Caminar es probablemente el ejercicio más infravalorado que existe. Lo hacemos a diario, casi sin pensar, y rara vez le sacamos todo el partido que podríamos. Y eso, que los expertos nos advierten que es un ejercicio accesible y saludable, y que todos deberíamos dar al menos 6.000 pasos, y a ser posible, a intervalos.
El walking yoga propone exactamente eso: combinar lo mejor de las caminatas con el yoga, convirtiendo algo que ya haces en una herramienta para gestionar el estrés, mejorar la concentración y cuidar el sistema nervioso sin añadir ni un minuto más a tu agenda.
La clave está en la respiración
El origen de esta disciplina, cada vez más extendida a nivel global, se relaciona con la práctica de la meditación en movimiento promovida por el maestro budista Thich Nhat Hanh. No consiste simplemente en caminar, sino en coordinar cada paso con la respiración de forma consciente. Al centrar la atención en el ritmo del cuerpo y en el aire que entra y sale, es más fácil desconectar del ruido mental y alcanzar un estado de plena presencia. Aunque a simple vista parezca algo fácil, lo cierto es que requiere constancia y cierta técnica para dominarlo.
Según la instructora Veronique Ory, el walking yoga ayuda a regular el sistema nervioso y favorece la estabilidad emocional. Por eso se presenta como una práctica especialmente útil para reducir el estrés cotidiano, inducir un estado de relajación más profundo y potenciar una sensación de bienestar sostenido en el tiempo.
Lo que aporta el walking yoga sobre una simple caminata es ese componente de foco respiratorio. Al concentrarte en sincronizar la respiración con los pasos acabas desconectando del ruido externo y entrando en un estado que muchos llaman mindfulness.
Cómo practicar walking yoga de forma correcta
Para que surta efecto, lo más recomendable es practicar el walking yoga a diario. Una media hora entre semana, y al menos una hora los fines de semana. Aún así, los expertos recomiendan comenzar poco a poco. Así, si sales a caminar a diario, puedes comenzar a practicarlo durante 5 o 10 minutos para acostumbrar a la mete a sincronizar el paso con la respiración.
Lo más habitual es comenzar con un ritmo algo más dinámico, similar a una caminata ligera, e ir introduciendo después tramos más pausados en los que el movimiento se vuelve consciente. Esa alternancia ayuda a encontrar un equilibrio entre actividad física y atención plena.
A partir de ahí, la clave está en sostener la concentración en la respiración, intentando marcar un ritmo regular (por ejemplo, contando cada inhalación y exhalación) para acompasar los pasos. También conviene abrir el foco al entorno por el que vas caminando, fijándote en los sonidos, la brisa, los colores o las sensaciones del terreno bajo los pies, lo que refuerza la conexión con el momento presente. Y además, puedes hacer pausas de vez en vez en cuando para mantener posturas como flexiones laterales o giros.
Algunas personas integran mantras sencillos, como palabras cortas que se repiten mentalmente, para mantener la mente centrada. Y, de forma complementaria, se pueden introducir pequeños movimientos suaves de hombros o columna que ayuden a soltar tensiones mientras se camina.
A diferencia de la meditación más clásica, centrada en observar sin intervenir y en anclarse al presente, el walking yoga introduce una estructura más definida: hay una intención clara, se coordina la respiración con el paso y se suman pequeños movimientos corporales conscientes. No pretende sustituir a una sesión de yoga tradicional, pero sí encaja bien como actividad complementaria.
Fotografías | pressfoto, Drazen Zigic para Freepik
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