Los pensamientos van moldeando nuestra vida. En épocas de tanto ruido, es como si la mente tuviera mente propia. “Cerebro de mono” en la cultura budista, “cerebro de caballo” en el mundo jasídico. Llámese como se llame, la mente parece tener su propio dominio sobre nosotros.

Y surge la pregunta: ¿Hay alguna manera de detener el torrente de pensamientos, especialmente cuando son negativos?

Pensamientos de temor infundado, de celos, de envidia y tantos otros.

¿Cómo logramos controlarlos? ¿Y qué significa realmente tener control?

En la literatura jasídica hay una historia con un mensaje profundo.

Un joven jasid llegó un día al Maguid de Mezritch con una pregunta que le quemaba el alma: “¿Qué hago con los malos pensamientos? Me persiguen. Me ensucian la mente. No los quiero, pero igual entran. ¿Cómo los detengo?”, le consultó al rabino.

El Maguid lo miró en silencio. —Andá a la casa de Reb Zev Wolf. Él te va a enseñar – dijo.

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El joven viajó varios días, cruzó aldeas, granjas, caminos embarrados, hasta llegar finalmente a la casa del famoso Reb Zev Wolf.

Golpeó la puerta. Esperó. Nadie abrió.

Golpeó más fuerte. Nada.

Así siguió por horas, esperando que alguien abriera y nada pasó. Cansado, se quedó dormido afuera, apoyado en la pared de la casa.

A la mañana siguiente, el rabino salió y lo encontró durmiendo. Lo despertó con suavidad:

—¿Todo bien?

—Sí, rabino —respondió—. Lo estuve esperando. Tengo una pregunta muy importante. El Maguid dijo que usted me la iba a responder.

El rabino lo miró y dijo:

—¿Tienes otra pregunta?

El joven se sorprendió:

—¿Cómo otra? ¡Si ni siquiera hablamos!

—Ayer viniste con una pregunta —dijo el rabino—, pero esa ya te la respondí.

—¿Cómo? —preguntó el alumno, confundido.

—Sí —dijo Reb Zev Wolf—. La pregunta sobre los pensamientos negativos, te la respondí ayer.

—¿Cómo? —insistió el joven.

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Entonces el rabino explicó:

—¿Qué hubieras hecho si no hubiera habido un dueño de casa? Hubieras entrado solo, te hubieras sacado los zapatos, te habrías sentado en el sillón. Pero como hay un dueño de casa, no importa cuántas veces golpees: si el dueño no abre la puerta, no podés entrar.

—Así mismo son los pensamientos —continuó—. Cuando uno vive en piloto automático, es como si no hubiera dueño de casa. Entonces cualquier pensamiento entra y se instala. Pero cuando el dueño de casa está presente, los pensamientos pueden venir, pueden tocar… pero quién entra y quién no, depende de su voluntad.

—La pregunta no es si los pensamientos golpean la puerta.

La pregunta es: ¿hay o no hay un dueño de casa?

En el fondo, los pensamientos son como pasajeros en un colectivo. Pueden gritar que dobles a la izquierda, a la derecha, que pases en rojo, que aceleres o frenes.

Todos opinan, todos tiran ideas, todos presionan. Pero son solo eso: pasajeros del asiento de atrás.

El conductor eres tu.

Si les das el volante, si les das voz y poder, te volvés loco, seguro chocás y no llegás a ninguna parte. Pero si los escuchás como lo que son, simples pasajeros, y asumís que quien maneja sos vos entonces, de a poco, podés decidir qué pensamiento entra y cuál se queda esperando afuera.

Al fin y al cabo, siempre tenemos esa capacidad: elegir qué dejamos pasar y qué dejamos en la puerta. Los pensamientos negativos pueden golpear fuerte, insistir, molestar… pero vos decidís si abrís.

Buena semana.