
Muchos economistas dirán lo contrario pero la mano del mercado no siempre es invisible: River está empezando a disfrutar las consecuencias de la inversión de u$s 68,45 millones realizada entre junio y agosto. Y, aunque en términos futbolísticos al equipo de Leo Ponzio todavía le falta darle estabilidad al nivel óptimo que mostró ante Belgrano, en el fuero estadístico el registro es indiscutible. Aunque deberá refrendarse en partidos de altísimo estatus como los que ahora tendrá por delante.
Hasta ahora, ningún equipo de la Liga ha sumado más puntos que River desde que los nueve contratados a mitad de año quedaron formalmente habilitados para jugar: junto con Instituto, ambos cosecharon 20, lo que equivale al 74,1% de las unidades en juego. Eso le permitió al equipo mejorar su ranking: en esos nueve encuentros (dos con Eduardo Coudet en el banco, otros siete con Ponzio) pasó de estar 14° a alcanzar el 6° puesto tras el triunfo en el Mario Kempes.
En ese lapso, otros datos refuerzan la idea de que el River de octubre está mucho mejor que el de agosto. Por ejemplo, que metió más goles que el resto (18), o que pateó más veces que los demás (157), o que es el segundo que más probó al arco (55, a apenas un tiro detrás de Central). Y ese índice fue aumentando progresivamente: frente a Argentinos intentó ocho veces, tres de ellas al arco (fue victoria 1-0) mientras que ante Belgrano aumentó la cantidad de tiros (14) y mejoró la direcció de esos intentos (7 en total a zona de gol). En medio, además, hubo picos de hasta 28 remates.
¿Más? En ese rango, sólo Central supera al CARP -y por 11 centésimas- en promedio de tiros al arco cada 90 minutos (6,22 contra 6,11). Aunque como contrapartida, el volumen no se ha logrado traducir a la red. Y es ahí en donde las métricas chocan con lo perceptible: recién contra Belgrano, en la goleada 3-0, Ponzio consiguió que su equipo alcanzara un volumen de juego a la altura de lo que “al mundo River le gusta ver”.
El altísimo nivel de aporte de Ángel Correa, autor de cuatro goles -en 15 tiros al arco- y dos asistencias en nueve partidos, los tres de un Thiago Almada que llegó a su prime en la victoria del domingo -y una asistencia- y el ritmo de Tobías Andrada son argumentos que explican el repunte de River. Ellos representaron el 66% de la apuesta económica que el club hizo en invierno y están logrando justificarla. El impacto ha sido tal que ante Huracán, cuando el equipo perdió por lesión en el primer tiempo al Guayo y a Tobi, el rendimiento no fue el mismo como así tampoco el resultado: 1-2.
En contraste, mientras que Nicolás Otamendi, campeón del mundo que firmó antes del Mundial, y Francisco Ortega cumplieron en sus participaciones, otros todavía están lejos de su mejor versión: Lucas Beltrán pareció resurgir en Córdoba ante Belgrano (entró por Sebastián Driussi), pero ni Mauro Arambarri ni Rafa Santos Borré brindan confiabilidad. Giovanni González, tras un flojísimo estreno, de a poco se acomoda.
Ahora bien: por lo que había representado la igualdad en Junín, por la dificultad con la que le ganó por apenas un gol a Estudiantes de Río Cuarto y especialmente por el arrastre de reveses deportivos, lo que marcan los números hasta el domingo no logró apreciarse del todo. O por lo menos no se tradujo a una sensación de confiablidad: el desafío de Ponzio será en todo caso conseguir que el volumen de juego, la intensidad, la contracción táctica y la atención que River mostró en todas sus líneas en el barrio Chatteau Carreras tenga un correlato en partidos de mayor piné. Como el derbi ante Racing en el Monumental (que, dependiendo de los resultados, puede ser el último partido en Núñez en 2026) y el superclásico ante Boca, bisagra en términos competitivos y emocionales: ganar representaría un salto efectivo de calidad y de templanza hacia adelante pensando en el objetivo trazado de ser campeón del Clausura y/o meterse en la Copa Libertadores.
Hasta el partido en Córdoba, incluso cosechando buenos resultados estadísticos, River venía mostrando una versión cada vez más enredada, alejada de aquella que había insinuado en el comienzo del ciclo de Ponzio. Con la presión creciendo y cada vez menos margen para equivocarse, el equipo había ido perdiendo naturalidad y simpleza al atacar. En lugar de ensanchar la cancha, acelerar por afuera y aprovechar mejor los desdobles, caía con frecuencia en la tentación de jugar por dentro.
Esa insistencia lo llevaba a buscar paredes, pases filtrados y asociaciones en espacios reducidos incluso cuando el rival cerraba precisamente esos caminos. Así, River terminaba chocando contra defensas compactas, sin encontrar variantes para moverlas ni suficiente amplitud para generar los huecos que necesitaba. Más que una cuestión exclusivamente técnica, el problema empezaba a ser de lectura: le costaba interpretar qué pedía cada partido y modificar el plan cuando el desarrollo lo exigía.
A eso se sumaba el peso de una temporada que había ido cargando al equipo de obligaciones. Cada posesión parecía tener una cuota extra de urgencia y esa necesidad terminaba atentando contra la claridad. Recuperar la simpleza, ampliar el repertorio ofensivo y conseguir que el equipo volviera a elegir mejor los caminos aparecían como algunas de las principales tareas de Ponzio. Hasta que en Córdoba, por primera vez en varios partidos, River empezó a mostrar respuestas. Las que tendrá que dar ahora en un sprint de partidos de altísima talla para que la mano invisible del mercado lo empuje definitivamente hacia arriba.

Mirá también
Flamengo vs. Estudiantes, EN VIVO por la Copa Libertadores: el Pincha va por la épica en el Maracaná

Mirá también






