Sandra Cárcel

Antes de que existiera SACH Atelier, hubo otras ideas, muchas ganas de emprender y una marca de fundas de móvil llamada Chai. Lola y Alejandra, que además de socias eran hermanas, empezaron a crearla mientras estudiaban en la universidad, haciendo cada pieza a mano: agujereaban las fundas, colocaban las anillas y montaban los colgantes uno a uno. El proyecto creció tanto que un día que había visitas en casa y no tenían espacio suficiente, terminaron sentadas en la acera de la calle de al lado, haciendo pedidos para no perder ni una tarde de trabajo. «No paraban de llegar pedidos y allí estábamos nosotras, en la acera, terminándolos uno a uno», recuerdan entre risas ambas.

Emprender siempre había formado parte de su vida. «Desde los 18 años siempre hemos sido muy emprendedoras. Nos encantaba tener ideas y, casi sin pensarlo demasiado, intentar convertirlas en negocios», relata Alejandra. Después de Chai, se unieron a Manuela, su prima, que también tenía una marca de pulseras, y juntas decidieron crear SACH. Al principio mantuvieron ambos proyectos, pero llegó un momento en el que tuvieron que elegir. «SACH no fue nuestra primera idea, pero sí fue la primera por la que decidimos apostar todo nuestro tiempo y energía», explica la cofundadora. Se lanzaron sin tenerlo todo claro y aprendieron sobre la marcha. «Si hubiéramos esperado a saber perfectamente cómo funcionaba todo antes de empezar, probablemente nunca lo habríamos hecho», reflexiona.

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La señal de que SACH empezaba a convertirse en algo más serio llegó cuando dejaron de caber en el comedor de casa. Las cajas, las piezas, los alicates y los pedidos habían invadido todo el espacio, así que necesitaron un lugar propio: «De repente teníamos un sitio al que ir cada mañana, horarios, reuniones… y algo que había empezado desde el comedor de casa empezaba a convertirse en una empresa de verdad». Aquel cambio marcó el comienzo de una nueva etapa, aunque la forma de trabajar conserva algo de aquellos primeros años: probar, equivocarse y buscar la manera de hacer realidad sus ideas.


Sach Atelier/ Pendientes Bruma


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Así es el proceso de creación de las joyas de SACH

Detrás de cada joya hay mucho más trabajo del que se ve. Encontrar artesanos, proveedores, materiales y técnicas puede convertirse en una búsqueda de meses. «Nos volvemos locas intentando encontrar nuevos artesanos, proveedores, materiales, técnicas y formas de hacer cosas que muchas veces ni siquiera sabemos si son posibles», cuenta con la misma ilusión que al principio. Como me explican, son especialmente exigentes con la calidad y con cómo se siente cada pieza al tenerla en la mano. La intuición suele ser el punto de partida, pero después llega la obsesión por los detalles: un centímetro de más, un color que no termina de convencerlas o una forma que no funciona como esperaban.

Antes de conseguir una pieza definitiva, prueban muestras, modifican diseños y descartan propuestas en las que han invertido meses. «Antes de llegar a una pieza final hemos dicho «no» veinte veces», explican. Uno de los diseños que mejor representa su evolución es el Choker Rayo, una de las primeras piezas con las que sintieron que estaban construyendo un lenguaje propio. «Es una pieza que representa bastante bien SACH», relatan contentas de que siga siendo uno de sus productos más vendidos años después.


Earcuff SACH Atelier


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Esa identidad también explica por qué han decidido no diseñar siguiendo las tendencias. Aunque reconocen que sería más fácil apostar por aquello que saben que va a funcionar en cada momento, prefieren seguir su intuición y crear piezas que encajen con el universo de la marca. «Para nosotras es mucho más importante crear tendencia que seguirla». Creen que la personalidad es lo que permite que una pieza siga despertando interés más allá de una moda pasajera. Una filosofía que acompaña a SACH mientras su universo creativo llega a nuevos públicos, también fuera de España.

«La creatividad necesita muchísimo orden para poder parecer espontánea», explican. Cada pieza tiene que funcionar más allá de su apariencia: importa cómo está hecha, cómo se siente y cómo queda puesta. Para ellas, el equilibrio entre artesanía, diseño y deseo es fundamental, porque enamorarse de una idea es solo el principio; después hay que conseguir que funcione de verdad.

¿Y qué encontraríamos si pasáramos un día entero en su atelier? «Nuestro mágico caos», responden. Miles de muestras sobre las mesas, paquetes que llegan a todas horas, un bebé llorando, perros que las asustan cuando ladran y la abuela trayendo cruasanes mientras ayuda en el taller de Paola. Entre todo ese movimiento también surgen ideas que a veces se quedan pendientes porque no hay tiempo para desarrollarlas. «Somos un equipo de todo chicas jóvenes y hay muchísimo movimiento», explican con naturalidad. Pero cuando llega el momento de concentrarse, cada una se mete en su mundo y se pone a trabajar.


Pendientes Cometa SACH Atelier


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Crear una empresa también ha supuesto aprender a convivir con una responsabilidad constante: «SACH es como nuestro bebé, estamos pensando en ella todo el rato. Siempre hay algo que mejorar, una idea nueva o un problema que resolver, por lo que desconectar no resulta sencillo». Aun así, lo viven con ilusión porque sienten que la marca forma parte de ellas. «Ha crecido con nosotras y nosotras hemos crecido con ella». Esa relación tan personal ayuda a entender por qué siguen tan involucradas en cada decisión.

Cuando imaginan SACH dentro de diez años, no desean perder aquello que la ha definido desde el principio: «Ojalá dentro de diez años sigamos haciendo las cosas con la misma ilusión e intuición». Desde aquellas fundas de móvil hechas a mano hasta su universo actual de joyería, su historia está marcada por las ganas de emprender, la atención al detalle y la decisión de hacer las cosas a su manera. Porque, como demuestran sus comienzos, a veces no hace falta tenerlo todo claro para empezar: basta con una idea y las ganas de llevarla adelante.

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