Ángeles Castillo

Si estás buscando un pueblo monumental, de esos que te dejan con la boca abierta por su colección de palacios, iglesias, conventos y hasta murallas y castillo, a cual más espléndido, acabas de dar con él, en la siempre sorprendente Extremadura. Trujillo es la ciudad muy noble, leal, insigne y heroica, títulos que la acompañan, que fue cuna de conquistadores. Empezando por Francisco Pizarro, que hizo lo propio en el Perú, y continuando por Francisco de Orellana, el descubridor del río Amazonas.

Por muy maravillados que nos quedemos ante la majestuosidad de las casas blasonadas y palaciegas que construyeron los indianos con la fortuna amasada en las recién descubiertas Américas, no podemos olvidar que Trujillo fue mucho antes la Turgalium romana. Aunque lo que salta a la vista, obviamente, es esa inacabable oda a la piedra compuesta en pleno siglo XVI.

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Después, recién inaugurado el XIX, fue invadida y destruida -ella también- por las tropas napoleónicas durante la guerra de la Independencia. No obstante, brilla como una ciudad gloriosa llena de arte y de historia, también en plural, pues no son pocas las anécdotas que atesora, con protagonistas como los Reyes Católicos y otros miembros de la realeza y afines.

Qué puedes ver en Trujillo

Con todo, Trujillo es, antes que nada, su plaza, rectangular, renacentista, con soportales en buena parte de su contorno y capitaneada por un descomunal Francisco Pizarro a caballo. Donde antes hubo artesanos y comerciantes, ahora hay bares, restaurantes y tiendas de regalos haciendo igualmente su agosto, porque animación, tan turística como es, desde luego no le falta.

A Pizarro se le puede seguir la pista en su casa-museo, que fue el hogar familiar. Y hacerlo antes de conquistar la fortaleza trujillana, una alcazaba árabe en origen (IX), que se alza sobre el alto Cabeza del Zorro. Esta vez, un castillo puramente defensivo, sin estancias residenciales ni torres destacadas por haber sido realenga, ni de órdenes ni de señoríos.


Una panorámica de Trujillo con la iglesia de Santa María la Mayor destacada.


WIKIPEDIA/ARDO BELTZ


Esta fortificación se veía complementada con distintas casas-fuerte, caso del alcázar de los Bejarano, que custodiaba el acceso por la puerta del Triunfo, una de las siete de las murallas, por la que entraron las tropas cristianas en lo que supuso la Reconquista definitiva de la villa. También se conserva la de San Andrés, reforzada por el palacio de los Escobar, y la de Santiago, defendida por el palacio de Luis Chaves, con esbeltas torres y donde se hospedaron los Reyes Católicos. Se sumaba a esta defensa el Alcazarejo de los Altamirano.

Trujillo y sus mil palacios

Volviendo al siglo XVI, hay que jugar a encontrar todos los palacios para que no se escape ninguno. En especial, el del Marqués de la Conquista, construido por Hernando Pizarro, el hermano del conquistador, en estilo plateresco, con cuatro plantas rematadas por figuras alegóricas de los vicios y las virtudes, y con su famoso balcón en esquina, casi una obra de orfebre. No hay que perderse tampoco el interior, plagado de esgrafiados con temas geométricos, vegetales e indianos y con artesonado de madera lleno de animales de la mitología incaica.

Otro balcón esquinado de gran valor arquitectónico es el que luce el palacio de los Barrantes-Cervantes (XVII). El de Carvajal Vargas, en cambio, presume de galería porticada con tres arcos de medio punto, patio plateresco y escalera volada. Al de Chaves-Cárdenas lo hallamos en la plaza junto a las Casas Consistoriales, con magnífico balcón.


El palacio del Marqués de la Conquista.


WIKIPEDIA/DIEGO DELSO


En cuanto al de los Chaves-Orellana, se le conoce como Casa de la Cadena, por la cadena que cuelga en recuerdo de la estancia de Felipe II en 1583 de camino a Portugal. Suya es la torre del Alfiler, que fue defensiva, con ricos azulejos de Talavera, todo un símbolo de Trujillo. El palacio de Chaves-Sotomayor destaca por los arcos ojivales de su fachada y su patio doblemente enclaustrado. Esto, ya se ve, es un no parar palaciego.

El convento de Tirso de Molina

La retahíla sigue con el palacio de los Pizarro Hinojosa, sede de la Real Academia de las Letras y las Artes de Extremadura; el de Juan Pizarro de Orellana, primo de Francisco Pizarro y primer corregidor de Cuzco, que pasó a ser un centro de enseñanza; o el de Piedras Albas, de aires italianos. Y otro tanto puede decirse de los conventos, entre los que está el de la Merced, donde vivió el escritor Tirso de Molina, el autor de Don Gil de las Calzas Verdes o Celos con celos se curan, cuyo nombre realmente era Fray Gabriel Téllez.


Trujillo está presidido por el castillo, además de por la estatua ecuestre de Pizarro.


TURISMO TRUJILLO


Otro convento a resaltar es el de San Antonio, que fundaron tres religiosas procedentes de la casa madre de las Descalzas Reales de Madrid en 1574. Y así llegamos al de Santa Clara, con claustro renacentista de 1530 y espadaña plateresca, hoy en día el Parador de Turismo, entre cuyos muros se respira la paz y la espiritualidad que le son propias (desde 96 euros en habitación doble).

Una villa con glamour y de película

Entre las iglesias, citaremos la de San Martín, que se levanta en la plaza tras la estatua de Pizarro con su aspecto robusto y sus dos preciosas fachadas. O la de Santa María la Mayor, con variedad de volúmenes y alturas, conservando aún la torre románica -la torre Julia-, y testigo de célebres acontecimientos históricos. La de la Preciosa Sangre de Cristo, por su parte, es el Museo y Centro de Visitantes Los Descubridores, para saberlo todo del Nuevo Mundo.


Un rincón del hotel boutique Casa de Orellana, decorado por Duarte Pinto Coelho.


CORTESÍA


Como decíamos, hay tantos monumentos que no se pueden contar. Por algo, Ridley Scott rodó aquí 1492: La conquista del paraíso, aprovechando su riqueza histórica, como si Trujillo fuera la mismísima Granada. Así que dormir en un palacio en este municipio es lo más normal del mundo. Por ejemplo, en la casa natal de Francisco de Orellana, un edificio del XV en el recinto amurallado de la villa medieval con torre almenada y arco apuntado en la portada.

Se trata del hotel boutique Casa de Orellana (desde 138 euros), que tiene el sello de Duarte Pinto Coelho (1923-2010), el decorador de la aristocracia, él mismo habitante de esta preciosa villa cacereña. Hora de recordar que Pinto Coelho siempre convocó a lo más glamuroso de la alta sociedad, de Maria Callas a Coco Chanel, pasando por Ava Gardner o la duquesa de Windsor.

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