Para estrenarse como directora, Kristen Stewart no ha elegido precisamente el camino más cómodo ni tampoco el más conciliador. Lo ha hecho a través de ‘La cronología del agua‘, un largometraje con el que adapta las memorias de Lidia Yuknavitch, un texto fragmentario, físico y profundamente marcado por el abuso sexual, la adicción y la reconstrucción de una identidad a través de la escritura.
Es un material lírico y profundamente doloroso, y Stewart lo aborda sin simplificarlo ni traducirlo a una biografía convencional. Tras su paso por el Festival de Cannes, la película se presenta como una experiencia sensorial intensa, siempre en movimiento, que avanza y retrocede en el tiempo, rompiendo con la continuidad y permitiéndose estallidos de violencia, ternura y abstracción. El resultado es una ópera prima ambiciosa y feroz, tan coherente con la prosa de Yuknavitch como problemática en su ejecución.
Un cuerpo machacado por el trauma
En ‘La cronología del agua’, Imogen Poots interpreta a Lidia Yuknavitch desde la adolescencia, cuando es una prometedora nadadora que ve en el agua su única vía de escape de un hogar dominado por un padre abusivo y una madre ausente. Y Stewart filma el deporte como un estado de suspensión identitaria donde nadar es desaparecer. Pero la huida nunca es suficiente. Lidia cae en el alcohol, las drogas y el sexo como formas de anestesia, pierde su beca universitaria y queda atrapada en un presente errático donde la autodestrucción se convierte en rutina.
La película rehúye una narración lineal y opta por un collage de recuerdos, sensaciones y fragmentos emocionales. De hecho, a Stewart le interesa menos contar qué ocurrió que recrear cómo se siente una persona al tener que vivir dentro de una mente dañada. La edición frenética, los primeros planos extremos y el diseño sonoro invasivo construyen una atmósfera que, durante buena parte del metraje, acaba siendo asfixiante.
Esa decisión es coherente con el material, pero también genera distancia con el espectador. Porque aunque hay una historia clara debajo del caos, Stewart parece más fascinada por reproducir el estado emocional de Yuknavitch que por desentrañar la conclusión a la que se llega. La película sugiere cosas, pero rara vez se detiene a reflexionar o explorar lo que significa.
Devoción, estilo y límites
Parte de la frustración que me genera ‘La cronología del agua’ viene del amor casi reverencial de Stewart por el material original y las memorias. A pesar de la abundante voz en off tomada directamente del libro, la película nunca termina de articular una tesis clara sobre el trauma, la memoria o la escritura como salvación. La forma domina al fondo, y confiamos en que la directora comprende profundamente el texto, aunque no siempre logre transmitirl.
Sin embargo, a pesar de todo lo pulible, el debut de Stewart es admirable por su ambición y su valentía. Imogen Poots sostiene la película con una interpretación intensa, física y vulnerable, entregándose por completo a un personaje que a menudo parece flotar entre fragmentos más que habitar escenas completas. ‘La cronología del agua’ -que se estrena el 9 de enero en cines– es una película irregular, exigente y, por momentos, emocionalmente distante, pero deja claro que Kristen Stewart no ha llegado a la dirección para complacernos, sino para explorar, incomodar y arriesgarse. Y eso es digno de reconocer.
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