Una de las reflexiones más conocidas de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie la pronunció durante célebre conferencia TEDxEuston en 2012. Aunque dos años más tarde también quedó recogida en ‘Todos deberíamos ser feministas’, un ensayo breve que rápido se convirtió en una de las puertas de entrada al feminismo para millones de personas. 

«El problema del género es que prescribe cómo debemos ser, en vez de reconocer cómo somos».  

Desde entonces, esta frase ha sido compartida hasta la saciedad en redes sociales y artículos de opinión. Sin embargo, no siempre se conoce elcontexto en el que fue pronunciada cuando es precisamente ahí donde adquiere toda su fuerza. No habla de hombres contra mujeres, sino de las expectativas que nos limitan a ambos.

Cuando Adichie habla del «problema del género» no se refiere al hecho de que existan hombres y mujeres. Su crítica va dirigida a los roles de género: ese conjunto de normas, muchas veces invisibles, que la sociedad asigna a cada persona simplemente por el sexo que se le haya asignado al nacer.

Desde la infancia aprendemos, casi sin darnos cuenta, qué emociones podemos expresar, qué aficiones parecen apropiadas, cómo debemos vestirnos o incluso cuál debería ser nuestra forma de amar, trabajar o formar una familia. No son leyes escritas en ninguna parte, pero funcionan como si lo fueran y se transmite como un gas inodoro que se respira.

La escritora plantea una idea sencilla y profundamente incómoda: en lugar de observar cómo es realmente cada persona y permitir que se desarrolle su personalidad sin condicionamientos, el género intenta encajarla en un molde previamente diseñado.

La historia de una mujer que fingía ser quien no era

Uno de los momentos más reveladores de ‘Todos deberíamos ser feministas’ llega cuando Adichie cuenta la historia de una amiga que detestaba las tareas domésticas. Sin embargo, había aprendido que una mujer debía mostrarse como una excelente ama de casa si quería encontrar pareja y casarse. Así que fingía.

Fingía disfrutar cocinando, limpiando y ocupándose del hogar porque entendía que aquello aumentaba sus posibilidades de ser considerada una «buena mujer». El problema apareció después de la boda. Cuando dejó de interpretar ese papel, la familia de su marido no tardó en acusarla de haber cambiado.

Pero, como señala Adichie, no había cambiado en absoluto. Simplemente había dejado de representar un personaje que nunca había sido ella. La anécdota puede parecer anecdótica, pero resume un fenómeno mucho más amplio como es la presión de adaptarnos a aquello que los demás esperan de nosotros, aunque para conseguirlo tengamos que ocultar las partes más importantes de nuestra personalidad.

todos deberiamos

El coste invisible de interpretar un papel durante toda la vida

La reflexión de Adichie también arroja luz sobre algo de lo que se habla menos: el enorme desgaste que supone vivir intentando cumplir las expectativas ajenas. Durante siglos, muchas mujeres aprendieron que debían ser discretas antes que brillantes, agradables antes que sinceras, comprensivas antes que ambiciosas… Mostrar enfado podía resultar inaceptable; expresar deseo, una falta de decoro; decir que no, un acto de egoísmo.

Pero la autora amplía el análisis y recuerda que estas normas también condicionan a los hombres. A muchos se les enseña desde pequeños que no deben llorar, pedir ayuda o mostrar vulnerabilidad porque esas actitudes no encajan con la idea tradicional de masculinidad. El resultado es una sociedad en la que todos, en mayor o menor medida, terminan interpretando un papel.

Ser quienes somos en lugar de quienes se espera que seamos

La frase concluye con una invitación que sigue resultando igual de vigente más de una década después. Si el problema no son las diferencias entre las personas, sino las expectativas rígidas que imponemos sobre ellas, la solución pasa por permitir que cada uno pueda construir su propia identidad sin sentirse penalizado por ello.

Adichie imagina un mundo donde nadie tenga que fingir para ser aceptado; donde una mujer no deba aparentar ser más dócil para resultar deseable, ni un hombre esconder su sensibilidad para parecer fuerte. Un lugar donde las personas puedan descubrir quiénes son antes de preocuparse por si encajan o no en aquello que la sociedad esperaba de ellas.

Así que nos encanta que esta frase sigw compartiéndose tantos años después. Porque incluso más allá del debate sobre feminismo, habla de una experiencia universal, la de el deseo de vivir sin tener que pedir permiso para ser uno mismo.

Foto de portada | Fronteirasweb

En Trendencias | Qué leer en 2026: los mejores libros recomendados para todos los gustos

En Xataka | Ciudades llenas de casas vacías y vecinos incapaces de encontrar vivienda: llegan las ciudades de «las persianas bajadas»

En Xataka | «Sinceramente, una obra maestra»: con puntuación de 4.1 sobre 5, es la mejor película de fantasía de 2025 y también la mejor de Gerard Butler