Ángeles Castillo

Rueda suena y sabe a vino irremediablemente. Sobre todo, a vino blanco. La villa vallisoletana es conocida en el mundo entero por sus caldos, pero no hay que perder de vista su conjunto histórico-artístico, igual de sobresaliente. El tentador enoturismo no solo sirve para conocer las sorprendentes bodegas, pasearse por los viñedos y probar sus frutos, sino para dar cuenta del patrimonio cultural.

Es fácil imaginar cómo es el paisaje que rodea a este renombrado municipio del sur de la provincia, a unos cuarenta kilómetros de Valladolid, que perteneció a Medina del Campo, el pueblo unido para siempre a una reina, hasta 1636, año en que Felipe IV le otorgó el título de villa. Ya entonces el vino estaba en el centro de su economía, algo que no hizo sino reforzarse en los siglos siguientes, lo que condujo a Rueda a la pujanza económica y, en paralelo, al florecimiento arquitectónico. Solo hay que ver la cantidad de casas nobiliarias y fachadas modernistas que ilustran sus calles.

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Rueda, fundada en época romana y conocida como Roda en tiempos de Don Pelayo, vio reconocida su tradición vinícola cuando en 1980 se aprobó la Denominación de Origen Rueda, la más antigua de la comunidad autónoma, y se estableció en ella el Consejo Regulador, para pasar a ser sede de la Estación Enológica de Castilla y León seis años después. Ambos organismos ocupan sendas casas blasonadas. La última, además de la distribución típica de una construcción de la época y la consecuente decoración, está dotada de bodega subterránea y patio con aljibe.

Gastronomía y vino

Así pues, este destino vallisoletano es puro vino, sobre todo de uva verdejo, que muy probablemente los mozárabes llevaron desde el norte de África, tras un periodo de adaptación en el sur de España. Antes o después de alzar la copa dentro de alguna de las muchas experiencias enogastronómicas que se brindan -atención a los asados de cordero-, hay que acercarse a ver la extraordinaria iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.


La iglesia de la Asunción es la joya arquitectónica de la villa.


TURISMO RUEDA


Esta iglesia es una muestra más de lo que el Barroco fue capaz de alumbrar, haciendo sombra, según se mire, al Renacimiento. Nunca mejor dicho porque se construyó entre 1738 y 1747 sobre la antigua edificación renacentista, al haberse quedado esta pequeña a causa del aumento de la población derivado de su creciente poderío. Como testimonio queda la torre del campanario y una capilla adyacente.

Qué ver en Rueda

Destacan sobremanera sus dos torreones circulares, que recuerdan a un «château», rematados con chapiteles de pizarra, que la afrancesan más aún. Están al borde de quitar protagonismo a la puerta, con profusión de elementos decorativos, incluidas figuras aladas de serafines, pero no lo consiguen. Ambos rivalizan en espectacularidad artística, fuera de lo corriente. Por dentro, los ojos se van hacia el retablo mayor, el tríptico hispano-flamenco del XVI y el órgano barroco del XVIII.


La ermita del Cristo de las Batallas, conocida como la Cuba.


TURISMO RUEDA


Otro edificio religioso peculiar es la ermita del Cristo de las Batallas, que tiene un segundo nombre, del Humilladero, por la cruz de humilladero que tiene delante. Aunque, a la hora de la verdad, todos la llaman la Cuba, porque dicen las crónicas que se levantó en 1734 con el dinero recaudado de la venta de vino y que los rodenses depositaban en una cuba.

Curiosamente, la Cuba es de planta octogonal, con cierta semejanza a una cuba, y aloja en sus interior al Cristo patrono de la villa. A este emblemático templo hay que añadir la ermita de San José, más sencilla, pero con inmejorables vistas al hallarse en la zona más alta, y la Casa de la Cultura, instalada en la capilla del antiguo convento de capuchinos (XVIII).


Rueda está rodeada de los viñedos que dan sus afamados vinos.


RED CONJUNTOS HISTÓRICOS CYL


Rueda es también su río, el Zapardiel, afluente del Duero, con un puente de tres ojos fechado en 1792, el Zofraga. Por él pasa una de las muchas rutas de senderismo que atraviesan estos campos, la que lleva su nombre. Un recorrido circular de veintitrés kilómetros que parte del pueblo y discurre entre el cereal, los olivos, los pinares y, por supuesto, los viñedos.

Rutas de senderismo

Hay que valorar también la posibilidad de embarcarse en la ruta ecuestre, senderista y cicloturista de la Ruta del Vino de Rueda, que se extiende a lo largo de cuarenta kilómetros y une Medina del Campo, Rueda y La Seca. Otra opción es conocer el alcornocal de Valdegalindo, el único de la provincia, por un sendero al norte de la localidad de Foncastín.

Y atentos siempre al entorno porque buena parte de las márgenes del Duero a su paso por estas tierras son Zona Especial de Protección de las Aves (ZEPA). Esto quiere decir que nos puede salir al paso una avutarda, un sisón o un milano real. Para ellos también es primavera.

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