Parte de la familia, sosteniendo la foto de Alberto Ávila, desaparecido en la última Dictadura militar del 76 ,en Argentina.

Lucas Feliziani Ávila, sobrino de un cordobés desaparecido durante la última dictadura militar iniciada el 24 de marzo de 1974 en Argentina, es quien escribe estos textos para recuperar la memoria de su tío Alberto Ávila, víctima del terrorismo de Estado de aquella época, cuando tenía tan solo 22 años, siendo presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Odontología de la Universidad Nacional de Córdoba.

Alberto desapareció un 3 de diciembre del mismo año, en una confusa situación. Desde aquel día, su familia lo perdió para siempre, aún no pudieron recuperarse sus restos.

Los relatos de Lucas son además un intento por recuperar la memoria de la madre de Alberto, su abuela, Lidia Moreira, quien hoy padece de Alzheimer. Ella, entre susurros, no olvida el nombre de uno de sus cinco hijos, ese que desapareció y no pudo volver a ver nunca más.

Algunos piensan que ella trató de perderse en los laberintos de la memoria para suspenderse en el tiempo, en un pasado donde no faltaba nadie de los suyos, donde todos  estaban juntos.

Lidia Moreira, madre de Alberto Ávila.

Relatos de sangre y tinta

La luna aquel día había despuntado temprano, decoraba el cielo mientras el crepúsculo teñía de otoño las calles de una ciudad acallada. Una serie de sucesos que jamás llegaremos a comprender, nos habían confinado a los hombres al encierro indefinido. Respiré un aire apesadumbrado, atravesado por alguna magia antigua; mi mente yacía en calma, pero mis ojos no cesaban en su labor, jamás: leía en el viento un designio que me llevó días comprender.

Corría por las calles un clima inédito, las miradas se habían vuelto grises. Aquello me remontó, de alguna forma, a mi adolescencia. Supe entonces que así se veían los ojos cuando miraban hacia adentro, por primera vez.

El gentío yacía desorientado, despojado de la cualidad humana más innata: la cercanía con los demás. Las sombras que durante tanto tiempo habían ignorado, estaban a punto de rasgarles el cuello. Los teóricos de la casualidad y la suerte blandían sus banderas y escogían, ciegos, la reacción correcta; y allí, entre tanto caos, yo lo veía todo.

Observé cómo el universo se doblegaba y la vida parecía detenerse. Intuí, en las calles, un grito de libertad que permanecía ahogado. Allí, entre tanta quietud, el universo se dilataba en las mentes, un número infinito de veces. Observé al silencio desenmascarar gritos; miré atónito a la realidad derrumbarse en pedazos, e inclinarse, derrotada, ante la exclamación del tiempo.

Mi abuela se había pasado la tarde balbuceando incoherencias. Sus palabras parecían perderse en el viento, como la vida se fugaba de sus ojos, como el porvenir que erosionaba todo lo que alguna vez fue. Mi madre le cebaba mates, mientras jugaba al solitario; la anciana, por su parte, removía un mazo viejo, anhelando un juego que jamás comenzaría. Había sido, alguna vez, una excelente jugadora de truco.

La observé con detenimiento y, luego de algunos minutos, pareció fijarse en mí. Las arrugas de sus ojos relataban historias. Tuve la certeza de que podrían crearse, con ellas, poemas magníficos. Una sensación de incomodidad me revolvió el alma y experimenté, una vez más, algo que tantas otras veces había vivido (Borges afirmó que el destino de cualquier hombre consta en realidad de un solo momento; ratificaré aquí que el momento es uno, pero las veces, dependen del hombre). Era algo que me había movilizado desde mi niñez, un reproche, una necesidad de asentar en tinta aquello de lo que era único testigo.

Corría el día veintidós de abril, del año dos mil veinte. El nombre de Alberto Ávila había bailado en los labios arcaicos de mi abuela durante todo el día. El alzhéimer había despojado de toda coherencia los relatos de su mente, pero detecté en su voz una angustia añeja.

-¿No volvió Albertito todavía? Entonces supe que estaba equivocado. La enfermedad no sólo había borrado la coherencia, había sumergido a la anciana en una suerte de atemporalidad. Paradójicamente, había desarrollado una habilidad anhelada por miles de espirituales; a fuerza mayor, y sin pretenderlo, vivía en todos los tiempos; habitaba por igual el pasado, el futuro que se acorta, y el presente que hacía harto rato se había desdibujado.

La explicación científica, menos candente, decía que el Alzhéimer había causado una pérdida de la memoria a corto y largo plazo, lo que provocaba un desvarío en la percepción de su realidad. La voluntad es la única característica que heredamos de los dioses; la de mi abuela había decidido, hacía mucho tiempo, olvidar. Su determinación ardió como un eco en el universo y finalmente, en el ocaso de su vida, la enfermedad llegó para trazar el olvido, y encontrar en él, la paz que nunca dejó de añorar.

Mientras me clavaba los ojos, percibí en su mirada un atisbo de conciencia. Entendí que el cansancio que relataba su rostro era fruto de una vida entera cargando con monstruos imposibles de domesticar.

Recordé entonces sus relatos: cómo su madre había muerto cuando ella apenas pisaba el quinto año de vida; los rasgos de su padre, moro, mujeriego, de nariz aguileña y destino incierto; el abandono, la congoja de la soledad; cómo su familia resultó su único resguardo. Casi pude sentir el calor de la hoguera que encendía, cada mañana y sin falta, Ramón, el mayor de todos, para tomar unos mates mientras aguardaba, taciturno, la salida del sol. Percibo con facilidad el follaje de un chaco campestre, con una chacra que fue, durante tantos años, el purgatorio para aquellos siete niños huérfanos; el detalle de las vestimentas excéntricas de una tía que asumió el rol de madre; la desazón de observar con impotencia cómo aquella fantasía se disolvía, dejando entrever en las sombras un motivo oculto. Los golpes de un padrastro explotador y violento que dejaron cicatrices en el alma que hoy mi sangre susurra en secreto.

Había oído las historias miles de veces, con inocencia primero, luego con compasión; fueron los años, y estos ojos, los que me mostraron que en el relato de aquella vida había un tesoro que yo debía encontrar. A pesar de la enfermedad, las historias todavía surgían desde la sombra de la inconciencia; emergían como hidras, fortalecidas por el intento de olvidar.

Relataba sin pausa, pero sin prisa, cada día, una diferente. Aquel viaje incierto, bajo el ala de sus jóvenes hermanos, que por hombres y por huérfanos, tuvieron que forjarse en fuego para sostener lo único que les quedaba.

El amor inesperado de un hombre singular, que acabó siendo su esposo durante toda su vida. Lidoro Ávila no sería, muy probablemente, el hombre perfecto, pero siempre había detectado en él una nobleza inmortal. Los años parecieron amainar las tormentas: encontraron una nueva vida en una pequeña ciudad naciente en el corazón de Córdoba.

Su familia prosperó con cinco maravillosos hijos, todos y cada uno dotados de características tan únicas que hacían sospechar que, de poseer la determinación adecuada, podrían ser, en el basto universo, cualquier cosa que quisieran. Pero el tiempo habla en el idioma de los dioses, y nosotros no poseemos más que retazos de dicho dialecto; en este entramado laberinto de causas y efectos, el destino suele ser esquivo. Te arrolla ante la más mínima distracción, se acerca justo cuando el calambre inmoviliza tu pierna; alguna vez escuché a alguien decir que la mayoría de los humanos se pasan el resto de su vida persiguiendo el fantasma de un destino que no supieron anticipar. No existe, quizás, manera alguna de prever el porvenir; me atrevo a afirmar, sin embargo, que la voluntad podría ser el arma más antigua que poseemos, para cambiar el curso de las cosas. De cualquier modo, ninguna de estas cuestiones importó en el momento en que llegó, a velocidad de vértigo, la caída.

Los años habían transformado a los niños en adultos; los varones, independientes y únicos, se habían convertido en grandes estudiantes, grandes profesionales, con una admirable afición por la música y una predilección innata hacia el cuestionamiento de cualquier verdad que se considerase absoluta. No entraré en pormenores en este punto, basta asentar que el menor de los dos, Alberto Ávila, fue desaparecido el día tres de diciembre del año mil novecientos setenta y seis.

Se estipula que fue fuertemente torturado en el centro de detención clandestina conocido como La Perla, y, algunas semanas después, arrojado a una fosa común de la cual, transcurridos treinta años, se desconoce el paradero. Al poco tiempo de este hecho, el mayor fallecería en una mala praxis prequirúrgica. Creo entrever, entre los relatos de mi abuela, que lo que acabó con su vida no fueron las drogas en las cuales buscó refugio, si no la desazón que dejó esa incertidumbre, esa impotencia de no haber podido, a pesar de cualquier esfuerzo, proteger a su pequeño hijo. Algunos años más tarde, mientras yo disfrutaba de una tranquila tarde de lectura a orillas del lago, a mi abuelo, Lidoro Ávila, le detectarían un cáncer de colon, que acabaría por fulminarlo, exactamente, diez años más tarde, un veintidós de Abril.

No había entendido hasta el amanecer de mi juventud, cuán profundos eran los motivos de aquellos llantos espontáneos que observé en mi madre durante tantas mañanas. No me atrevo, empero, a empatizar su dolor, pues temo que las sombras que encuentre en dicho laberinto resulten ser imposibles de sortear. Mi sangre susurra en mi oído, con una insistencia tenaz, afirma que ignorar ese detalle sería ignorar el acto más esperanzador que habitara el universo. Tomé entonces algunas hojas, un bolígrafo con poca tinta y tracé este relato, que baila entre tinieblas, que narra sucesos que la mayoría preferiría ignorar, y encuentra, al final de la travesía, una sola ilusión que parece destrozar cualquier padecimiento pasado: la certeza de saber que el amor, de alguna manera, encontró la forma de colarse entre las grietas de una enfermedad invencible; que no existe lógica ni explicación científica que acredite cómo una anciana de 87 años, con una memoria arrasada por el Alzhéimer, que ignora en que día, mes o año vive, y que olvida, incluso, su propio nombre, pueda recordar, en el día del aniversario de la muerte de su esposo, la desaparición de aquel hijo, que le arrebató cualquier esperanza.

La incoherencia sugiere, entonces, cierto patrón que, sospecho, jamás podremos entender. Lo cierto es que los sentimientos parecen desconocer de tiempo y enfermedades. El recuerdo de los muertos se agolpa en la memoria de mi abuela justo cuando una fecha crucial asoma en el calendario, como si una suerte de portal abriera paso a memorias inmortales. Sospecho aquí que catalogar al amor como una emoción, sería, a la vez, simplista e ignorante; resta, sin más, rescatar de este olvido la esperanza que descansa allí, en esos ojos, que a pesar de todo y contra su propio esfuerzo, se niegan a olvidar.

Lucas Feliziani Ávila, 22 de Abril de 2020.

Lucas Feliziani Ávila, sobrino de Alberto, escritor de los relatos que recuperan la memoria de su familia.

Voluntad

La juventud del hombre llega siempre impregnada de un poder que resulta tanto embriagante como peligroso; como un velo invisible que cubre los ojos, y endulza los sentidos. No hubo, ni habrá, juventud sobre la tierra que no sea un hito en potencia, ni hecho histórico que no sea eco de una juventud palpable. Muchos son los sucesos que se escribieron bajo este tópico: en algún lugar perdido de la Francia de antaño, un grupo de jóvenes forjó con fuego la determinación para tomar la Bastilla; en la Hungría del siglo XX, Sigmund Freud encontró, entre los desprecios de sus colegas, el broche de oro que revolucionaría la psicología moderna; en el país forjado por negros, un joven afroamericano se convirtió en el mejor boxeador de la historia usando su voluntad como única arma, erigiendo sobre su nombre el levantamiento del pueblo sometido.

Desde las calles de Córdoba Capital, la visión del mundo era sombría. Un hombre barría los edificios con la mirada, desde el parabrisas de su Fiat 600. Como un extranjero, la realidad parecía extraditarse de su alma; se le escapaba entre los dedos, como el crepúsculo entre las montañas. Los años lo habían llevado a sospechar que hablaba un idioma diferente al común de los hombres; sus relatos, acaso, eran poemas; leía en las estrellas designios que no había llegado a comprender.

Serpenteando los laberintos de asfalto, arribó algunos minutos después a Ciudad Universitaria. Un imponente edificio de magnitudes colosales se abrió paso entre las penumbras, proyectando un juego de sombras que se le antojó amenazante. Miró su reloj de muñeca: eran las 19:00 del viernes 7 de septiembre de 1974; había llegado, como gustaba, justo a tiempo para la última clase de la semana. Cuando comenzó a adentrarse en los pasillos de la facultad de Odontología, los jóvenes que caminaban en todas direcciones comenzaron a saludarlo. Una mano distante desde una esquina, un abrazo sensual; algún chiste que devino en carcajada y un leve asentamiento de cabeza; no había hombre ni mujer en aquel edificio que no reconociera su presencia. Cuando hubo recorrido varios metros, una joven, de rulos pronunciados y sonrisa fácil, se acercó hasta él con una pila de papeles.

-No me digas que ya salió.

-Hola, querido. Nuestro proyecto está listo, falta la firma de nuestro presidente, nomás.

El hombre escarbó en las profundidades de su mochila y tomó un bolígrafo. Se acercó hasta un banco que descansaba contra la pared. Releyó las correcciones finales y, con una sonrisa tan blanca como la bata que lo envolvía, estampó su firma sobre el papel. Debajo, escribió: Alberto Ávila, presidente del centro de estudiantes de la Facultad de Odontología de la UNC.

Cuando levantó la vista del papel, el show de colores que adornaba los pasillos atrapó su atención. La puja de la militancia juvenil había convertido, hacía ya décadas, a la educación pública Argentina en el sitio idóneo donde se concebían la enorme diversidad de movimientos sociales que sacudían al país. Una vida política activa desde tan temprana edad había provocado una lucha por el poder que (evidencia de ello es la historia) colocó en letargo a una Argentina que, por sus características, merecía, mínimamente, el carácter de potencia. Aquellas paredes eran, sospechaba Alberto, un espejo misterioso; reflejo, además, de la revolución latente que se respiraba en el continente. En la lejana Cuba, Fidel Castro y un médico argentino, a quien llamaban Che Guevara, habían iniciado, una década atrás, la revuelta socialista más grande que la historia jamás hubiera presenciado. En medio de la sorpresa y el estupor, el grito de los hombres libres resonó en los albores de toda Latinoamérica. Se auguraba lucha. Los años lo dejarían intuir, empero, que aquel estruendo de guerra vivió, antaño, en las estrellas; forjado, quizás, en el amanecer de los tiempos.

De regreso, la luna de la madrugada reinaba en el cielo con un brillo fantasmagórico. Eran, aproximadamente, las dos de la mañana. Estacionó el auto con el cuidado habitual, y emprendió, silente, el paso hacia su casa. Tuvo extremo cuidado de no hacer ruidos demasiado estruendosos, pues sabía que sus padres dormían. Una imagen invadió su mente: ambos progenitores, envueltos en el reino de Morfeo; disfrutando un descanso que necesitaban para trabajar, la mañana siguiente, como cada día de sus vidas, durante el día entero. Cuando atravesó el umbral, una cuchilla lumínica lo apuñaló, desde el fondo de la habitación. Las patas de la batería reflectaban la luz del exterior con una potencia inusual. Una colosal biblioteca custodiaba la pared derecha de la habitación. La pila de libros, descansando sobre la mesa de noche, evidenciaba un hecho por todos conocidos: Alberto era un académico absolutamente aplicado. Sus capacidades intelectuales eran bien conocidas. Su hermana más pequeña referiría, alguna vez, una suerte de magia en sus ojos: decía, con total certeza, que sus poros desprendían una vitalidad poco común.

Una vez cerrada la puerta de su habitación, tomó un libro pequeño y comenzó a trazar garabatos en él. Mientras la tinta corría por el papel, se atrevió a fantasear con algunas utopías; pensó en las desigualdades; en la riqueza de mundo, acumulada en las manos de pocos; imaginó una catástrofe venidera, una especie de fuerza externa al hombre que sacudiría al mundo; ¿los ricos llegarían, aquel día, a preguntarse cómo pudieron vivir con tanto y dejar tan poco para el resto? No supo reconocerlo en aquel instante, pero aquellas ideas acabarían, con los años, por labrar su voluntad.

Durante aquellos días, su extradición del ambiente pareció pronunciarse. Forjó la silenciosa costumbre de habitar las periferias de la realidad: probaba, sin ansias, un poco de todo; procurando, con una determinación absoluta, no apegarse a nada. El tiempo, empero, obra en los hombres de maneras misteriosas. Los momentos de júbilo rara vez labran en profundidad el carácter de un hombre; los años, más tarde o más temprano, desgastan las ilusiones de la niñez y el mundo despunta su carácter caótico. Fueron muchos los hechos que configuraron su porvenir; para él, empero, resultaría cuanto menos imposible determinarlos en su totalidad. El emblema que habitaría, hasta el fin de sus días, los laberintos de su conciencia, sería el recuerdo de los niños de la peatonal de Córdoba: desprovistos de todo, huérfanos de mundo; caminando las calles de un Julio gélido y cruel; sus pálidos y enjutos rostros, evidenciando una desnutrición pronunciada.

El día que los había distinguido entre el gentío, lo paralizó una fuerza que no supo reconocer. El mayor abrazaba al más pequeño, en un burdo intento de protegerlo del invierno. O quizás de la sociedad, pensó Alberto. A su alrededor, la gente parecía abstraída: los rostros, cubiertos por el frío, no reparaban nunca en aquel horroroso cuadro. Recordó, entonces, la indiferencia del universo entero frente a las injusticias; el mundo, sabía, no se paraba a llorar muertes, ni a sufrir desamores; la vida, afuera, continuaba bifurcándose, sobre miles de cadáveres, burdos retazos de lo que alguna vez fueron sueños. Los observó durante algunos minutos; tensó su mano: su fuerte brazo desprendía calor. Apreció con detenimiento la campera que abrigaba su cuerpo. Había sido su regalo de cumpleaños, dos meses atrás. Calculó y barajó las opciones; sin embargo, jamás tuvo dudas: se entregó, con total rendición, a lo que gritaban sus instintos.

El regreso a casa lo encontró con una tos pronunciada, que los días convertirían en una neumonía aguda. Requirió un largo reposo de dos semanas que recuperara su salud. Cuando sus padres, atónitos, le preguntaron por qué había vuelto sin abrigo alguno, el rio. La preocupación, ante la expectativa de un posible robo, dio paso a la sorpresa en los rostros de su familia, cuando asumió haber regalado la campera. Luego, más risa; era una risa melódica, que asemejaba ir a tono con el compás de sus dedos, jugando a percutir cualquier elemento a su alcance. Sus hermanos no olvidarían jamás aquel canto. La hermana del medio, Lidia, en un augurio tenebroso, intuyó en esa melodía un relato de vida y muerte.

Los años convertirían aquel acto de altruismo en su bandera: pretendió, desde entonces, abrigar cada corazón que necesitara cobijo. Trabajó para ser mejor profesional, mejor estudiante y mejor músico; se convirtió en mejor hijo, mejor hermano y mejor amante. Halló en aquella renuncia, en aquella entrega desprovista de interés, la forma definitiva de sus actos. No fueron pocos los que refirieron que aquel que tenga un por qué claro, podría soportar casi cualquier cómo.

Su visón y su accionar lo colocaron, en tiempos ínfimos, en lugares privilegiados de las altas esferas de la lucha social. Encabezó marchas, trabajó de manera voluntaria en las villas más sepultadas de la ciudad y concentró su alma entera en combatir una injusticia social que le robó, durante los últimos años de su vida, mil y una noches de sueño.

Algún tiempo después, el calor de la explosión cubana configuraría, en Argentina, un panorama que caldeó la revuelta. En el correr de los años anteriores, se habían conformado células revolucionarias a lo largo y ancho de toda la región nacional. Labraban, en secreto, un plan para conseguir la imponente empresa de lograr un territorio liberado en la República y soñar, de esta forma, con reclutar la mayor cantidad de adeptos posibles para lograr la toma de poder del gobierno. Los nombres de Roberto Santucho y Mario Firmenich bailaban entre los labios del gentío.

Las voces que corren por los laberintos de sombras de la ciudad viajan a velocidades inimaginadas. Habían transcurrido, apenas, cinco meses desde el inicio de la militancia de Alberto; pero su nombre ya había llegado a oídos de los cabecillas de una de las organizaciones guerrilleras más reconocidas del país. No supo, en aquel entonces, qué cualidades lo habían llevado a destacar del resto. Recibió la llamada una cálida noche de septiembre. El sudor, cuando atendió el teléfono, le corría a chorros por el rostro; frente a él, el universo parecía desintegrarse en polvo. Del otro lado de la línea, el hombre hablaba con voz gutural; él, atónito, atinaba a un susurro. Sintió nervios; intuyó en el aire el carácter caótico del mundo. Por un segundo, hoyó el augurio, en el viento, advirtiendo que caminaba hacia la destrucción. Creyó reconocer la sensación en su estómago como vértigo; no era miedo a caer, si no el tenebroso anhelo de estrellarse. Tomó una larga bocanada de aire, y sintió un amargor en la boca; así, pensó, es como debe saber la muerte. A pesar del miedo, no dudó siquiera un instante; asumió su responsabilidad y se convirtió en quien siempre sospechó ser. Aquella noche, pasó la madrugada en vela. Observaba el cielo; la calma de las estrellas se le antojó un presagio de tormenta.

No fue mucho tiempo el que le tomó ganar una notable influencia en el movimiento revolucionario. La fuerza de aquella revolución alimentó, los primeros meses, el sueño de las masas obreras. Hubo victorias, risas, e incluso amores. Fueron pocos los que distinguieron los monstruos que acechaban desde las sombras. Bastó que pequeños grupos pertenecientes al movimiento infringieran ciertas normas básicas para que los lobos mostraran sus fauces.

Alberto vivió, por su parte, aquellos años con una intensidad que redujo su muerte a un hecho insignificante. Cargó con su percepción del mundo y sus ideales como bandera; dejó entrever, en cada acto, la totalidad de su ser; respondió sin titubeos las respuestas que la vida le hizo.

Fue desaparecido el día 3 de Diciembre del año 1976; caminaba, apenas, sus veintidós años. Su familia jamás supo su paradero. Los sucesos póstumos son confusos e imprecisos. Hallaron la vivienda de sus padres y su familia; abrieron fuego contra un individuo no identificado de sexo masculino que se acercaba caminando a la vivienda de Alberto en el barrio Rosedal Anexo, Córdoba Capital. Algunos días después, un amigo de su hermano mayor le ofreció contactarlo con un funcionario de los organismos represivos que podría poseer información sobre el paradero de su hermano menor; transcurrida una semana, lo citó a un bar.

-Lo reventaron a los tres días de haberlo detenido. No lo busques más.

Cuando la dictadura militar que azotó el país por aquellos años hubo acabado, un desconocido deslizó una carta debajo de la puerta de la casa de sus padres, una mañana otoñal de Marzo.

Revelaciones

Carta de Alberto a su hermana

20 de Noviembre de 1974

María, hermana mía. Te estoy escribiendo esta carta desde Córdoba Capital. Fueron días demandantes, pero por suerte me encuentro muy bien. El grupo de prensa del ERP1 me mantuvo con mucho trabajo las últimas semanas. No sabemos, en realidad, cuánto tiempo más seremos funcionales como organización. Cada día desarticulan una nueva célula de nuestro partido y el devenir no parece sonreírnos. Me tendrán que perdonar, todos ustedes, por haberme alejado el último tiempo; sé que papá y mamá están preocupados, se que Lidia y Elia no deben entender el trasfondo de mi distancia; sin embargo, hoy sé que es lo mejor. El último tiempo estuve leyendo la colección de libros de Las Enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castañeda; en él, el brujo refiere que bastaría mirar sobre nuestro hombro izquierdo para ver a nuestra muerte acechando. Sospecho, ahora, que el aire gélido que he percibido en la nuca los últimos días, es su aliento putrefacto.

Tendrás que perdonar la distracción de mis palabras, la melancolía suele imprimirme un sentido poético-analítico que me es inevitable transmitir. Los rumores que susurra la gente por las calles son certeros: las fuerzas armadas están deteniendo gente con afines ideales contrarios al hegemónico; muchas de ellas, de manera ilegal. El mito de los campos de detención ilegal es verídico e irrefutable. Mi nombre, me temo, está en boca de muchos y sospecho que me resultará imposible encubrir mi identidad. Por eso, María, llegué a preferir esta distancia.

Los últimos meses han sembrado en mí dudas que, sospecho, todo hombre llega a padecer. La excitación inicial, la vitalidad jovial con la que encaramos la lucha, devino, con los meses, en un cuestionamiento que puso en jaque todas mis creencias. El tiempo pareció erosionar mis ideales, tanto como mis ánimos.

Hoy, escribo esta carta para vos, porque la necesidad de expresar mi pesar torna insoportable el silencio. Una vida en clandestinidad no es algo que cualquiera puede soportar. Estoy harto de esta lucha, María. No es porque esté cansado, o a mi cuerpo le falte energía; si no más bien, porque todo lo que atino a leer en el porvenir es caos. Al principio, cada suceso que llegaba a conocer, cada teoría que llegaba a comprender, y cada información que recaía en mi consciencia, parecía alimentar con recelo mis verdades. Alguna vez leí que la inteligencia es una de las formas de la tristeza; quizás sea, sospecho, por el hecho ineludible que padece todo pensador: poner en tela de juicio sus deseos más arcaicos. Cuestionar los míos significó entrever, en el mundo entero, un tópico que me sobrepasó por todos los frentes.

El ciclo de odio es, ahora sé, el pecado original de la humanidad. Padecemos la polaridad y el reduccionismo gravemente; todo objeto que nuestros sentidos puedan percibir acaba siendo víctima de nuestra mente dual. ¿Qué es, entonces, lo que hace mejor mi causa que la del enemigo? ¿Por qué la sangre que, aunque indirectamente, mancha mis manos, esta más justificada que la de mis compañeros adornando la camisa de los militares? ¿La fuerza descansa en la venganza? ¿Será, acaso, que algún día vivirá alguien capaz de perdonar y terminar con este mal?

No estoy seguro de que comprenderás esto, cuando lo leas. Aunque mi intención es que llegue a tus manos a la brevedad, no es una certeza. Hoy, tengo más dudas que respuestas; quizás sea por esto que me aventuré, los últimos meses, a buscar una verdad aún más profunda que la que creí poseer. Sospecho, sin embargo, que mis días están contados. He percibido algunas personas observándome desde las esquinas. Jamás podría reconocerlas alguien que no está habituado al recelo. Los encuentro en bares, en esquinas deshabitadas, e incluso, sospecho, en la facultad. Tuve miedo, las primeras veces, de estar perdiendo la cabeza, pero hoy los hechos confirman mi juicio. Cargo conmigo, como todos los militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo, una pastilla de cianuro, que no dudaré en usar si me veo rodeado. No tengo el valor, aunque me pese admitirlo, de sufrir las torturas que, se, me acechan en el porvenir.

Osaré pedirte, en este punto, que no tomes represalias contra mis perseguidores. Preferiré, siempre, que continúes la búsqueda de la verdad; que quizás, algún día, puedas dejarle el legado a tus hijos, o a tus nietos, de mi historia. Hacerles saber que la verdad no es una, si no muchas; que toda demanda, es demanda de amor; que la sangre en nuestras venas relata luchas tan añejas como el tiempo; que detrás de los ojos del enemigo, descansa un motivo que podría poner en jaque todas nuestras creencias. Y aunque ningún móvil podría justificar tal crueldad, una visión escéptica del panorama nos lleva a comprender que no hay, detrás de todo el mal de la tierra, motivo ajeno al dolor y la venganza.

Mi historia no es si no una, entre miles, y estoy seguro de que el mundo no sufrirá por que acabe de manera prematura. Vos -sé que pido un imposible- tampoco deberías sufrir. He vivido mi vida bajo mis propias reglas y eso es algo que muchos hombres no podrían presumir. No puedo afirmar que mi causa haya sido más válida que la de mis semejantes. Aunque sé que, en algún punto, el mundo demandará justicia sobre ambos bandos, es menester que no olvides que la raíz de todos estos conflictos es mucho más profunda que cualquier acto malévolo cometido en su nombre. La humanidad, intuyo, ha olvidado el amor; la esencia escapó de nuestros dedos; el mundo que recordamos como nuestro hace tiempo no lo es. Esta carta es mi historia pero también sea, acaso, la de la humanidad entera.

Esta será, quizás, mi despedida. Desearía que hubiera sido de forma diferente. No habrá, te prometo, sufrimiento en mi muerte; un hombre que ha vivido mi vida jamás podría temerle.

Te abrazo.

Alberto