Si te gustan los pueblos a los que la naturaleza abraza de una forma especial, como es el caso de Valldemossa, un paraíso de paz y espiritualidad en Mallorca, vamos por buen camino. Porque Rupit y Pruit, que fueron dos hasta 1977 y después solo uno, está igualmente rodeado de verde. El verde del Collsacabra, un espacio natural situado al nordeste de la comarca de Osona, en Barcelona, que tiene como eslogan «la Cataluña auténtica», así que hay que tirar por ahí.
Resaltar que es un territorio escarpado, entre Vic y Olot, donde la naturaleza muestra su lado más salvaje y los pueblos se deslizan sin vértigo entre los riscos, al abrigo de bosques y barrancos. Aquí todo está atravesado por rutas de senderismo y el respeto al paisaje se siente mayúsculo. No está muy lejos de lo que uno experimenta delante de Castellfollit de la Roca, el pueblo de la Garrotxa que parece un milagro, en la vecina Girona.
Un altiplano en el que hay parajes bucólicos como el salto de Sallent, la cascada más alta de la región, con más de 115 metros de altura y unas vistas espectaculares sobre el valle. El sendero que te lleva hasta allí es mágico. Esta estampa arrolladora por divina incluye la iglesia románica de Sant Joan de Fàbregues, del siglo XI, en todo lo alto (a 810 metros). Para nuestra fortuna, tiene a su lado lo que fue La Rectoría, ahora en mayúsculas porque se transformó en restaurante, donde se sirve cocina catalana casera, y apartamentos rurales de los que no se olvidan.
Qué ver en Rupit y Pruit
Es el escenario en el que despunta con toda su discreción Rupit -por abreviar-, que parece de cuento con sus calles empedradas, sus casas medievales distribuidas armónicamente y su puente colgante. Callejear vuelve a ser lo mejor. Es decir, perderse por la calle del Fossar, empinada y escalonada, para tomar conciencia de lo genuino y rústico de este enclave barcelonés. Abierta además por una cruz labrada por un artesano rupitense. En lo alto se abre la plaza de los Caballeros, el lugar de reunión de la gente distinguida, como recuerdan desde Turismo de Osona.
Rupit y Pruit es todo de piedra y en medio del frondoso verde.
PIXABAY/PHOTOS MARTA
Es el camino que lleva a la fortaleza roquera, construida hacia el año 1000 en sustitución de la que hubo en Fàbregues. Se alzaba en medio de la villa, de la que fue origen, en unas imponentes peñas rocosas. Decimos alzaba porque apenas quedan las ruinas. La iglesia, por su parte, está consagrada a San Miguel Arcángel. Se empezó a construir a finales del siglo XIII, aunque el retablo mayor pinta barroco y el campanario, al que se puede subir, es ya del XVIII.
Justo después de este templo está la plaza Mayor, que no falte, donde se encuentra tanto el ayuntamiento como la escuela; se pueden admirar joyas como la ventana gótica de Can Sallent, y se obtienen unas vistas únicas de la ermita de Santa Magdalena. Una capilla, datada en 1660 pero siguiendo los cánones del románico, que está situada sobre una colina y rodeada por la riera que se abre paso en la roca. Lo suyo es subir a pie por un caminito que sale antes de la plaza y cruzando el puente medieval de Can Badaire. Todo resulta idílico como en Robledillo de Gata en Cáceres.
La iglesia románica de Sant Joan de Fàbregues preside el paisaje de Rupit.
LA RECTORÍA
Este puente, aún siendo tan antiguo y el paso original sobre la riera, no es el más conocido. El que se lleva la fama es el puente colgante, convertido en toda una atracción turística, más en un sitio como este. Tiene de bueno, además, que lo construyeron en 1945 artesanos de Rupit con el fin de salvar el profundo desfiladero. La riera, como es lógico, adquiere un gran protagonismo. A su vera se asentaron molinos desde el siglo X. Llegó a haber doce, pero la mayoría quedaron destrozados por las riadas de 1940. Se salvó milagrosamente el de Marandes, un molino harinero que data del XVII y que funcionó hasta 1962.
Iglesias románicas en las alturas
Hemos hablado de la iglesia de Rupit, pero no de la de Pruit, que lleva el nombre de San Andrés y está ubicada a 950 metros de altitud. Es de piedra toda ella, así que a juego con las casas de los alrededores. Era románica en sus orígenes, pero los terremotos que sacudieron sin clemencia el Collsacabra la echaron abajo por completo, con lo que tuvo que ser reconstruida.
Entre las muchas bondades de este pueblo bimembre con rima consonante está también el Forn de Pa l’Era, un comercio donde hacerse con un pan de payés o una torta de panadero, sus dos clásicos, que son una bendición. La panadería ha cumplido ya los 55 años y aumentado su deliciosa oferta. También es cafetería y tienda de productos locales, como embutidos artesanos, quesos, ratafía (licor típico catalán) o mieles. Rupit es un destino en el que dejarse querer. O dicho de otro modo, caer en sus muchas tentaciones.






