
Pocas mujeres en la historia encendieron tanto la imaginación como Catalina, una princesa prusiana que, por una serie de coincidencias genealógicas, terminó en el trono de todas las Rusias, ciñendo sobre su cabeza una corona con 5000 diamantes, una joya tan fabulosa como la riqueza de las tierras que gobernaba.
Esta niña de noble prosapia, pariente de la mitad de las casas reales europeas, fue elegida por la zarina Isabel para casarla con su sobrino y heredero, el deslucido gran duque Pedro, quien se convertiría en el tercer zar en llevar ese nombre.
A tal fin, Catalina —que originalmente se llamaba Sofía Federica Augusta de Anhalt-Zerbst-Dornburg y era luterana, nativa de Stettin, Prusia— viajó con 12 años a la corte de San Petersburgo, sin saber una palabra de ruso, para ponerse a las órdenes de la zarina. Allí se convirtió en Catalina Alexéievna y fue bautizada en la fe ortodoxa rusa.
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Condenada a un matrimonio sin amor ni sexo, confiesa Catalina en sus memorias que, después de seis años sin tener heredero y a instancias de Isabel, conocedora de las cortedades de su sobrino, se acuesta con un apuesto oficial, Serguéi Saltykov, para generar descendencia. Pablo, heredero de los Románov, que no era un Románov…
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Las infidelidades son mutuas y conocidas por las partes. Dicen que Pedro, en una de sus muchas borracheras, declaró: “No sé de dónde saca mi mujer sus embarazos”.
El nuevo amante de Catalina fue Grigori Orlov, miembro de una de las más antiguas familias de la aristocracia rusa, un hombre lleno de contactos que ve cómo Rusia se dirige a un colapso de la mano de Pedro III. Para entonces, Catalina estaba embarazada por tercera vez, pero era menester ocultar su condición bajo las amplias faldas de sus vestido.
Temía que el odio de su marido se convirtiera en un peligro para su vida y la de sus hijos.
Pedro III atendía con más diligencia los intereses extranjeros que los propios y, entre sus preferidos, estaba el rey Federico II de Prusia, reino que entonces estaba en guerra con Rusia. Pues Pedro ordenó el retiro de las tropas rusas cuando estaban a punto de lograr una gran victoria.
La aristocracia local pensaba que las decisiones del zar eran poco atinadas y que todo terminaría en un desastre. Por esta razón, Orlov le propuso un levantamiento militar para destronar a Pedro y coronar a Catalina en su lugar.
a zarina se dirigió hacia el Palacio de Invierno de San Petersburgo, donde se hallaba Pedro, al frente de 14 000 hombres. Inmediatamente, Pedro firmó su abdicación incondicional y declaró que lo único que quería era vivir en una residencia fuera de la ciudad, en la que no debía faltar una generosa cuota de alcohol.
Esto aconteció el 28 de junio de 1762 (según el almanaque gregoriano, que tiene días de diferencia con el que usa Rusia), el día en que Catalina inicia un reinado de treinta y cuatro años que habría de cambiar el destino de Rusia y, por qué no, de toda Europa.
Pocos días más tarde, Pedro III murió a manos de uno de los hermanos Orlov. Se duda que Catalina haya ordenado este magnicidio o que siquiera haya estado al tanto de sus intenciones.
Su coronación como emperatriz regente se llevó a cabo en la Catedral de Moscú y, en la oportunidad, lució la exuberante corona tachonada de diamantes y coronada con un enorme rubí que después sería usada por sus descendientes.
Catalina era una mujer culta, lectora de Diderot y de Voltaire (con quienes mantenía una relación epistolar) y estaba al tanto de las novedades de la Ilustración europea.
Bajo su gobierno hubo una reforma de los sistemas jurídicos y administrativos, incluyendo la división del país en gobernaciones, con tribunales y juntas de bienestar social que supervisaban escuelas y hospitales. Creó una comisión educativa y un instituto para niñas nobles.
Sin embargo, no todos apreciaban las disposiciones de la zarina, que no siempre se cumplían tal como las había ordenado y, a veces, era engañada en cuanto a los progresos. A veces disponían bloques de madera pintada simulando la fachada de casas o pueblos que eran apenas chozas. El diario de Irigoyen ya existía en la Rusia imperial…
En 1771 hubo una mala cosecha que exacerbó el malestar popular, canalizado en el llamado levantamiento de Pugachov, un exoficial que intentó reivindicar a Pedro III y abogó por la liberación de los siervos. A lo largo de cuatro años, las fuerzas rebeldes pusieron en jaque al gobierno hasta que su cabecilla fue apresado y ejecutado.
Bajo la conducción de Catalina, Rusia adoptó una política expansionista, con guerras contra los turcos, los polacos y los suecos (el rey Gustavo III de Suecia era su primo). El imperio que ella había recibido lo expandió, siguiendo las propuestas de Pedro el Grande.
Pero no solo le dejó tierras y mares, sino la maravilla del Museo del Hermitage, con obras de arte adquiridas de todo el mundo, que incluía hasta una Gioconda (ya que hay una en el Prado, otra en París —que es la que tenía Leonardo al morir— y esta última en San Petersburgo, aunque también hay una copia que estuvo en poder de un coleccionista, Raymond Hekking).
Sin embargo, Catalina no pasó a la historia como una monarca ilustrada que agrandó y modernizó una nación, sino como una ninfómana, una mujer promiscua que satisfacía sus deseos sexuales con una larga lista de amantes que incluía, además de los ya mencionados, a Stanislav Poniatowski (con quien tuvo una hija y terminó siendo rey de Polonia gracias a la generosidad de la zarina) y al general Miranda, de notable actuación durante la gesta libertadora de las colonias americanas.
Las exageraciones propias de una leyenda negra que se difunde con procacidad llegan a hablar de bestialismo.
Todo esto es parte de los mitos sobre una mujer que ejerció el poder con autoridad e inteligencia, que supo encarrilar a un país tan conflictivo como Rusia y sus conquistas, y que ejerció su sexualidad con libertad y sin las hipocresías propias de su época.
Falleció el 17 de noviembre de 1796 de una hemorragia cerebral, cuando tenía 67 años.



