Ángeles Castillo

En Girona hay pueblos asombrosos. Sorprende lo bien que se han conservado a pesar de los años y los siglos. Podríamos estar hablando de Castellfollit de la Roca, el pueblo que parece un milagro en medio de un parque natural volcánico. O de Besalú, con un majestuoso puente y unos baños rituales. Ambos en la Baja Garrotxa. Esta vez, sin embargo, el destino es Beget, en la Alta Garrotxa, entre encinas, hayas, robles, prados y montañas. Se ubica en la cabecera del río Llierca, afluente del Fluviá, que desemboca en las marismas del Ampurdán, cerca de Sant Pere Pescador, que ya suena a Dalí.

Beget es un buen destino para dar comienzo al otoño. Puede entenderse porque está en el Pirineo catalán. Es pequeño, es antiguo y no ha perdido su esencia rural. Enclavado a casi 600 metros de altitud, sus calles empedradas se escalonan asomándose a la riera, cruzada por dos puentes medievales, que conectan sus tres barrios. En el más antiguo, las casas se dibujan con tejados a dos aguas y balcones de madera.

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A esta estampa de otro tiempo contribuye la iglesia románica de Sant Cristòfol, la torre del Reloj, a la que se puede acceder por una escalera de piedra, y la ermita del Remei (XVII-XVIII), conocida como la Capelleta, que como casi todas las ermitas queda a las afueras. Por algo este pueblo está considerado uno de los más bonitos de Cataluña y tiene la catalogación de Bien de Interés Cultural como conjunto histórico-artístico. No es obvio y se le descubre prácticamente escondido.

Qué ver en Beget

Otro punto a su favor es que no se puede entrar con coche. La vida pasa lentamente aquí, sin prisa, y se disfruta de esa sensación impagable de hallarse lejos del ruido mundanal, al abrigo de la naturaleza. Lo que ahora se ha venido a llamar turismo de silencio. Basta pensar que Beget tiene solo 24 habitantes, aunque la población crece como la espuma los fines de semana y vacaciones. Por las segundas residencias y por los numerosos visitantes, que cada vez son más y le cogen más el gusto. Lo tenemos a hora y media de Girona y a dos horas largas de Barcelona.


Así es la iglesia de Sant Cristòfol por dentro, con el Majestat en el altar.


ENFO/WIKIPEDIA


A pesar de que el entorno es hechizante, los ojos se van inevitablemente a la referida iglesia, empezada en el siglo X, pero no acabada hasta finales del XII o principios del XIII. Saluda ya de entrada. Es de una sola nave, con capillas que se expanden hacia el exterior, un ábside semicircular y la impresionante torre del campanario, de cuatro pisos. Un ejemplar fabuloso del románico lombardo.

Si por fuera resulta bella, el interior no se queda atrás. Conserva la pila bautismal, una talla policromada de la Majestat del siglo XII, de dos metros de altura, que es uno de los valiosísimos tesoros de Cataluña, y una imagen de la Virgen de la Salud de alabastro (XIV-XV). A todo esto se suman las pinturas de tradición románica de Joaquim Vayreda (1843-1894), uno de los grandes paisajistas catalanes, influido por Corot y Millet, los pintores de la Escuela de Barbizon.

Camprodon, patria de Albéniz

El conjunto es encantador y tiene el acicate de pertenecer administrativamente a Camprodon, que promete a la hora de prolongar el viaje. Para empezar, porque es la cuna del compositor y pianista Isaac Albéniz, que le vio nacer en 1860. Como homenaje, varios monumentos, un museo, una calle y el Festival de Música Vall de Camprodon, que va por su 27ª edición y es una referencia en las noches de verano del Valle. Pero además es, igualmente, una villa milenaria, que presume de hermosas panorámicas de montaña, templos románicos y, para añadir más emoción estética, casas modernistas. Fue el lugar de veraneo de la burguesía catalana.

Sí, en Camprodon, las iglesias románicas son en plural. Está también el monasterio de Sant Pere, en torno al cual se constituyó el primer núcleo de población. El segundo, la Vila de Baix, quedaría fijado alrededor del castillo, justo donde está el convento del Carme. Mientras que la iglesia de Santa María, levantada en el XIV, se corona ya como gótica. Asimismo, hay dos paseos en este pueblo gerundense que son muy para el otoño, el de Maristany y el de la Font Nova.


Camprodon, en el Pirineo de Girona, fue lugar de veraneo de la burguesía catalana.


SALVA F. AYALA/PEXELS


Puestos a pasear, hay que salirse de lo entornos urbanos y entregarse al senderismo, que en estas tierras se vuelve obligatorio. Beget, sin ir más lejos, está dentro del GR-11, la Transpirenaica, que cruza todo el Pirineo de oeste a este. Se puede recorrer hasta donde se quiera; hay 800 kilómetros para elegir. Se entrecruzan las rutas que van y vienen de Olot, Prats de Molló o Setcases. O las que ascienden a sus picos, el de Brujas (1.393 metros) o el Comanegra (1.557 m).

Senderismo y un restaurante

Una ruta de senderismo mágica es la que sale de Beget y va hasta Rocabruna por caminos de contrabandistas y con las montañas de la Alta Garrotxa como telón de fondo. Se trata de un recorrido circular, de algo más de trece kilómetros de distancia, en el que se salvan 760 metros de desnivel. Puede hacerse en unas cinco horas y media. Los paisajes vírgenes, los saltos de agua y las pozas son un regalo, amplificado por los iglesias románicas de ambos pueblos, que Rocabruna también la tiene, además de un castillo en ruinas. En Beget, particularmente, hay tres balsas, las Gorgas, que se encuentran en dirección a Montagut i Oix, en el arroyo de Salarsa.


Beget conserva su estampa medieval: iglesia románica, puente y calles de piedra.


VISIT CAMPRODON


¿Un restaurante donde entregarse a los placeres gastronómicos? El Can Jeroni, más de un siglo con la casa abierta, como dicen. La antigua bodega oficia hoy de comedor, cuya intervención arquitectónica se llevó el Premio de Arquitectura de las Comarcas de Girona. El reservado, de una sola mesa, cuenta con chimenea. La sala original tiene vistas a la iglesia y la ribera. Y la terraza, en la plaza, es un mirador hacia el pueblo. A la mesa, cebolletas y tomates escaldados con arenques, canelones de carne o butifarra negra a la brasa con escalivada y romesco. De postre, crema catalana con azúcar de caña.

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