
El gran escándalo arbitral de los cuartos de final fue el partido en el que Rosario Central eliminó a Racing, que le había sido confiado a Darío Herrera, uno de los tres jueces de campo argentinos que irán al Mundial en un mes, y quien tuvo un fallo de enorme influencia en el juego (iba 1-1).
Había comenzado con una actitud más bien prescindente, dejando que los jugadores se arreglaran entre ellos: uno le pegaba a otro, el otro en la siguiente se la devolvía y todo seguía alegremente, como si se autorregulara. Para qué hace falta un árbitro…
De pronto vio un exceso de Maravilla Martínez a la salida de un forcejeo: se sacó de encima a Coronel con un brazo alto y le tocó la cara con el antebrazo. Correctamente, Herrera pitó falta y le sacó amarilla.
Pero Pablo Dóvalo llamó desde el VAR y le mostró al árbitro principal las tomas de manera muy sesgada, con unas 15 repeticiones seguidas del momento de contacto pasadas a alta velocidad. El manotazo de Martínez termina pareciendo un cross de Mike Tyson.
Con tantos años de arbitraje, Herrera puede darse cuenta de esto, que en campo había visto bien. Pero hace rato ya que este referí, curiosamente premiado con la Copa del Mundo, deja que se haga cargo otro.
Ya lo viene haciendo; en la famosa jugada del Súper, el VAR no lo llamó y él mantuvo su interpretación, admisible, del leve empujón de Blanco. Pero venía de solo amonestar una plancha en la cabeza, de López Muñoz en un partido de Argentinos; recién lo echó cuando el VAR saltó. Al rato, en una similar de Fattori, volvió a sacar amarilla, el VAR no intervino y Fattori siguió en la cancha.
Herrera actúa como si el VAR (ayer era uno de los preferidos de Federico Beligoy) fuera no un asistente, sino un transmisor desde Ezeiza de órdenes superiores, que él no parece tener la audacia de enfrentar. Total, le está yendo muy bien en su carrera así…

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