
«Para jugar bien al fútbol hay que tener huevos. Pero no para meter patadas, sino para pedirla, para asociarse, para hacer lo que sabemos…”.
La máxima de Eduardo Germán Coudet está a dos años de cumplir una década pero no pierde vigencia conceptual. El clip que los algoritmos de redes se empeñarán en mostrarles a los hinchas de River describe con exactitud cómo ve el fútbol su próximo entrenador. El domingo tuvo una segunda reunión con Stefano Di Carlo y Enzo Francescoliy, una vez que este lunes se intente establecer un resarcimiento para Alavés por su salida, entre miércoles y jueves estará viajando para firmar un contrato hasta diciembre de 2027 y para asumir la responsabilidad de un plantel al que tendrá que convencer de su manual de estilo para que reaccione tras el adiós de Marcelo Gallardo.
El método Chacho que comenzará a aplicarse en el Camp es un producto de una hibridación de diferentes musas. De las charlas que mantuvo durante buen tiempo con Manuel Pellegrini, el entrenador que lo dirigió en River entre 2002 y 2003. De lo que observó de la evolución de Diego Simeone, al que le admira la facilidad para liderar desde el convencimiento de una idea -y con quien comparte el rasgo de la intensidad. Y también de otros técnicos a los que fue observando, desde el mismo Gallardo al que reemplazará, pasando por Sampaoli y Beccacece.
A esa mixtura, Coudet le imprimió su propia forma. El estilo descontracturado, la cercanía con el jugador (en Central llegó a decir que era amigo de varios de sus futbolistas), la energía para lograr que un vestuario se motive. No es casual que la CD haya buscado tal perfil para este momento. “Te convence con el estilo. La intensidad de trabajo que tenemos en la semana se pudo ver en varios partidos”, lo describía hace un tiempo Leonardo Sigali, refrendando la característica más significativa de su estilo de conducción.
Convencido -como MG- de que no se puede entrenar de un modo para jugar de otro, los ensayos de Coudet suelen ser muy intensos. Replicando la tensión que se pretende para los partidos. Asumir responsabilidades, pasar la pelota con valentía para evitar la basculación insípida, generar la incomodidad del adversario con un ritmo frenético, atosigar a las defensas rivales hasta no dejarlas pensar… Los requisitos del Chacho son claros. Mover la pelota al ras tampoco se negocia: un pelotazo suele derivar en reto.
Aunque el modelo Coudet tuvo, a lo largo de su paso por el fútbol argentino (Central y Racing, donde fue campeón) por jugadores con experiencia. Así como en Rosario contó con Pinola, Ruben, Chelito Delgado, Musto y Nery Domínguez, en Avellaneda tuvo bajo su manto a Gabriel Arias, Sigali, Marcelo Díaz y Licha López. Ahí, uno de los desafíos que tendrá en River: transformar en líderes a talentos con impronta pero de los que no emergió esa vocación de mando durante el sprint final de la era Gallardo II.
La facilidad de adaptación, además, es otra de sus rasgos característicos: ni en sus orígenes en Central, ni tampoco en sus siguientes equipos, se ató a un sistema. Lo contrario: en sus ciclos apostó por diversos esquemas: en Alavés terminó jugando con un 4-4-2, en Inter de Porto Alegre usaba un 4-2-3-1, en Racing tenía como base un 4-1-3-2 y en Central, otras tantas alternativas: llegó a usar uno y dos volantes centrales, a jugar por banda, a tener un engache (brillaban Nico Lo Celso y Franco Cervi) y hasta con doble 9: Ruben y Larrondo. Porque para Coudet lo que importa es la identidad. Eso es lo único innegociable. El rol volcánico dentro de la cancha. El protagonismo. Lograrlo en este River, al que le costó sobrellevar las malas y mostrarse vertical e hiriente, será toda una nueva aventura. El desafío de su vida.






