mago a la Virgen con el Niño. Obras magistrales que, por cierto, guardan relación con las de Santa María de Taüll, en el valle catalán más bonito, el de Boí (Lleida), y Casillas de Berlanga, en Soria, lo que puede deberse tanto a los talleres itinerantes de la época como a las relaciones políticas que se gestaban entre aristocracia y nobleza entonces.

Fiestas y gastronomía

Maderuelo, que apenas cuenta con cien habitantes, celebra cada último domingo de septiembre a su patrona, Nuestra Señora de Castroboda, que tiene su ermita de finales del XVIII, y cada primer fin de semana de febrero a Santa Águeda, fiesta de, por y para las mujeres. Sin que falte la típica feria en la que se recrean los tiempos del medievo con teatro, artesanía, pasacalles y desafíos con arco y espada, para lo que hay que esperar, eso sí, hasta agosto.


Maderuelo tiene a sus pies el río Riaza en una estampa única.


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Puestos a hablar de sus bondades, digamos que aquí se sirve, como gran tesoro gastronómico, el cordero lechal y se bebe vino de la Ribera del Duero. Y, al igual que en el cercano Burgos, se rinde culto a la morcilla. También es tierra abonada al senderismo, como pasa en Cazorla, el pueblo de Jaén con dos castillos. En esta línea, habrá que aventurarse en las hoces del Riaza por la Senda del Río, con una longitud de 11,5 km, que parte de Montejo de la Vega -a 20 km de nuestro pueblo- y llega hasta la presa de Linares del Arroyo. Al discurrir por la zona de reserva del Parque Natural, hay que pedir autorización en la Casa del Parque.

De senderismo por las hoces

La ruta está señalizada y conduce hasta las ruinas del convento de San Martín de Casuar, del que solo se conserva la iglesia, para adentrarnos en el cañón, entre sabinas, el árbol estrella, por donde nos toparemos con un imponente viaducto ferroviario, desde donde se aprecian los meandros más pronunciados y los cortados más impresionantes. Una alternativa es la Senda del Embalse, circular y más corta, de cuatro kilómetros, partiendo del mismo Maderuelo, y en la que se sube hasta el mirador de La Rivilla, desde donde volver a maravillarse del paisaje.

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