Ángeles Castillo

El Olimpo es la morada de los dioses griegos, los llamados olímpicos, en número de doce. Ya saben, Zeus y familia, aunque también lo habitan las Musas y las Gracias. Homero se refiere a él en la Odisea como «la mansión perenne y segura de las deidades, a la cual ni la agitan los vientos, ni la lluvia la moja, ni la nieve la cubre». En definitiva, allí disfrutan de «perdurable dicha los bienaventurados dioses».

Sin embargo, por muy mitológico que sea y por mucho que recurramos a él como metáfora, el Olimpo existe, está situado al norte de Grecia, dónde si no, y es la montaña más alta del país, como no podía ser de otra manera. La culpa de que estemos ahora buscándolo en la geografía mediterránea no es de Christopher Nolan, o no solo, sino de la Unesco. La organización de las Naciones Unidas acaba de nombrarlo Patrimonio Mundial por tratarse de «un bien natural y cultural de valor universal excepcional para la humanidad».

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Esta declaración no ha hecho sino elevar aún más a territorios celestiales este macizo que alcanza los 2.918 metros, entre las regiones de Tesalia y Macedonia. Es reserva natural griega desde 1938, además de Reserva de la Biosfera desde 1981. Ahora se convierte, y de manera oficial, en uno de los «monumentos más emblemáticos» del mundo, tal y como declararon sus ministerios de Cultura y Medio Ambiente y Energía. O, como señaló eufórico su primer ministro, Kyriakos Mitsotakis, en «una montaña de toda la humanidad». Para llegar, hay que volar a Tesalónica. O si se está en Atenas, conducir 420 kilómetros, atravesando gran parte del país.

El Olimpo y el Egeo

Desde luego, los dioses, entre ellos Hera, Poseidón, Afrodita, Atenea, Apolo o Hermes, sabían lo que hacían. A vista de humano, el Olimpo es un ecosistema bendecido con una gran diversidad, tanto en flora como en fauna, por su microclima, fruto de su abrupta elevación y de la proximidad del mar. El Egeo queda a solo 18 kilómetros de Litochoro, el principal punto de partida para alcanzar la cumbre (y la gloria), el pico Mytikas. Eso sí, habrán de invertirse dos días y hacer noche en alguno de sus refugios. Parece un sueño, pero anclado en la realidad.


El monte Olimpo visto desde la pequeña localidad de Petra.


CRISTO VLAHOS/WIKIPEDIA


Un paraje este en el que el río Enipeas esculpe un impresionante desfiladero, mientras el Orlias desciende despeñándose en cascadas y remansándose en pozas de aguas cristalinas. El senderismo es obligado, como también la visita a los pueblos que salpican sus laderas. Puesto a sus pies, el pintoresco Litochoro, con sus callejuelas, sus tabernas donde beber tsipouro (orujo) y sus edificios de arquitectura tradicional macedonia, de piedra y madera. No todos los días se está entre el Olimpo y el Egeo.

Los pueblos más olímpicos

A Ano Skotina, a unos 700 metros de altura, lo envuelve bosque y más bosque. Las casas son de los siglos XVII y XVIII, pero su iglesia de Agios Athanasios data del XIV. Tiene igualmente vistas al mar y tentadoras rutas de senderismo. En cuanto a Palaios Panteleimonas, ofrece la típica estampa de aldea tradicional. Y otro tanto pasa en Palaioi Poroi, con el mismo encanto, el de las calles estrechas y empinadas, los edificios históricos y las iglesias bizantinas. Siempre a la sombra del gigante Olimpo.

No se puede olvidar Díon, famoso por su yacimiento arqueológico de primer orden y un museo ídem. No es de extrañar porque fue el gran santuario del Reino de Macedonia, el de Filipo II y su hijo Alejandro Magno. Lo menciona el historiador Tucídides, se ganó un lugar en la mitología y su nombre se debe a la proximidad al templo de Zeus Olímpico. Tras funcionar como colonia romana, vio cómo en el siglo IV se construía una basílica cristiana. Acoge cada verano el Festival Olympus, que va por su 55ª edición.


Litochoro está a los pies del Olimpo y es punto de partida para coronarlo.


VISIT CENTRAL MACEDONIA


Aunque la montaña está ahí diciéndonos insistentemente «ven», como un viejo bolero, los pueblos de alrededor son de naturaleza tal que invitan a quedarse. Le pasa a Karya, a una altitud de 900 metros, otro punto de reunión de montañeros y escaladores. Le pasa a Kokkinopilos, el más alto de todos ellos, a 1150 m, con un paisaje fabuloso. Y le pasa a Elassona, que ha conservado casi intacto su nombre homérico, Olosson. Atesora monumentos como el monasterio de Panagia Olympiotissa o la mezquita otomana de Varosi. En septiembre celebra el Festival del Queso Feta.

Además, en torno al divino monte se alza el monasterio de Agios Dionysos, fundado en 1542, a unos 830 metros de altitud y en pleno desfiladero del Enipeas, junto a la cueva donde se cuenta que oraba San Dionisio. No muy lejos, próximo a Sparmos, el monasterio de Agia Triada, cuyos orígenes se remontan al siglo XVI. Por lo demás, cabe decir que el monte Olimpo es único, pero no el único. Hay en Chipre, en Turquía, en Estados Unidos y hasta en Marte.

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